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El hombre frente a la organización

Las oficinas de defensa o atención de los usuarios o equivalentes representan solo una operación cosmética para cubrir las apariencias.

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Digo "el hombre", con perdón, porque ese masculino genérico me es muy útil para referirme a los avatares de la especie zoológica a la que pertenecemos los humanos. Sabemos que hemos salido del humus y a él volveremos. Al decir "hombres y mujeres", como ahora se estila, se desdibuja la humanidad para poner por delante el sexo. Es una cualidad poco relevante para tratar muchos asuntos. El idioma permite generalizar, que es una operación de suma inteligencia.

Nuestra época es la de la preeminencia de las organizaciones públicas o privadas, con ánimo de lucro o sin él. Es claro que el poder que acumulan las tales entidades deja anonadado al hombre, a la persona que tiene que convivir con esa floresta de empresas, asociaciones e instituciones de toda índole. Las organizaciones más potentes lo saben y hacen todo lo posible para quitar hierro a una relación tan desproporcionada. La ideología prevalente de proteger al desvalido hace que florezcan mil formas de contrarrestar la prepotencia de las grandes organizaciones. Así, tenemos las oficinas del defensor del pueblo, el cliente, el oyente, el viajero, el paciente, el consumidor, el vecino, el ciudadano, el inmigrante, el usuario. A veces se emplea la etiqueta menos combativa de oficinas de atención a todos esos individuos necesitados. Todo eso en teoría es muy bonito, pero en la práctica no pasa de ser una especie de muro de las lamentaciones donde las personas desprotegidas depositan sus deseos, quejas o ruegos. Normalmente, la operación de revisión de algún desarreglo termina ahí. El truco está en que las personas que se hallan al frente de tales oficinas dependen jerárquicamente de las empresas o instituciones que van a recibir las quejas o protestas de los clientes, consumidores, etc. La consecuencia natural es que los valores de la libertad y la dignidad de los sujetos individuales resultan preteridos frente a la eficiencia o el beneficio de las organizaciones.

Sin duda hay casos en los que la tradicional simpatía que gobierna las relaciones sociales en España se impone sobre otras consideraciones. Pero lo estadísticamente normal es que el hombre aislado se tenga que plegar ante los intereses de las empresas o instituciones.

Podría aducir mil ejemplos de mi afanado discurrir cotidiano en los que se cumple la inexorable ley de hierro de las organizaciones, especialmente las grandes. Los lectores podrían aportar otras tantas ilustraciones. Si una persona tiene que pagar algo a la cuenta de una organización poderosa, lo normal es que funcione un plazo estricto; si no se cumple, se establece una penalidad. Todo eso lo fija la empresa. Pero si la cosa es al revés, que un individuo tenga que cobrar algo de una organización, es esta la que dilata el plazo todo lo posible. Pensemos en la organización más poderosa y más eficiente de todas, el Fisco, ahora llamado Agencia Tributaria. Pero hay otras muchas con el mismo esquema. Puede que no haya otra forma de equilibrar un poco más el poder de los individuos con el de las grandes organizaciones, pero reconozcamos que esa es la realidad.

Se podría pensar que el desequilibrio que digo es lo esperado, vista la desproporción entre el poder corporativo y el individual. Pero entonces las oficinas de defensa o atención de los usuarios o equivalentes representan solo una operación cosmética para cubrir las apariencias. Es lo que se llama hipocresía, el verdadero principio que gobierna la sociedad organizada.

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