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Alejandro Macarrón

Melilla y nuestro suicidio demográfico

En Melilla, donde el proceso está más avanzado que en Ceuta, se estima que aproximadamente la mitad de la población ya es magrebí-musulmana. Y según datos del INE, el 34% de los melillenses nacidos en 2008 tienen madre de nacionalidad marroquí.

Alejandro Macarrón
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La infecundidad colectiva de los españoles, que pone en grave riesgo su bienestar a medio y a largo plazo, y equivale a un auténtico suicidio demográfico a cámara lenta, comporta un peligro añadido en Melilla y Ceuta: facilita sobremanera que ambas dejen de ser territorio español. Si la población española envejece de forma inexorable por la mayor esperanza de vida y nuestra raquítica natalidad (33 años era la edad promedio de los españoles en 1975, por 41 años en 2009), ya está menguando en muchas provincias (20 de las 50 en 2009, y la cosa va a peor), y es sustituida de forma progresiva por inmigrantes y los hijos de éstos (entre los que figuran más del 20% de los bebés españoles actuales, y cerca del 40% en provincias como Gerona, donde alrededor de uno de cada ocho recién nacidos tiene madre marroquí), en Ceuta y Melilla se está produciendo una marroquización acelerada del paisanaje. Testigo de cargo de esta mutación son los nombres de los niños que nacían y nacen por allí, como se aprecia en la tabla adjunta, relativa a Melilla.

En Melilla, donde el proceso está más avanzado que en Ceuta, se estima que aproximadamente la mitad de la población ya es magrebí-musulmana. Y según datos del INE, el 34% de los melillenses nacidos en 2008 tienen madre de nacionalidad marroquí (por "apenas" un 17% en Ceuta); proporción aún más notable porque sólo alrededor de un 8% de los empadronados en Melilla ese año eran marroquíes. Como probablemente el INE no computa como hijos de marroquíes a los de las mujeres nacidas en Marruecos y nacionalizadas españolas, ni tampoco, como es lógico, a los de las musulmanas melillenses "de toda la vida", el porcentaje de bebés con padres de religión islámica y procedencia magrebí es, con toda certeza, muy mayoritario en Melilla. Y claro, con ese panorama demográfico, no sorprende que Marruecos sea cada vez más agresivo en sus veleidades anexionistas de Melilla, como se ha evidenciado recientemente, y que la vea como fruta casi madura. Kosovo, cuna y prófuga de la nación serbia, islamizada por la llegada constante de albano-kosovares y la gran fecundidad de éstos, es un precedente a tener muy en cuenta.

Un buen amigo, melillense de pro, sostiene que la mejor garantía de la españolidad de Melilla es su propia población magrebí, que con la anexión a Marruecos perdería el nivel de vida y los servicios públicos de que goza actualmente. Curiosamente, la fecundidad de las marroquíes residentes en Melilla y Ceuta es el doble de la de las que viven en Marruecos, lo que intensifica aún más la marroquización demográfica de nuestras ciudades norteafricanas (Nota bene: en Estados Unidos llaman "bebés-ancla" a los niños que tienen los inmigrantes ilegales en territorio norteamericano para intentar quedarse allí. ¿Hay algo de esto aquí?).

Ojalá tenga razón mi amigo. Lo malo es que la Historia está plagada de episodios en que amplias masas de seres humanos, azuzadas por politicastros incendiarios, apoyaron movimientos políticos que a la postre fueron nefastos para el propio pueblo llano, desde las revoluciones comunistas al nazismo, pasando por la ruina del próspero Irán de hace un tercio de siglo al echarse su población en brazos de los ayatolás, o por el terrorismo separatista-comunista de la ETA, que surgió en la zona más rica de España y logró un apoyo popular considerable. Y parece claro que si los melillenses cristianos no llevaran varias décadas de baja natalidad global –como el resto de los españoles, cuya fecundidad tendría que aumentar al menos un 50% simplemente para que haya relevo generacional–, su riesgo de dejar de vivir en una Melilla española sería sensiblemente inferior al actual.

En último término, en este aspecto, lo de Melilla y Ceuta es un efecto extremo de un mal generalizado en España, Occidente y muchos otros países: nuestro invierno demográfico. Su consecuencia será un infierno demográfico, ya cercano en el tiempo, tras varias décadas de muy baja natalidad en España: un Estado de bienestar inviable por exceso de clases pasivas; una economía lastrada de forma estructural por una demanda menguante; una depreciación inexorable de activos como los inmobiliarios, base del patrimonio de las familias españolas, por falta de gente para comprarlos, etc. Respecto del último punto, según un reciente estudio del Banco Internacional de Pagos (BIS) con sede en Basilea, el precio real de las viviendas en España podría caer en dinero constante un 75% acumulado desde 2010 a 2050, por el envejecimiento y eventual decrecimiento de la población, al sobrar cada vez más casas. Así, en Alemania, el país más envejecido de Europa occidental, las viviendas se han depreciado aproximadamente un 20% en la última década, según el BIS.

Por los niños que no hemos tenido desde hace treinta años, cuando se desplomaron nuestras tasas de fecundidad, ya faltan tres españoles por cada cinco con menos de treinta años, no ya para que hubiera pirámide de población entre los jóvenes, como sería deseable, sino simplemente para que haya el mismo número de españoles en todas las edades por debajo de los treinta años. Esto equivale a un déficit total de población de, como mínimo, nueve millones de niños y jóvenes en la España actual, cifra espeluznante por su magnitud.

¿Cuándo se tomarán en serio el gravísimo problema de falta de natalidad de España nuestros políticos, clases dirigentes, intelectuales, líderes de opinión de todo tipo y el propio pueblo llano? ¿Cuando nuestra economía lleve N años sin crecer apenas, el Estado de Bienestar se cuartee y la gente vea que sus propiedades inmobiliarias se deprecian año a año? ¿Si nos tocara vivir horas de angustia por la españolidad de nuestra querida Melilla?

En el desenlace del contencioso hispano-marroquí sobre Melilla, aparte de la demografía del lugar, contarán mucho otros elementos, como nuestra determinación –o falta de ella– a la hora de defender la soberanía española allá donde sea ilegítimamente cuestionada, los demás intereses estratégicos de Marruecos, o la geopolítica. Pero parece claro que nuestras opciones de triunfo en este envite menguan más y más según ganan cuota demográfica en Melilla los magrebíes-musulmanes, algo que no es culpa de ellos, sino mérito. Es lo que tiene nuestra infertilidad colectiva, en Melilla y en toda España, de las últimas décadas. Nos ha ahorrado muchos esfuerzos y dinero en la crianza de niños, pero a la larga nos resultará carísima en los planos afectivo, social, económico y político. Como bien dicen los americanos, "there is no such thing as a free lunch": no existen las comidas gratis. Tampoco, desde luego, en materia demográfica.

Alejandro Macarrón es consultor de estrategia empresarial y corporate finance

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