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Amando de Miguel

Homenaje a la primera Eva nutricia

Me fascina imaginar o comprobar la primera vez que sucedió algo beneficioso para la humanidad.

Amando de Miguel
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Me fascina imaginar o comprobar la primera vez que sucedió algo beneficioso para la humanidad, aunque no contemos con muchos datos para registrar tal primicia. Ahora es el reciente descubrimiento de una vasija de barro de hace varios miles de años, al final de la prehistoria. Es una especie de botijo, cuya boca es algo así como una tetina del mismo barro. Es una demostración del momento en que el Homo sapiens, nuestros heroicos y sufridos antepasados, había culminado la penosa fase del neolítico. La terminología aceptada no parece muy feliz. Claro es que entonces se consiguen piedras pulimentadas, equivalen a las primeras hachas, azuelas, jabalinas, flechas y otros artefactos del primitivo menaje doméstico. Pero todos esos archiperres fueron más bien la consecuencia de la verdadera innovación que significó el dominio del fuego, la alfarería, la domesticación de algunos animales, el arte de pintar (antecedente de la escritura), el cultivo de algunas plantas, la construcción de frágiles cabañas y balsas, la erección de dólmenes (en antecedente de las catedrales). Fue la mayor revolución que nunca ha habido, la que iba a significar el fin de la Prehistoria y el comienzo de la Historia. La emocionante crónica del Génesis sobre Adán y Eva habría que situarla en ese preciso momento de la evolución.

Me detengo un minuto en el hecho portentoso de la confección de los primeros biberones de barro, un minúsculo indicador de la revolución que digo. Es comprensible que los pobladores de hace unas decenas de miles de años se encontraran exhaustos ante las dificultades para sobrevivir. Las madres de la tribu se verían poco capaces de amamantar a todos los infantes de la horda. Así pues, el verdadero descubrimiento fue la domesticación de cabras, ovejas, vacas y otros mamíferos. Los cuales aportaban leche fresca, un buen complemento de la escasa leche materna que podrían proporcionar las madres de la aldea. Porque entonces las madres no solo debían de alimentar a sus hijos, sino a los otros niños de la tribu, que estarían mamando hasta cumplir los cuatro años por lo menos. (No es una fantasía; yo mismo, nacido a comienzo de la guerra civil, estuve mamando durante tres años. Ha sido una práctica usual durante toda la historia humana).

Así que ahora, a la par de la revolución neolítica, habría que hablar del gran invento del biberón, trascendental para el mantenimiento de la frágil especie humana. Como es sabido, la gran diferencia frente a otros mamíferos es que el hombre pertenece a una especie longeva, pero tarda más años en llegar a la pubertad. Es decir, hay que criarlo más tiempo. Lo cual le hace más dependiente del grupo familiar, pero asegura el lento desarrollo del cerebro, la inteligencia. De ahí lo fundamental que es para el hombre el periodo de lactancia. Recuérdense las primeras esculturas que representan a una mujer. Son de carácter votivo, las famosas Venus esteatopigias con la exuberancia característica de las nalgas y los pechos.

Se hace necesario el homenaje a la anónima mujer ancestral que inventó el biberón: la Eva de la leche, la auténtica madre de la humanidad. Sin la cual no habría podido subsistir nuestra especie.

Alguna vez las feministas hodiernas se percatarán del ridículo que significa el lenguaje inclusivo y descubrirán la verdadera magnificencia de su sexo. El perfil monstruoso de las estatuillas esteatopigias no es un sarcasmo, sino la primera exaltación de la feminidad. Es algo que nunca comprenderá la ideología progre hoy dominante, la que a sí misma se llama "ideología de género"; del género tonto, podríamos decir, y sin ánimo de ofender.

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