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Amando de Miguel

El impulso de afiliación: el fútbol y la política

Es tan improbable cambiar de club de fútbol como de religión. La pertenencia a un club de fútbol permite emplear el 'nosotros' como señal de identificación.

Amando de Miguel
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Uno de los grandes impulsos para seguir viviendo y hacer más colmada la existencia es que uno se vea reconocido por los demás. Se trata de los otros que interesan, normalmente los próximos por razones espaciales o culturales. Es difícil que ese reconocimiento se establezca solo por las virtudes o los logros personales. Lo usual es que se ayude de la pertenencia del sujeto a un grupo, un colectivo. La consecuencia inmediata es que el sujeto necesita sentirse miembro de un conjunto. La especie humana se considera gregaria, algo más que social.

Durante siglos las afiliaciones principales fueron de índole religiosa: una denominación, una orden religiosa, una cofradía, una secta en su mejor sentido. Hace unos pocos siglos los europeos se mataban entre ellos por ser católicos o protestantes. Todavía hoy los musulmanes se degüellan entre sí por ser chiíes o suníes. Son innúmeras las matanzas de judíos a través de la Historia. Asombra que, si todos adoran a Dios, hayan sido tan violentos.

Ya en el siglo XIX irrumpió la afiliación política como conjunto más destacado al que referirse, fuera un partido político, un sindicato o similar. También ha habido guerras civiles y otras formas de exterminio político. En las últimas generaciones se han añadido grupos ideológicos que podríamos llamar especializados: ecologistas, pacifistas, feministas, independentistas, animalistas, altruistas de distintas especies. Su éxito ha sido variable en cada país. Normalmente se asocian a la izquierda. La razón es que a los partidos de la izquierda les queda poco terreno, una vez que se ha conseguido un nivel de igualdad social razonable.

Hasta que llegó el fútbol europeo, que en Estados Unidos se llama football association o simplemente, para abreviar, soccer. En ese país pasa por minoritario. Pero el fenómeno, aunque ya universal como ningún otro deporte, sigue siendo esencialmente europeo, y desde luego hispanoamericano y español. Uno pertenece al club de fútbol de toda la vida, a veces de forma hereditaria o por el lugar de nacimiento o residencia. Es tan improbable cambiar de club de fútbol como de religión. La pertenencia a un club de fútbol permite emplear el nosotros como señal de identificación.

En España la afiliación futbolística desplaza a todas las demás, por lo menos en intensidad de afectos y desafectos. La celebración de un gran triunfo deportivo supera en emoción colectiva a cualquier manifestación religiosa, política o de cualquier otro orden. El espectáculo del fútbol, que en su día fue solo dominguero, ha pasado a ser cotidiano y de alcance prácticamente universal a través de la televisión.

Los ídolos futbolísticos sobrepasan hoy los de cualquier otra afiliación. Se incluye a los jugadores, entrenadores y directivos; todos ellos varones, sin que protesten las mujeres. Los continuos incidentes de ese juego, aun los nimios de tipo laboral o personal, merecen más atención por parte de los medios que todos los demás, incluidos los políticos. Los clubes futbolísticos y peñas de aficionados exhiben banderas, himnos, bufandas, camisetas y otras prendas coloristas del indumento como símbolos de apasionada identificación. Es más, los futboleros más militantes se permiten despreciar los símbolos nacionales, cuando les interesa. No solo el Barcelona, también otros clubes son más que eso. Ante tal auge, no extrañará que haya decaído mucho la afiliación política. Los partidos muestran cifras de afiliados calculadamente exageradas. Los mítines masivos andan últimamente de capa caída. Aunque partidos y clubes de fútbol coincidan en su extraña capacidad para hacerse perdonar las deudas bancarias. Es la mejor demostración de su cercanía al poder político.

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