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Los Presupuestos Generales del Estado y el futuro de España (1)

Mientras el señor Solbes elaboraba los presupuestos, el señor Rodríguez Zapatero le segaba la hierba bajo los pies; a él y a todos los españoles; en un ejercicio de irresponsabilidad que, si se consuma, minará el auténtico fundamento de nuestra economía

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Mientras el vicepresidente señor Solbes presentaba, solemnemente, los presupuestos más fáciles desde la Transición, su presidente destruía las bases que los han hecho posibles. El éxito de la hacienda española, fruto del ininterrumpido crecimiento económico desde 1994, de las sucesivas reformas fiscales, de la privatización de la mayoría de las empresas publicas y de un esfuerzo de contención del gasto publico que comienza en 1994 —tras la vorágine de dispendios de los gobiernos González-Solchaga— se refleja en unos ingresos tributarios que, por una vez, desbordan a la Hacienda Pública y permiten al señor Solbes hacer lo que quiera. Y lo que quiere es gastar, no reformar. Por más que las reformas en la distribución del gasto, o incluso la decisión de haber tenido un superávit sustancial, que podría haberse logrado si se hubiera querido, apenas habrían hecho mella en los dos principales problemas de la economía española: la alta tasa de inflación y la pérdida de competitividad internacional.
Pero mientras el señor Solbes elaboraba los presupuestos, el señor Rodríguez Zapatero le segaba la hierba bajo los pies; a él y a todos los españoles; en un ejercicio de irresponsabilidad que, si se consuma, minará el auténtico fundamento de nuestra economía: la confianza de los españoles en su futuro, dentro de un mercado único, nacional, competitivo, en el que cada vez viven y trabajan más personas, tanto españoles como extranjeros.
 
La irresponsable actuación del presidente del Gobierno era quizá la inevitable consecuencia de una formación muy limitada, un carácter muy poco adecuado para gobernar y unos valores sectarios y fundamentalmente negativos sobre la historia de España y el común de los ciudadanos españoles.
 
Inesperadamente, tras llegar al Poder como consecuencia de un atentado cuidadosamente planificado para que tuviera los resultados políticos que le han permitido formar Gobierno, el señor Rodríguez Zapatero ha dado un paso, quizá decisivo, para forzar la desaparición de nuestro país, de nuestra nación.
El señor Rodríguez Zapatero es, probablemente, el presidente menos culto que ha ocupado ese cargo. ¿Alguien recuerda algún artículo, libro, conferencia, o intervención parlamentaria del señor Rodríguez Zapatero antes de que alcanzara el puesto de secretario general del PSOE? Es el presidente, probablemente, con menos luces de los que han gobernado España. ¿No son evidentes sus dificultades para hablar, exponer, discutir y profundizar en temas medianamente complejos? Es el presidente, probablemente, que ha llegado a ese cargo con mayor rencor político de entre los que yo recuerdo o sobre los que he leído. ¿Existen, acaso, precedentes de un jefe de Gobierno que, tras muchos años de paz y concordia, y tras una transición constitucionalmente impecable, haya comenzado su mandato con un recuerdo a un familiar muerto hace casi setenta años por un bando en una guerra civil, bando que se había reconciliado con el otro hace treinta años, y que uno de sus primeros actos de gobierno fuera animar al desenterramiento de cadáveres de los de su bando?
 
Es también, probablemente, el presidente del Gobierno más vago del que tenemos referencias. ¿Alguien puede traer a colación a otros que hayan alegado cansancio, falta de sueño u obligaciones paterno-filiales de difícil constatación, para suspender actividades oficiales de importancia o cuya agenda de trabajo sea más liviana? ¿O que se haya organizado, con gran gasto público, unas interminables vacaciones? Es, probablemente, el presidente más insolidario con las víctimas del terrorismo, una lacra que persigue a la sociedad española desde hace casi doscientos años. ¿Alguien es capaz de poner ejemplos de presidentes que hayan tolerado la violencia de grupos radicales, o que hayan permitido la representación política de una banda criminal, como es ETA, en un Parlamento como el vasco, o que se haya propuesto destruir una organización que agrupara a las víctimas de los criminales, como es la Asociación de Víctimas del Terrorismo? ¿ Alguien recuerda algún otro presidente en cuyo mandato se haya decidido no investigar, en todos sus extremos, una matanza política, como el atentado del 11 de marzo de 2004?
 
