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¿Prohibir o legalizar?

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La película Traffic ha tenido el mérito de ilustrar de manera cruda las dos caras del mundo de las drogas: por una parte, el drama de las personas que las consumen, cuyas vidas se ven desarticuladas y conducidas hacia derroteros indeseables, y, por la otra, el mundo de los que lucran con la droga, que corrompen a la autoridad y cometen crímenes para perpetuar sus negocios. El drama que sufren los consumidores nos insta a prohibir su utilización, impulsados por el noble propósito de evitar que a más personas les ocurra lo mismo. A su vez, es precisamente esa prohibición la que, de manera trágica y a la vez irónica, alimenta la corrupción y la delincuencia asociada a la droga. ¿Qué hacer? ¿Prohibir o legalizar? Ese es el dilema al que nos enfrentamos.

Optar por la prohibición inevitablemente eleva los precios de las drogas, pues los riesgos en que se incurre para esquivarla requieren de estímulos corruptores a lo largo de toda la cadena de comercialización. La revista The Economist, en un reciente estudio, revela que un kilo de heroína equivale a 90 dólares para los agricultores de semilla de amapola afganos, 80 mil dólares como precio al por mayor en EE.UU. (comparado con tres mil dólares en Afganistán) y 290 mil dólares como precio de venta al detalle. En el caso de la cocaína, los valores son de alrededor de 450 dólares para el agricultor, algo más de 110 mil dólares al detalle en EE.UU. y bastante más en Europa.

La prohibición y el consiguiente aumento de precios generan otros importantes problemas: impiden controlar la calidad y pureza de las drogas comercializadas, incrementando el daño a los drogadictos; su alto precio permite corromper a los agentes encargados de controlar su comercio; preservar esa corrupción y competir por el liderazgo en esas lucrativas actividades al margen de la ley provocan la conocida estela de crímenes asociada a los carteles de la droga. Los resultados de la prohibición son desalentadores, por más que los estudios intenten mostrar lo contrario. EE.UU. gasta más de 35 mil millones de dólares al año en ese combate, y pareciera que lo único que logra es consolidar esa industria.

Por eso, la legalización de las drogas está en la agenda de académicos, políticos y diversos líderes de opinión en el mundo de manera transversal y creciente. Es muy posible que la legalización no disminuya el consumo de drogas, e incluso que inicialmente lo aumente, pero logrará otros efectos tanto más saludables. Liberará los cuantiosos recursos utilizados para prohibirla, redestinándolos a la educación de la población para mantenerse alejada de la droga y también para rehabilitar a los adictos. Permitirá controlar la calidad y pureza de la droga que se comercialice para limitar los daños que produzca. Al ser una actividad legal, facilitará destinar recursos a la investigación científica para intentar disminuir la adicción asociada a su uso. Disolverá los diferenciales de precio desmedidos que estimulan la perpetración de crímenes para apropiarse de esas rentas. Sería, como en el caso del tabaco y el alcohol, una actividad en que las compañías involucradas, así como sus accionistas, serían conocidos, las utilidades generadas pagarían impuestos, sus volúmenes de producción y consumo serían públicos y la autoridad contaría con mejores medios para inducir a la población para que se abstenga de consumirlas.

¿Por qué no se legalizan las drogas entonces? Porque nos parece moralmente incorrecto permitir una práctica comprobadamente riesgosa y dañina para quienes la desarrollan. Pero, como argumenta The Economist, ése es un daño que afecta básicamente a quien lo practica, y la preservación de una sociedad libre debería evitar interferir con quienes practican actividades asumiendo su propio riesgo. Por ello no impedimos, a quienes lo deseen, escalar rocas sin cuerdas o ejecutar saltos bungee, a pesar de sus riesgos, ni tampoco fumar o ingerir alcohol, a pesar del daño comprobado que provoca.

El consumo de drogas pertenece al ámbito privado y una sociedad libre puede intentar inducir a que las personas no se hagan daño, pero no debe prohibírselo. Se puede alegar que los drogadictos son un lastre para la sociedad porque delinquen o deben ser atendidos eventualmente por el sistema de salud, y por lo tanto el daño no es sólo individual, sino también social. Aun así, es un costo menor respecto del costo que implica la prohibición, análogo al requerido para mantener un sistema policial y judicial que garantice otras libertades.

También se alega que el consumo de drogas no es un acto individual porque puede inducir a otros a imitarlo; si ése fuera el caso, los cuantiosos recursos ahorrados con la legalización podrían invertirse justamente en ilustrar los riesgos que esa imitación conlleva. Finalmente se alega que las drogas son adictivas, de manera que su consumo deja de ser un acto privado voluntario. Al respecto, The Economist nos informa que la nicotina es más adictiva que la heroína (en el sentido de que el 80 % de los fumadores son adictos comparados con el 45 % de los consumidores de heroína) y al 90 % de los consumidores de cocaína es posible rehabilitarlos.

Así, desde un punto de vista utilitario o de costo/beneficio, la mejor opción es legalizar. Pero, argumentan algunos, ¿cómo podemos usar argumentos utilitarios en temas de valores? Porque, respondemos, las razones que ellos dan para apoyar la prohibición, aunque hagan referencias a valores, son finalmente utilitarias, pues se quejan del daño (costo) al drogadicto y a la sociedad que el consumo implica. Si todos, de una u otra forma, argumentamos utilitariamente, debemos concluir que la legalización de las drogas es mejor estrategia social para administrar su consumo que la prohibición.

Sin embargo, la utilidad de la legalización dependerá de la existencia de una masa crítica de países que la adopten. Chile deberá esperar a que ello ocurra. Al respecto, seguramente requeriremos del liderazgo de EE.UU., país donde más avanzado está este debate, para que sea posible atenuar los dramas que nos muestra la película Traffic.


© AIPE

El chileno Alvaro Fischer Abeliuk es ingeniero matemático y empresario.

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