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La política económica de Aznar

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La demonización de Aznar, orquestada por PRISA y secundada ordenadamente por el PSOE, ha calado, incluso, en muchos dirigentes del PP y en muchos votantes de ese partido. Los hay que manifiestan, seguros de sí mismos, que el “talante” del ex-presidente ha sido la causa –o al menos una muy importante de entre ellas– de la pérdida de las elecciones.
 
La intoxicación había prendido entre los españoles mucho antes de las elecciones. El propio Aznar explicaba –al que quisiera escucharle– que la decisión de no presentarse a unas terceras elecciones era, por una parte, un compromiso personal y, por otra, la única forma, que él veía, de evitar una mayor crispación en la vida política española, pues la izquierda y los nacionalistas habían conseguido extender la especie de que ellos habían extremado su radicalismo y sus comportamientos anticonstitucionales por lo antipático que era el que, en definitiva, ha resultado ser el mejor presidente de gobierno de España desde tiempo inmemorial. Supuestamente, otro talante significaría la desaparición de las tensiones. Vana proclamación, como ya hemos tenido ocasión de ver y seguiremos viendo, con mucha mayor intensidad, en el futuro.
 
Espero tener la ocasión de glosar la personalidad política de José María Aznar con la extensión que merece, sin olvidar sus debilidades personales y políticas, pero hoy quiero exponer mi opinión sobre la política económica de los ocho años de gobierno del PP. Sin restar méritos a Rodrigo Rato, ejecutor de esa política y responsable durante esos años del desarrollo, en la práctica, del programa económico del PP, hay que decir, y reconocer, que el artífice, el impulsor y el controlador de la política económica del gobierno ha sido José María Aznar. Otra cosa es que la generosidad de Aznar con sus ministros, a los que ha permitido, permanentemente, apuntarse los éxitos –cuando se producían– de su gestión, haya oscurecido esos hechos.
 
El supuesto modelo económico Aznar-Rato, del que tan frecuentemente habla Juan Velarde, no es tal. El modelo ha sido el de Aznar. Y como tal debería ser reconocido. Él ha controlado férreamente el gasto público, ha limitado las peticiones de los ministerios de gasto, ha decidido rebajar, por dos veces, los impuestos sobre la renta, y ha asumido los costes de unas durísimas negociaciones con la Unión Europea, para fijar cuanto correspondía recibir a España de los fondos estructurales y de cohesión. Y, finalmente, ha peleado tanto por el cumplimiento del Pacto de Estabilidad como por el contenido de la Constitución europea, consciente de que la pérdida de poder de España se traduciría no sólo en menor influencia política sino en costes económicos para nuestro desarrollo.
 

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