Zapatero es también, probablemente, el presidente más “iluminado” que ha gobernado España. A mí me recuerda al gorila venezolano, el presidente Chávez, que dice que se comunica con el espíritu de Bolívar, en el que afirma inspirarse para que eche raíces –y es muy posible que así sea– su revolución castrista. ¿En quién se inspira el señor Rodríguez Zapatero? ¿Hablará, acaso, con algún espíritu que le ilumine por la senda de confrontación que ha elegido? Es, en fin, como dije al principio y como consecuencia de ese carácter débil, esa idea negativa de España y esa falta de formación y dedicación a su puesto, muy probablemente, el presidente del Gobierno más irresponsable que ha gobernado España.
 
Todo ello, por supuesto, con el consentimiento de su partido, el PSOE, al que ha arrastrado por el camino ya trillado por muchos de sus militantes históricos, de la revolución y de la absoluta falta de respeto al Estado de Derecho. No obstante, por si Alfonso Guerra existiera, representara lo que dice representar, y fuera capaz de tomar las decisiones que dice se deberían tomar y, en consecuencia, se destituyera al secretario general de su partido; por si todo eso ocurriera, no tenemos más remedio que hablar de los Presupuestos Generales del Estado. Pero, lamentablemente, antes resulta también forzoso referirnos al comportamiento del Rey.
 
El papel de Don Juan Carlos de Borbón
 
La situación española es de tal gravedad que sobran circunloquios. Y la pregunta que cualquier ciudadano, es decir, cualquier contribuyente, se formula hoy es tan desagradable como inevitable: ¿para qué nos sirve un Jefe del Estado que no interviene públicamente, excepto para decir que la unidad de España es indestructible, en el momento de mayor inestabilidad política por el que ha pasado España desde el intento de golpe de estado de 23 de febrero de 1981? Y este es un momento mucho más grave, porque aquello fue un golpe cuartelario, mezcla de diversos golpes en los que participaron Tejero, Milans, Armada y otros, abocado a la confusión y al fracaso. Esto de ahora es un ataque en toda regla al orden constitucional español y, además, a la propia supervivencia nacional. ¿Es comprensible que el Rey manifestase públicamente, tras su entrevista con un líder separatista de ERC, partido clave en la crisis que vivimos, que “hablando se entiende la gente”, pero que ahora permanezca fundamentalmente callado?
 
Si, efectivamente, el Rey cree que el papel  moderador que la Constitución le asigna consiste básicamente en sonreír y entrevistarse con partidos rupturistas y republicanos para intentar, con campechanería y palabras de ánimo, empujarles a que respeten la Constitución, es evidente que ha fracasado. Si en España se produce, por la vía que ha emprendido el Parlamento catalán y por impulso del PSOE –que es el auténtico responsable, más que el PSC– una voladura descarada de la Constitución; si se acepta con cambios meramente cosméticos lo aprobado por el Parlamento catalán, que supone la ruptura de España; e incluso si la convalida un Tribunal Constitucional totalmente politizado, que nunca se ha distinguido por una lectura limpia de lo que dice nuestro texto constitucional; si todo eso ocurre, lo que es evidente es que el papel de la Corona será papel mojado. Tan respetable como prescindible. Y no estoy diciendo con esto “¡Viva la república!” sino “¡Qué horror, otra vez se nos viene encima la república!” Porque es inaceptable que el poder supuestamente moderador de la Corona pueda  transformarse en lo que quiere Zapatero: un anestésico que impida apreciar la trascendencia de lo que ya ha ocurrido en Cataluña y lo que sin duda ocurrirá en el resto de lo que aún seguimos llamando España, vía modificaciones en los Estatutos autonómicos. Cataluña es sólo el comienzo. El País Vasco seguirá. Después, en tropel, todos los demás. Y no hay ni habrá nunca Presupuesto capaz de financiar el caos.

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