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¿Por qué ahora?

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¿Por qué se devalúa el dólar en este momento? La pregunta es pertinente porque, según lo que se denominan “fundamentos” o “fundamentales”, la depreciación del dólar debería haberse producido hace años. Me explico: la balanza de pagos norteamericana tiene un déficit por cuenta corriente (equivalente a la falta de ahorro interno por parte de todos los agentes económicos) cercano al 5% del PIB, y esta situación, si bien no tan extrema como ahora, existía desde hace mucho tiempo y, más o menos, la teoría económica postula que un desequilibrio de ese tipo se corrige con una pérdida de valor de la moneda afectada.

Durante los últimos años, lejos de producirse el ajuste en el tipo de cambio, el dólar, sorprendentemente, se revaluó. Hubo que buscar argumentos. Y se encontraron, porque si algo tienen los economistas es capacidad de racionalizar. La explicación eran las expectativas de crecimiento futuro de la economía norteamericana. En efecto, una economía cada vez más productiva, con un empleo también creciente, con grandes empresas, innovación y desarrollo, flexible –sobre todo por comparación con Europa y Japón– al final del proceso, crecería más, incluso exportaría más y quizá el déficit de balanza de pagos por cuenta corriente se pudiera empezar a corregir o, incluso, no sería necesario corregirlo porque siempre seguiría recibiendo ahorro externo. De hecho, las mejores perspectivas económicas se reflejan en la llegada masiva de capitales, bajo la forma de inversiones directas, es decir, con el objetivo de establecer nuevas empresas o comprar empresas en funcionamiento. De esa forma se restableció el equilibrio exterior. La falta de ahorro interno norteamericano se compensó con inversiones directas de extranjeros, no mediante endeudamiento financiero, que devengaría tipos de interés y que obligaría, al final del proceso, a devolver el principal del crédito.

En mi opinión, ese factor es decisivo para explicar el alza del dólar, mientras duró, y para justificar, ahora, su caída, porque esas inversiones directas del exterior en Estados Unidos han dejado de producirse. Ahora, el déficit de cuenta corriente se salda con la compra de títulos del Tesoro norteamericano y de obligaciones de empresas que devengan intereses y cuyos principales hay que devolver.

Las inversiones directas han disminuido porque, en este momento, no está claro que las empresas en las que se puede invertir sean capaces de crecer y generar beneficios suficientes. La impresión es que hay un exceso de capacidad y que, todavía, son necesarios más ajustes, no una mayor expansión de capacidad industrial o de provisión de servicios.

Desde hace más de un año, en correspondencia con esa situación, existía una tendencia a la devaluación del dólar, un hecho que preocupaba a todos los países que mantenían superávits comerciales con Estados Unidos, pues un dólar devaluado protegería el mercado interno de sus exportaciones. Por eso, los gobiernos de China, Hong Kong, Japón, Taiwan y Singapur, entre otros, han estado dispuestos a comprar bonos del Tesoro norteamericano, a pesar de su baja rentabilidad. En este contexto, irrumpe el SARS y produce una debilidad económica de esos países, precisamente, con lo que se pone en duda que vayan a ser capaces de generar superávits comerciales suficientes para seguir acumulando reservas que poder invertir en la compra de bonos norteamericanos. Y, en este momento, se acelera la caída del dólar.

A su vez, las autoridades norteamericanas, cuyo único objetivo en este momento es conseguir que la economía crezca más, para lograr la reelección de George Bush, deciden que un dólar débil puede impulsar las exportaciones y, proteger muchas industrias nacionales, amenazadas por la competencia extranjera. Además, parece que la devaluación del dólar no tiene efectos inflacionistas, que es la única otra razón que podría preocupar a los economistas y estrategas electorales. Conclusión, “que operen los mercados”. El por qué no hay tensiones inflacionistas a pesar de la abundancia de dinero, tiene que ver, posiblemente, con el hecho de que muchos mercados de bienes y servicios, para economías como la norteamericana, son mundiales y sus precios se determinan no sólo por la abundancia de dinero en ese país, sino en función de la capacidad de producción mundial. Y, parece que podría haber exceso mundial de capacidad de producción de muchos bienes y servicios.

Aunque parezca increíble, el euro no es un factor para explicar el movimiento de los tipos de cambio. La Unión Europea está peor que nunca, con déficits fiscales crecientes, estancamiento, rigidez y nulas expectativas. El euro, en esta ocasión, no se revaloriza porque el futuro parezca brillante a los inversores; lo hace porque todos huyen del dólar y el euro parece un refugio seguro porque, al menos, las cuentas exteriores de ese grupo de países están equilibradas. Esta explicación no tiene por qué ser cierta. Puede ser, también, una racionalización. Y no es una propuesta científica, porque nunca podrá someterse a prueba.

Lo cierto es que saber cómo se va a mover el tipo de cambio de las más importantes monedas del mundo, el dólar y el euro, está fuera de la capacidad de los economistas o analistas o financieros. El mercado, los mercados, en los que se compran y venden dólares y euros, a presente y a futuro, son tan grandes y tan sofisticados, que es imposible saber cuáles van a ser los precios finales. De hecho, lo puramente comercial es una parte mínima del mercado porque, como en toda oferta y demanda, lo decisivo son posiciones personales, basadas en intereses, también personales, que pueden hacer que se modifiquen las conductas, hasta afectar al precio de cada moneda en términos de otra, que es lo que es un tipo de cambio.

Si fuéramos capaces de predecir el tipo de cambio de las principales monedas, podríamos, incluso, planificar la economía; porque, en ese caso, tendríamos un nivel de conocimientos tales que todo estaría bajo control, incluido el comportamiento de todos y cada uno de los hombres. La utopía de la planificación. En ausencia, afortunadamente, de ese conocimiento, todo lo más que podemos hacer son predicciones; y seguro que alguno acierta.

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