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Petróleo y tipos de interés

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Las tremendas subidas de precios del petróleo, la primera de mediados de los años setenta y la segunda de principios de los ochenta, fueron devastadoras para los países consumidores. Ello se debió a que los gobiernos, en lugar de permitir, directa e inmediatamente, un alza de precios de todos los productos en los que el petróleo era materia prima, intervinieron esos precios, acumulando déficits públicos porque subvencionaban los sectores afectados, a los que no se les permitía elevar precios. Además, en lugar de subir los tipos de interés, los mantuvieron artificialmente bajos, lo que provocó una tremenda inflación. El resultado fue el mundo de la “estanflación”, del que sólo se salió subiendo los tipos de interés, liberalizando precios, reduciendo déficits públicos y permitiendo que sectores económicos enteros –los más afectados por la subida del petróleo– se reestructuraran, despidiendo personal, cerrando empresas y consintiendo un proceso de deslocalización industrial que benefició, lógicamente, a los que tenían acceso a energía barata.
 
El ajuste a nivel mundial fue, sin embargo, mucho más duro de lo esperado, porque los países productores, inundados de ingresos, no supieron gastarlos racionalmente. La Unión Soviética dedicó los ingresos extraordinarios a guerras exteriores, en Asia y sobre todo en África, a un nuevo rearme y a mantener el consumo interno, importando todo del exterior. En definitiva, al paralizarse las reformas, acarrearon el fin del socialismo real y fueron un freno al crecimiento mundial. La mayoría de los países árabes, por su parte, se engolfaron en la corrupción y, lejos de proyectar para el futuro, pusieron en marcha planes demagógicos, que terminaron por endeudarles y llevarles hasta la suspensión de pagos cuando los precios del petróleo descendieron a partir de 1985.
 
Este panorama no tiene por qué repetirse con esta posible tercera revolución de los precios del petróleo. Además de que no estamos hablando sólo de petróleo, sino de otras materias primas, como el acero y el cobre y de limitaciones en la capacidad de transporte marítimo.
 
La diferencia, en esta ocasión, es el menor peso de todos esos bienes y servicios en el conjunto de la producción mundial y, por tanto, su menor efecto en el índice mundial de precios –algo imposible de conocer, por otra parte. Esto, unido a los excesos de capacidad productiva, tanto de bienes como de servicios, que existen en todo el mundo en muchos sectores económicos, y a los avances tecnológicos que han ocurrido, provoca, y seguirá provocando, caídas de precios que podrían compensar las alzas de los de las materias primas.
 
Si eso fuera así, no habría tensiones inflacionistas generales ni necesidad –por esta razón, aunque hay otras– de subir los tipos de interés. En otra ocasión, profundizaremos en este tema.
 

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