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Para Zaraí, hija del presidente Toledo

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Me cuentan que hay una oficina descentralizada, Zaraí, donde están repartiendo carnés. La atiende un funcionario impaciente. En la esquina superior derecha del carné que tiene en la mano, dice: ciudadana civil. En la esquina de la izquierda está el número: 001. Al medio, tu nombre: Zaraí Toledo Orozco. Pasa por ventanilla, recoge tu documento y no lo pierdas nunca.

Es una identidad que tiene muchos papás, Zaraí. Nadie sabe cuál fue el primero, pero hay un gordito melancólico, Cicerón, que despertó un día con los cables cruzados y le dijo al poder: hay unos derechos que ningún poderoso puede violar con sus leyes. Unos curitas intonsos dijeron muchos años después: sí, hay una ley natural anterior a los gobiernos, y casaron esa ley con su Dios. Vino luego un inglesito al que declararon reo contumaz, John Locke, y dijo: hay un espacio ocupado por ciudadanos y el letrero indica que aquí no entran presidentes ni cañones. Vinieron justo después unos escoceses guturales e ilustrados, Smith y Ferguson, y le pusieron nombre: sociedad civil. Estaban pensando en ti, Zaraí. Intensamente. Dijeron: la sociedad civil es una mutualidad en la que la gente se ayuda entre sí para proteger ese pedacito de espacio donde no entra el gobierno. Allí adentro no hace frío: unos a otros se dan calor. Después vino un tal Kant, él sí más bien frío, y dijo que la sociedad civil era la razón. Como en botica, en su pensamiento había de todo, de modo que lo malinterpretaron, pero en el fondo decía lo mismo de otra manera. Esa tradición de papás de la sociedad civil continuó e hizo grandes a un puñado de países. Otra rama, que se desvió con Hegel, metió la pata hasta el fondo porque dijo que la sociedad civil era el Estado actual.

Pero ése es otro enredo. ¿Ya ves, Zaraí, cuántos papás tienes, que te adoran? También tienes muchas mamás, pero ninguna le hace sombra a tu madre Lucrecia. Cuando todavía el despistado genovés Colón no se había ido de bruces contra las rocas de Guanahaní, en el Tahuantinsuyo ya había insolencias de sociedad civil. En el ayllu, durante muchos años le habían dicho al curaca: tú no entras aquí. Y se habían juntado para ser propietarios de la tierra en familia, poseer utensilios y exigirle a su jefe protección y derechos a cambio de darle el mando. La misma vaina que tus otros papás, nomás que diferente. Una princesita deslumbrante, Coyllur, desafió a Tupac Inca Yupanqui, su padre, para hacer el amor con Ollantay, que era plebeyo. La chica fue encarcelada, pero no cedió. Quemaron a Ollantay creyendo que quemaban el derecho al amor, que en la pugna se volvió un espacio civil por oposición al poder. Le dijeron puta. Ella puso de cabeza el imperio dando a luz a un hijo de Ollantay que era toda una declaración de sociedad civil. Y luego vinieron los españoles, Zaraí, y hubo muchas ciudadanas civiles que me recuerdan a tu mamá. Pienso en Inés Muñoz, arrastrando al cadáver de Pizarro rodeada de una turba almagrista para darle sepultura y diciéndole al nuevo dueño del Perú: apártate, que voy a la iglesia y nadie me va a detener. Y pienso en la criada Inés Bravo, enfrentada en nombre de la legalidad a Carbajal, el policía de un nuevo gobierno del Perú, entregándole un cuchillo cuando el sicario fue a buscarla para silenciar su protesta: “Mátame con él, pero a esta casa no entras sin mi consentimiento”.

Me cuenta Susana cómo los esbirros de Palacio te cerraron la Plaza Mayor el día que fue a lavar pañales contigo y cómo infiltraron matones para insultarlas mientras se arrodillaban frente a una batea en que flotaba, entre el jabón y el pañal, un pedacito de sociedad civil. “Hacen política”, “son unas perras”, “el país tiene cosas importantes en que pensar para perder el tiempo en esa payasada”, dijo el régimen, desde el primer hasta el último funcionario, plumífero y –ahora lo sabemos– juez. De “perras” como Lucrecia y como tú y como mi esposa Susana, y de “maricones” como Jaime y de traidores que dicen la verdad están hechos los países menos injustos de la tierra, Zaraí.

Me cuentas que le reprochaste en privado a tu papá la persecución contra mí. Si me hubieras dicho que ibas a hacer eso, te lo hubiera prohibido. No puedes con tu genio de ciudadana civil, Zaraí, ni siquiera en tu momento más íntimo. Tu papá se justificó: “Ya te contaré las cosas que él pretendía hacerme”. Asumía ante ti la paternidad de la persecución sin catorce años de tardanza. Ahora, olvídate de mi lío y crea una relación con él sin intrusos de por medio. De eso se trataba, ¿no?

Sólo quería decirte que sepas que tienes una antigua legión de papás que babean por ti. Ahora, corre, pasa por ventanilla y recoge el carné 001 de ciudadana civil.

© AIPE

Alvaro Vargas Llosa prepara un libro sobre las reformas latinoamericanas de los 90 bajo el auspicio de The Independent Institute.

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