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Un euro fuerte

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La decadencia de la Unión Europea se acentúa. La reunión del G-7 la última semana confirmó que el gobierno de Estados Unidos no está dispuesto a llegar a ningún acuerdo en relación con el tipo de cambio del dólar. Toda Asia y el resto de América, por el contrario, se reafirman en su política de ligar los tipos de cambio de sus monedas al del dólar americano. La reacción del Banco Central Europeo, al declarar que no modificará los tipos de interés del euro para limitar la revaluación de nuestra moneda, da alas a los especuladores que, como corresponde a su papel, tratan de encontrar el precio de equilibrio de este momento, apostando por una más intensa depreciación del dólar.
 
Mientras el mundo se mueve, la vieja Europa continúa engolfada en sus problemas de falta de expectativas, déficits públicos y rigidez burocrática. Y el Banco Central Europeo actúa como si no tuviera nada que ver con la situación económica. Un espléndido aislamiento tecnocrático que no durará, porque las presiones de los gobiernos europeos, presentes en su consejo, se dejarán sentir, lo que implicará movimientos en el tipo de interés e intervenciones en el mercado.
 
La renuncia a la política monetaria que implicó la creación del euro parecía que no tenía consecuencias, porque las fuerzas del mercado desvalorizaron el euro y ayudaron a mejorar la competitividad de la región, hasta principios de 2002. Pero si a una situación de estancamiento, como la que vive una gran parte de Europa, se le suma una revalorización de su moneda del orden del 50% frente al resto del mundo, la pretensión de que el Banco Central Europeo sea independiente, y ajeno a lo que ocurre en la economía de los países miembros, cae por su base. Europa no puede soportar un euro fuerte. Prepárense para las turbulencias.

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