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Singapur renuncia al puritanismo

Pero la competencia no acaba nunca y hoy no es capaz de competir en ese terreno con otros muchos países asiáticos, lo que ha decidido a su gobierno a dar un paso que parecía impensable en la república puritana que fundó Lee Kwan Yu

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Muchas veces, los países pequeños son más capaces de tomar decisiones complicadas que los grandes, porque son más conscientes de su debilidad. Un ejemplo de lo que digo fue Irlanda a finales de los ochenta, cuando decidió reducir los impuestos, el gasto público y  aumentar drásticamente la competitividad laboral, con el acuerdo de partidos, sindicatos y patronal. Y hoy tiene una renta per capita superior a la británica y, por primera vez en su historia, recoge inmigrantes en lugar de fomentar la emigración.
 
Otro ejemplo es Singapur. Una pequeña isla de alrededor de dos millones de habitantes, de origen chino en su inmensa mayoría, que ha sido capaz desde su independencia de transformarse en un espacio privilegiado. Por su disciplina, su repudio a las drogas, y por su seguridad jurídica. Se ha convertido en un centro logístico para todo el sudeste asiático, además de en un centro financiero al estilo suizo, -habiendo fracasado en su deseo de ser también el Londres asiático del mercado de capitales-. A finales de los ochenta sus dirigentes decidieron especializarla en nuevas tecnologías, dedicando una inmensa cantidad de recursos a todo tipo de innovaciones tecnológicas. Pero la competencia no acaba nunca y hoy no es capaz de competir en ese terreno con otros muchos países asiáticos, lo que ha decidido a su gobierno a dar un paso que parecía impensable en la república puritana que fundó Lee Kwan Yu. Me refiero a la decisión de autorizar la instalación de casinos, que consolidarán el sector turismo, cada vez más importante, no tanto por su competitividad en precios como por ser una resultante de la combinación de los papeles que desempeña: centro neurálgico en el que se encuentran los propietarios de grandes fortunas, los usuarios de sus puertos y aeropuertos y las grandes compañías de transporte y distribución y, a partir de ahora, los jugadores.
 
La globalización nos afecta a todos. Incluso a la república china más rica y orgullosa de su ética y sus austeras costumbres, que se ha sentido obligada a legalizar el juego, uno de los vicios a los que se achaca la decadencia histórica de China, y que también la China comunista continuó protegiendo cuando recuperaron la antigua colonia portuguesa de Macao, para no perder los ingresos del turismo y los impuestos sobre los casinos.

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