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Un callejón sin salida, 3

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Lea Argentina: Un callejón sin salida, 1 y 2

El precedente de la economía española

A principios de 1992, Carlos Solchaga invitaba a las empresas y particulares españoles a endeudarse en dólares, porque sus tipos de interés eran mucho más bajos que los de la peseta, y él aseguraba, como responsable económico, que la peseta no se devaluaría jamás. En una cosa tenía razón, el gobierno español no devaluó; fue el mercado el que obligó a devaluar hasta cuatro veces.

Como he explicado anteriormente, también había economistas dogmáticos en ese momento que decían que no debía permitirse la devaluación; que, al contrario, el gobierno tenía que forzar una situación deflacionaria, permitiendo el aumento del paro incluso por encima del 30%, reduciendo precios y salarios en términos nominales y disminuyendo el gasto público, hasta que tanto los nacionales como los extranjeros se convencieran de que no se iba a permitir la devaluación. Y me imagino, pero no recuerdo, que también habría austriacos ortodoxos dispuestos a defender la moneda, al margen de lo que ocurriera con la economía nacional.

Y, sin embargo, en España, las cuatro devaluaciones explican mucho de lo positivo que nos ha ocurrido después, porque, en combinación con una política fiscal austera, que ha hecho desaparecer el déficit, una reducción del gasto público hasta el 40% del PIB, y una política de moderación salarial, ha permitido crear 4 millones de puestos de trabajo, reducir la deuda pública hasta el 60% del PIB y –para los que parece que todo lo centran en el valor nominal de la moneda nacional– ha posibilitado una revaluación sin precedentes en el precio de mercado de todos los activos –excepto la moneda y los depósitos– : desde las viviendas y el suelo, hasta las acciones y los propios títulos de deuda pública a largo plazo, colocados a tipos de interés del 15%. Porque es, además, otro error el considerar que el valor que cuenta y que debe permanecer inalterable es el de la moneda nacional en términos de otras divisas, en lugar del valor de los activos en poder de los nacionales, cuyo tipo de cambio se modifica en un sentido u otro. Finalmente, como a los austriacos les gusta proclamar, lo importante es la dinámica, no la estática comparativa.

En el caso de España, por tanto, a las pérdidas de los que detentaban sólo pesetas en dinero legal o depósitos bancarios hay que contraponer las enormes ganancias que se han producido en el valor de los activos de esas mismas –u otras– personas –también en pesetas e incluso en términos de monedas más estables, como el dólar– como consecuencia de la buena marcha de la economía.

No es nueva la postura de estos economistas que defienden la moneda en sí, al margen de toda consideración económica. Una experiencia similar a la argentina actual vivió Gran Bretaña a principios del siglo XX, cuando Churchill volvió a ligar la libra esterlina al patrón oro, a un tipo de cambio claramente sobrevalorado, como, por una vez, sabiamente, advirtió Keynes. Caso similar fue el de Salazar, que mantenía la economía portuguesa establemente estancada; al margen, por supuesto, del ejemplo de la España de Solchaga, o del de los países del sudeste asiático antes de la crisis de 1998.


Y si se quiere medir el grado de poder de gasto antes y después de la devaluación, recuérdese que, en España, antes de las devaluaciones, nuestro nivel de renta era el 78% del comunitario y hoy, tras las devaluaciones –y una pérdida de sustancial valor de la peseta frente al núcleo duro de la Unión Europea– es del 83%.

Conclusión

Aunque parezca que lo importante es el manejo de los ingresos y gastos públicos y los analistas internacionales rebajen la valoración del riesgo argentino cuando se anuncian decisiones como el acuerdo con los gobernadores peronistas para reducir a cero el déficit público, lo importante para los argentinos y el resto del mundo es saber qué ocurre con el crecimiento.

Si la economía no comienza a crecer rápidamente, y el contexto mundial lo dificulta sobremanera, será imprescindible dejar flotar la moneda, reconocer el auténtico nivel de endeudamiento público y adoptar una política económica mucho más coherente que la que se ha intentado hasta ahora.

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