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El problema de la leche

Ahora comprenderán mis lectores por qué aborrezco el yogur en todas sus formas y colorines.

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Se quejan los ganaderos españoles de que el mercado nacional se ve invadido por las importaciones de leche de Francia, un país con más prados naturales. Se lamentan los productores de leche de que los españoles cada vez somos menos aficionados a ese producto, cada vez más caro. Se supone que en España cierran muchas pequeñas empresas ganaderas; ya no pueden competir con las grandes firmas francesas.

No soy un entendido en cuestiones lácteas, pero como consumidor doy fe de un suceso que me llena de perplejidad. En el súper del barrio, los lineales reservados para el líquido blanco cada vez se hacen más abigarrados. Con el mismo envase paralepipédico (invento de los suecos), se ofrece una variadísima gama de productos. La base suele ser leche semidesnatada, que apellidan también como natural. A dicho brebaje se añade algún otro producto más o menos exótico: almendras, soja, omega 3 (ignoro lo que es), cacao, avena, etc. El envase nos advierte de que el añadido es lo fundamental.

Todavía hace unos meses se podía adquirir un tetrabrik de leche entera (obsérvese el pleonasmo), esto es, sin mayores añadidos o manipulaciones. Pero ya no se encuentra. Ignoro por qué no se ofrece a los consumidores. Parto de las observaciones en el súper que frecuento.

Los fabricantes de leche tratan de convencernos de que la leche entera, es decir, sin más, no es buena para el organismo humano; al parecer, solo sirve para alimentar a los ternerillos. Ignoro si anda detrás la ciencia o el márquetin. Me huele al timo alimentario que se popularizó en su día con el pescado azul. Se pregonaba que era contraproducente para la salud, cosa que ahora sabemos que es falsa.

Personalmente me resulta desagradable la leche despojada de parte de la nata y, además, enriquecida con cualquier tipo de aditivo con pretensiones científicas. No me extraña que la población consumidora se haya pasado en masa a los yogures y quesos. Menos mal que ya pasó la leyenda de que el yogur aumentaba la longevidad. La prueba es que en los países donde se consume más yogur, Grecia o Bulgaria, la esperanza de vida no es mayor que en el resto de Europa. Pero todavía subsiste otra leyenda: la de que el consumo de yogur evita el exceso de azúcar, un enemigo terrible. Sin embargo, ahora se ha descubierto que los atractivos yogures contienen altas dosis de azúcar, lo mismo que ocurre con los llamados refrescos. Es lógico; el azúcar es el mejor conservante natural.

Cuando yo era un mozo universitario, en mi casa se compraba la leche recién ordenada en la vaquería que estaba instalada en los bajos del edifico donde vivíamos, sito en pleno barrio de Salamanca. Menos mal que en casa ya teníamos frigorífico, pues, unos pocos años antes, la leche se guardaba en la fresquera, una especie de alacena con tela metálica. No era raro que, en ocasiones, la leche así guardada apareciera cortada, esto es, agria. En esos casos mi madre le añadía azúcar para que pudiera ser embaulada como requesones. En definitiva, se trataba de una especie de yogur doméstico un tanto miserable. Ahora comprenderán mis lectores por qué aborrezco el yogur en todas sus formas y colorines. Terminaré por hacer ascos de la leche en forma paralepipédica, por muchos omegas que se le añadan.

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