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Amando de Miguel

El declinar de la propiedad privada

Lo malo del declive natural del sentimiento de la propiedad individual, sobre todo inmobiliaria, es que se acompañe muchas veces de las restricciones a la libertad.

Amando de Miguel
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No me refiero a la inveterada tendencia de los socialistas a nacionalizar (realmente estatalizar) ciertas empresas. Más efectivo es el otro proceso de la izquierda que consiste en machacar a impuestos a los contribuyentes que son propietarios de acciones de empresas, inmuebles o vehículos. Lo que aquí me interesa destacar es algo más sutil.

Es claro que en una sociedad campesina el criterio fundamental para determinar la posición de un individuo o de una familia es la propiedad de bienes raíces (tierras, casas) o de capital (ganado, vehículos, artefactos de producción). Este principio lleva al establecimiento, en el siglo XIX, de las democracias censitarias, esto es, aquellas en las que los votantes eran solo los propietarios de un cierto nivel. Ya no es así en las democracias actuales, basadas en el sufragio universal. Aun así, en nuestra sociedad se sigue manteniendo el principio de ‘tanto tienes, tanto vales’. Por ejemplo, es general el esfuerzo para enriquecerse y, sobre todo, demostrar tal logro a través de los títulos de propiedad de distintos bienes. Pues bien, este es el principio que empieza a cuartearse.

Todavía la propiedad particular es sagrada, puesto que se asocia con la libertad. Pero cada vez son más fuertes las formas de propiedad empresarial o corporativa (por acciones) en las que un pequeño grupo dominante se impone al resto. Las familias actuales ya no se preocupan tanto de acumular propiedades inmobiliarias o de capital, para transmitir a los hijos, como de invertir una parte creciente de ese monto en dar estudios a los hijos. La prueba es la decadencia de la segunda vivienda (en el pueblo de origen, en la playa, etc.) por parte de muchos hogares acomodados. Es evidente el escaso uso que se hace de esa vivienda secundaria.

A pesar del nuevo aprecio que se otorga a la acumulación de méritos, y no tanto a la de propiedades, subsisten muchos restos del valor de la propiedad individual. Véase, por ejemplo, con qué seriedad manejamos los símbolos del cargo en propiedad o el puesto fijo en el empleo. Con notoria solemnidad se sigue representando la ceremonia de la toma de posesión de los altos cargos de la vida pública y a veces de la empresarial. Obsérvese con qué deleite y ostentación se entregan las carteras a los nuevos ministros del Gobierno.

Tradicionalmente, las clases pudientes pagaban un precio desorbitado por el trozo de tierra de correspondía a la sepultura en propiedad reservada a sus parientes. Todavía se conserva la costumbre, aunque muy mermada por las sepulturas en nichos y sobre todo las incineraciones.

Otro resto del derecho de propiedad que se conserva y se aprecia es la llamada ‘propiedad intelectual’, que surgió con la imprenta hace más de medio milenio. Aunque se siga manteniendo, ahora lo es con muchas reservas y limitaciones. Ya no es posible conservar tal derecho a través de la maraña de manuscritos de las redes sociales. Por otra parte, hoy es tan fácil la reproducción de un texto cualquiera que se hace dificultoso el cobro de los derechos de autor.

La audiencia de la radio o de la tele, cada vez más a través de la internet, lleva a la sensación de que tal consumo resulta gratuito. No es así, porque se paga con creces a través de los impuestos o de la publicidad. Pero lo fundamental es que aquí también se diluye un tanto el derecho de propiedad de los autores.

Es evidente la tendencia actual a una creciente movilidad residencial a través de los estudios o de los empleos. Esto hace que la tradicional querencia a ser propietarios de las viviendas se convierta en un mercado de alquiler cada vez más fluido y frondoso. No solo eso. La nueva tendencia que asoma ahora es que también se alquilen los vehículos o incluso las joyas y las ropas elegantes.

Aun así, subsisten muchos elementos simbólicos de la propiedad individual. Por ejemplo, en España continúa el gusto por el jardín murado en las viviendas exentas de las clases acomodadas. No solo se deja claro el recinto de la propiedad, sino que el jardín se cerca con setos o muros que hagan invisible el jardín a los foráneos. Se añaden perros y alarmas. Es el viejo modelo del convento, que sigue vigente en una sociedad secularizada. (Nótese el caso extremo de un partido político que se llama Bildu, que en vascuence significa convento o santuario). En los países anglosajones se procura que el jardín de los chalés sea visible a los de fuera.

Lo malo del declive natural del sentimiento de la propiedad individual, sobre todo inmobiliaria, es que se acompañe muchas veces de las restricciones a la libertad. Pero esa es otra historia.

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