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Alberto Recarte

Los efectos económicos de la guerra

Alberto Recarte
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A pesar de las dudas de hoy, 24 de marzo, provocadas por las noticias de enfrentamientos militares más duros de lo previsto, la Bolsa ha subido –en conjunto– fuertemente desde el comienzo del conflicto y el petróleo ha descendido hasta los 24/25 dólares por barril. La evolución de la Bolsa registra –excepto hoy, lunes– la disminución de la incertidumbre, y anuncia que cuando termine el conflicto probablemente se acentuará la recuperación, aunque no debemos olvidar que la Bolsa norteamericana sigue estando alta en términos de PER. No así la española. En cuanto a los precios del petróleo, reflejan, mucho más claramente que en el caso de la Bolsa, que la oferta es suficiente, que lo peor del invierno en el hemisferio norte ha pasado y que los campos petrolíferos del sur de Irak no han sido dañados. Lo lógico es que tan pronto termine la guerra veamos un petróleo mucho más barato.

Por otra parte, el gobierno norteamericano tendrá que presentar un presupuesto extraordinario de gastos para la guerra que, según todos los expertos, estará en torno a los 80.000 millones de dólares o los superará. Recuérdese que el anterior conflicto con Irak sólo costó al fisco norteamericano 10.000 millones de dólares. Con el gasto previsto, el déficit público norteamericano se acercará al 4% del PIB, lo que ha provocado una pequeña rebelión en el partido Republicano, que se ha traducido en una pérdida de una votación en el Senado, en virtud de la cual se reducirá la prevista disminución de impuestos en 100.000 millones de dólares, una cantidad similar al coste de la guerra, pero distribuida a la largo de los próximos diez años.

La combinación, en Estado Unidos, de un significativo déficit público, del déficit de la balanza por cuenta corriente –cerca del 5% del PIB–, del endeudamiento de la familias, y el exceso de capacidad industrial y de servicios instalados durante la larguísima etapa de expansión, hacen muy difícil que se pueda producir una recuperación económica, incluso que se pueda mantener una tasa de crecimiento del 2,6% del PIB, que se registró en 2002. La guerra, en esta ocasión, –y tengo mis dudas de que alguna vez lo haya sido– no va a ser ningún estímulo para la actividad económica. Lo lógico es –una vez termine– que se produzca un realineamiento del precio de los valores, los bienes –como el petróleo– y los activos, como las viviendas, y que el propio valor del dólar se deprecie. Todos esos movimientos son posibles, excepto quizá el del dólar, pues, aunque podría perder valor, no parece lógico que lo haga contra el euro, que refleja la debilidad de la economía europea, con un déficit público similar al norteamericano, pero registrando, en los principales países, un preocupante estancamiento. De hecho, las únicas monedas contra las que podría devaluarse el dólar son las de los países asiáticos –al margen de Japón–, que no parecen dispuestos a aceptarlo y que están comprando dólares para evitar esa evolución.

La economía española no escapa de estos condicionantes. En particular, es importante el descenso de los precios del petróleo y una cierta mejoría de la Bolsa. Pero, como en el caso americano, no parece posible que se recupere la inversión en bienes de equipo porque, aunque disminuya la incertidumbre, no hay motivos para hacer una nueva ampliación general de la capacidad. El crecimiento de 2003 vuelve a estar condicionado por la evolución del sector de la construcción y por el consumo y, en correspondencia con los precios del petróleo, por una mayor aportación de la exportación al crecimiento (o una menor contracción). Y, posiblemente, con una menor inflación para el conjunto del año.

El fin de la guerra despejará el panorama político y ayudará a la construcción de un nuevo orden internacional, pero no modificará el difícil entorno económico al que se enfrentan los Estados Unidos, la mayor parte de Europa y Japón. Es posible, incluso, que la situación empeore, porque habrá disminuido la incertidumbre y el petróleo será más barato, pero no habrán desaparecido los excesos de la anterior onda expansiva, que serán mucho más patentes que hasta ahora.

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