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Socialistas lejos del centro

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La segunda campaña de las autonómicas de Madrid ha sido esclarecedora.  El PSOE del derrotado Simancas se ha quitado el disfraz de moderado que lució en la primera y ha insultado a sus oponentes, y espantado a los electores, con un mensaje radical, como no se oía en España desde las primeras elecciones democráticas de 1977. El desmesurado aumento del gasto público que había propuesto en esta campaña, en contraste con la anterior, y el temor a que ello se tradujera en un sustancial aumento de los impuestos para financiarlo, ha alejado a los votantes de centro que, tradicionalmente, han inclinado la balanza en las elecciones celebradas hasta la fecha.
 
La caída del muro y la práctica desaparición del comunismo no han servido, en el caso de España, para que el socialismo se moderara, sino para que radicalizara su posición, ocupando un espacio que antes pertenecía al marxismo-leninismo. Tras esta radicalización, personificada por Rodríguez Zapatero, que inicialmente se había presentado como un moderado dispuesto a construir sobre los logros de los años del gobierno de Aznar, como Blair hizo en relación con la herencia de Margaret Thatcher, no hay doctrina, sólo rencor e incapacidad para aceptar que una sociedad democrática es capaz de distinguir entre los que, proclamando la solidaridad y la ayuda a los más desfavorecidos ponen en riesgo, con sus políticas, la libertad, la igualdad y la prosperidad, y los que aceptan en sus programas que la función de los gobiernos sólo puede ser regeneradora.
 
Los casos de Zapatero y Simancas son el mejor ejemplo de lo que es el socialismo español. Hoy moderados, ayer radicales, pasado mañana conservadores o liberales. Cualquier ideología vale para conquistar el poder. Pero nadie es capaz de predecir cómo van a utilizarlo si lo consiguen. Un riesgo inaceptable, hasta para los votantes del centro izquierda español.

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