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Amando de Miguel

El lenguaje popular

Pide don José Antonio que nadie se ofenda por ese dicho tan festivo de matar judíos.

Amando de Miguel
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El lenguaje popular es mucho más rico de lo que nos hacen ver los diccionarios al uso. En este rinconcillo de las palabras se pueden ver muchas, localmente vigentes, que manifiestan esa riqueza. En este caso transcribo solo una mínima parte del atractivo vocabulario que me manda Feli (¿Felicidad, Feliciano o Felicísimo?). Corresponde al pueblo de Santa María de Valverde en la comarca de los Valles (Benavente, Zamora). Para que se vea lo finos que son mis paisanos:

  • Achafallar: hacer mal un trabajo, sin finura.
  • ¡Aguarday!: exclamación equivalente a ¡”espera”!
  • Borrayo: rescoldo de brasas o pavesas.
  • Cerute: la resina de los cerezos o la cera de los oídos.
  • Deladeao: forma de caminar con el cuerpo inclinado hacia un lado.
  • Espetar: clavar algo en un sitio.
  • Estalaburcia: ruido, desorden, griterío, greguería.
  • Hurmiento: levadura para hacer la masa.
  • Macheta: hacha pequeña.
  • Pelingardo: pene.
  • Pispajo: pene; persona listilla o desenvuelta.
  • Regalaivos: que lo paséis bien, que os vaya bien.
  • Reundir: que dura mucho tiempo o se aprovecha mucho.
  • Rodilla: paño o trapo de cocina.
  • Senara: cosecha.
  • Sobrado: desván o parte alta de una casa donde se guarda el grano y diversos enseres.
  • Urrieta: valle fresco.
  • Zurriago: vara larga y flexible. Persona alta y delgada.

Debo admitir que muchas de esas palabras me son muy familiares, pues las he oído muchas veces en casa de mis padres. Por ejemplo, los hurmientos eran, por extensión, las sobras del plato, lo que no se terminaba de comer y había que dar cuenta de ello. Naturalmente, viene del latín fermentum (= levadura o masa de pan que se deja para que fermente). La frase de mi madre en las comidas familiares era: “No me quedéis hurmientos”.

Jordi Sabater comenta el repertorio de voces bercianas aportado aquí por José Antonio Martínez Pons. Se maravilla don Jordi de que algunas de ellas coincidan con expresiones catalanas. Por ejemplo:

  • Del todo (= completamente). En catalán se dice “M’he vestit del tot” (= me he vestido completamente).
  • Encima (= además). En catalán sobre (= encima). Por ejemplo, “A sobre no creguis que t’ho quedaràs tu” (= encima no te creas que te lo vas a quedar tú).
  • Marchar (= irse). En catalán marxar (= irse). “En este caso podría ser que el castellano hubiese tomado prestada una palabra catalana”.

Don Jordi desea saber a qué lugar corresponde el habla “berciana”. Se refiere a El Bierzo, una comarca leonesa con mucha personalidad en la que se puede encontrar una especie de “criollo” entre el gallego y el castellano.

Mi impresión es que la confluencia entre el berciano y el catalán en las expresiones dichas obedece simplemente a que ambas lenguas proceden del latín. Y se someten a otras influencias, por ejemplo, la del francés. Sucede lo mismo con el castellano. La prueba es que los tres ejemplos citados se podrían aplicar también al habla castellana. Me recuerda, una vez más, lo de Unamuno: “todos los trajes típicos se parecen”.

José Antonio González Pons sigue aportando bercianismos muy salerosos:

  • pota, potina (= cacerola).
  • hebrina de jamón (= loncha de jamón).
  • jato, jatín (= ternero).
  • miruéndano (= madroño, meruéndano).
  • matar judíos (= una limonada o sangría con una tapa de pulpo o chorizo).

Pide don José Antonio que nadie se ofenda por ese dicho tan festivo de matar judíos.

Juan Puyol aporta una expresión coloquial de La Mancha: “Eso es como peer en un botijo para que resuene”. Se aplica a alguien que hace algo con un deseo de notoriedad exagerado o injustificado.

Don Juan me critica mi expresión “tenientes del oído” por pleonasmo, puesto que “tenientes” son los que sufren un principio de sordera. Tiene razón. Quizá me dejé llevar por el sentido de la hipérbole. De todas formas, los pleonasmos tampoco tienen por qué ser vicios. “Lo ví con mis propios ojos” es mucho más expresivo que “Lo ví”-

En cambio, sí parece una falta garrafal lo de “hay que preveer” que dijo el portavoz de la Mancha, según atestigua don Juan. El comentario del corresponsal es “manda huevos que este pollo nos esté dando lecciones”. Ya de paso, me pregunta de dónde viene lo de “pollo” y lo de “manda huevos”. Lo de pollo, aplicado despectivamente a los jovencitos presumidos de familia bien, es de mediados del siglo XIX. Se decía también petimetres o lechuginos. Primero se llamó pollas o pollitas a las muchachas casaderas, por ser tan tiernas como inexpertas y andar siempre juntitas alrededor de sus mamás (las cluecas). Era lógico que se llamara pollos a sus atildados equivalentes masculinos.

La expresión “manda huevos” es doblemente grosera. Mandarse es tanto como “cepillarse, tirarse, a una mujer”. Los huevos son los testículos. La frase de juntar las dos voces quizá sirva simplemente para reforzar la exclamación en un sentido admirativo, el que suscita una proeza erótica. Se aplica a situaciones comunes que nada tienen que ver con la sexualidad, siempre por el lado de la admiración o la sorpresa. Federico Trillo hizo famosa la expresión cuando la dijo como presidente del Congreso de los Diputados creyendo que el micrófono estaba cerrado. Nadie se sintió escandalizado y todos, muy divertidos.

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