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El placer de la envidia

Lo fundamental es que el derrotado, el culpable o el perdedor sufran lo más posible. Eso es lo que resulta placentero, por vergonzoso que pudiera parecer.

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Extraño pecado capital el de la envidia, que no se reconoce para uno mismo y que no se hace explícito qué placer pueda dar. Por eso mismo estamos ante uno de los vicios más generalizados. Consiste en que el sujeto desea ser ardientemente como el otro cercano o trata de que ese otro no sea como uno, de forma a veces solapada e incluso ilegítima. Es un deseo universal, pero se oculta y se disimula porque se identifica con una manifestación de la injusticia.

En la cultura española son innúmeras las instituciones o las formas para conseguir que el sujeto considere al otro un enemigo, un rival, un contrincante, un eventual perdedor. La operación consiste en lograr distanciarse del otro, impedir que llegue a ser como el sujeto. De forma positiva, se aspira a lograr que el sujeto se salga con la suya, resulte vencedor. Es el caso, por ejemplo, de la lotería y de los otros juegos de azar. La idea es que muchos aportan una pequeña participación, pero cada uno de ellos pretende conseguir el premio, la ganancia, y así distanciarse de los perdedores.

Algo parecido ocurre con el sistema de oposiciones para puestos funcionariales. Su legitimidad es grande, pues se trata de seleccionar a los más preparados de forma objetiva; nada más equitativo. Pero el esquema es muy parecido al de la lotería: unos pocos ganan y muchos pierden. Es lógico pensar que el perdedor va a ser un resentido.

Por si fuera poco, encima la sociedad monta todo tipo de premios, distinciones y recompensas, para favorecer ciertas conductas tenidas por creadoras o ejemplares. La cosa parece encomiable, pero genera otra vez envidias y resentimientos, pues se introduce una forzada escasez.

Si bien se mira, la misma idea de competitividad, que suena tan bien, oculta otra vez el mismo esquema de producir rivales que pueden llegar a odiarse. No solo el éxito comercial o económico, también a través del matrimonio o los concursos de belleza se produce al final el mismo resultado. A saber, que unos pocos agraciados se regodean con el fracaso de los que no han podido llegar a la meta. Dentro de las empresas el sistema de ascensos o de bonus cumple la misma función solapada de ocasionar envidias.

Una ilustración más. El deporte profesional no solo contribuye, por definición, a distinguir el ganador del perdedor. Los seguidores más fanáticos de uno u otro equipo hacen suyos los triunfos y pérdidas de sus respectivos clubes. En el fútbol está más claro que esa distinción puede llegar a la violencia física entre los forofos de unos u otros colores. Se dirá que la categoría de enemigo es solo metafórica en el fútbol. Pero a veces las metáforas se vengan. Es frecuente que el entrenador de un equipo asegure que sus muchachos van a hacer "el mayor daño posible" a los del equipo contrincante. Quiere decir que van a ganar, pero la frase hecha indica lo fundamental que es machacar al que pierde.

Pero entonces, ¿dónde reside el placer de la envidia? En la gula, las lujuria y otros pecados capitales, la cosa parece sencilla. En la envidia el placer reside en darla a los otros que resultan perdedores. Es algo que puede parecer cruel; por eso se disfraza por el lado de los agraciados, los ganadores.

Podría parecer que los ejemplos apuntados se mantienen dentro de la esfera de lo lúdico, en todo caso, de la sana competición. Podría ser. Pero es que los españoles somos grandes aficionados a algo mucho más serio y dramático: a pleitear. En las querellas y juicios lo fundamental es que alguien pueda salir triunfante o ganador, o bien perdedor o culpable. Otra vez es una forma de suscitar envidias, odios y resentimientos. Aunque no se reconozca, la forma más general de entender la justicia en España es como una forma de venganza. Lo fundamental es que el derrotado, el culpable o el perdedor sufran lo más posible. Eso es lo que resulta placentero, por vergonzoso que pudiera parecer.

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