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La salida de la crisis

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1.- No sólo una crisis de economistas

2.- El dinero español en Argentina

La crisis de la nueva economía ha producido pérdidas 30 veces superiores al impago argentino en inversiones excesivas o equivocadas y absorber esas erróneas decisiones empresariales explica y justifica el final del ciclo expansivo de la economía mundial. Cómo reducir la parte descendente del ciclo mundial es la preocupación de la FED, el BCE y los gobiernos de los respectivos países. En estas circunstancias, la suspensión de pagos de Argentina preocupa, pero sólo a los más directamente implicados.

Si no se aprueban leyes de reforma política, que eliminen la corrupción y se termina con la concepción de la función pública como reparto de botín, el mejor de los planes económicos fracasará. Precisamente, el fallido experimento de la convertibilidad ha puesto de manifiesto nítidamente que los problemas no se pueden arreglar sólo con reformas económicas -aunque hayan sido muy limitadas-. Para España, para el Gobierno español y las empresas españolas con intereses en Argentina, la crisis y las propuestas de Duhalde son un tremendo aldabonazo, porque ponen de manifiesto que para invertir en el país que sea hay que analizar, no sólo la situación económica, no sólo hacer caso a las opiniones de los expertos del FMI, Banco Mundial o de cualquier otra organización, sino tener en cuenta la historia pasada, el funcionamiento del estado de derecho y la existencia o no de una auténtica separación de poderes.

Además de esta consideración de orden general, la más pertinente es la que relaciona el porcentaje de riesgo de balance y de actividad en cada país con el balance total y la cuenta de pérdidas y ganancias de cada empresa. En el caso de las empresas españolas en Argentina la mayoría de ellas tienen una exposición de balance importante pero no fundamental, entre el 5% y el 10% y una mayor exposición de su cuenta de resultados, pues, sin duda, el demencial sistema de privatización argentino, que permitía fijar precios en dólares y revisarlos de acuerdo con la inflación americana, les ha beneficiado durante algún tiempo, para terminar por contribuir al descalabro final del país y de sus propias filiales argentinas.

Repsol-YPF, la peor parada

La situación de Repsol-YPF es mucho peor. La empresa tiene el 40% de sus activos en Argentina y cerca del 25% de sus ingresos provienen del negocio en ese país, además de arrastrar una sustancial deuda cuyo origen es, precisamente, la compra a los anteriores accionistas de YPF. La gerencia y el consejo de administración de Repsol, en su afán por conservar la independencia de la compañía cuando se privatizó, decidió que tenía que aumentar de tamaño para evitar ser absorbida por una de las grandes petroleras y que la forma de hacerlo era adquirir la argentina YPF. En su decisión de fiarse política y económicamente de Argentina fueron acompañados por el Gobierno español, que tuvo que autorizar la operación de compra de YPF por la existencia de la “acción de oro”. Un error del Ejecutivo español que se suma a las pérdidas de la SEPI en Aerolíneas Argentinas, que suman alrededor de 300.000 millones de pesetas y a la incomprensible decisión de participar con 1.000 millones de dólares en el último plan de ayuda del FMI, que nunca tuvo ninguna posibilidad de triunfar. En estas condiciones, el destino de Repsol-YPF es ser absorbida por una de las grandes petroleras a un precio inferior al que sin duda se habría conseguido si Repsol y sus gerentes y principales accionistas hubieran aceptado integrarse en otra empresa mayor, pues sus posibilidades de supervivencia empresarial en un mundo globalizado eran mínimas. El momento en el que se produzca la absorción será cuando prescriba la acción de oro, que no está muy lejano.

Por tanto, enseñanzas para todos, para nuestros políticos, en la medida en que animan y promocionan la internacionalización, si no se hace con todo tipo de matices y para nuestros empresarios, que tendrán que valorar mejor en el futuro si el aumento de tamaño para lograr economías de escala, y evitar ser absorbidos, no pone en riesgo la solvencia de las empresas. Esta tensión entre tamaño y solvencia nos viene impuesta a todos por el proceso de globalización; como se resuelve por parte de las empresas esta incertidumbre ayudará a separar el trigo de la paja, a distinguir entre gestores y consejos de administración competentes e incompetentes.

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