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Las reformas necesarias (y IV)

Lo único que puede hacer mejorar la competitividad de nuestra economía es un descenso de precios de bienes y servicios, lo que incluiría la congelación de salarios o subidas muy moderadas, por debajo de la inflación.

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La lectura de las medidas aprobadas por el Consejo de Ministros el pasado 25 de febrero resulta deprimente. Si tras ocho años de oposición y uno de gobierno haciendo hincapié en la necesidad de aumentar la productividad de la economía española eso es todo de lo que es capaz un gobierno de socialistas y nacionalistas, nuestras perspectivas son incluso peores de las que he descrito en los artículos anteriores.
 
En este momento lo único que puede hacer mejorar la competitividad de nuestra economía es un descenso de precios de bienes y servicios, lo que incluiría la congelación de salarios o subidas muy moderadas, por debajo de la inflación. ¿Cómo lograrlo? Podríamos hablar de convenios colectivos a nivel de empresa, de reducción de los costes de despido, de descenso de impuestos, de menor gasto público en casi todo excepto en infraestructuras, de flexibilidad en la jornada laboral, de eliminación del PER en Andalucía y Extremadura. Pero dudo de que ninguna de esas medidas fueran suficientes para moderar las subidas de precios. A largo plazo todas tendrían efectos positivos pero, en este momento, con unos tipos de interés tan bajos como los que tenemos y un brutal aumento de la cantidad de dinero en circulación, en un entorno de aumento de la población, confianza en el futuro, y posibilidad de endeudarse a nivel familiar todavía más de lo que ya lo hemos hecho, la subida de precios y salarios parece inevitable.
 
Todos nuestros políticos y la inmensa mayoría de nuestros economistas llevan años hablando de los aspectos positivos del euro, de los bajos tipos de interés que hemos logrado con la integración en la moneda única, de la extensión del ciclo alcista, de la falta de límites al endeudamiento exterior. Hora es de que reconozcan que la subida de precios de la vivienda no se habría producido sin el euro, que la cesta de la compra sería más barata, –lo que afectaría especialmente a los más pobres, que gastan la mayor parte de sus ingresos en alimentación–, y que la ausencia de política monetaria produce llamamientos incoherentes por parte del Banco de España a las entidades financieras: unas veces suplicando, otras amenazando, las más aconsejando que se reduzcan los créditos hipotecarios; lo que resulta absurdo por parte de una institución que no es otra cosa que una delegación territorial del Banco Central Europeo, que sigue una política monetaria completamente diferente que la que le gustaría al Banco de España, incrementando cada vez más el dinero y el crédito.
 
Sin el euro, el ciclo alcista habría terminado hace mucho tiempo; pero quizá ya habría comenzado uno nuevo. En fin, consideraciones absurdas, porque somos parte del euro. Y no podemos hacer casi nada para evitar la crisis que se nos viene encima. En todo caso, la solución no es ese catálogo de medidas descafeinadas que acaba de aprobar, tras un año de reflexión, el gobierno de Rodríguez Zapatero, que demuestra tanto su falta de ideas como de liderazgo político.
 
Perspectivas, 1: Los retos de la economía española
 
Perspectivas, 2: La desaceleración económica de España
 
Perspectivas, 3: Economía española: Malos augurios

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