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Amando de Miguel

La descomposición de España

El progresismo es radicalmente injusto, inicuo, por mucho que se disfrace de altruista o solidario.

Amando de Miguel
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No pretendo repetir los trenos sobre la desintegración o disolución de España que tienen que ver con la unidad territorial. Es simplemente una maldición histórica. Tampoco me voy a fijar en el declive de nuestra nación como potencia occidental, pues tampoco es una excepción en la decadencia de Occidente, que, por otra parte, lleva ya un siglo desmoronándose. Dentro de lo que cabe, España ha conseguido un adelanto material con un ritmo superior al de la mayor parte de las naciones europeas. Me refiero más bien a la descomposición moral de la sociedad española en el sentido de desarreglo intestinal y con el resultado de un alarmante desequilibrio de las instituciones.

El punto de partida es la hegemonía social de lo que podríamos llamar con el vetusto término de progresismo. Resulta que los partidos de la izquierda no se avienen bien a la legendaria posición de sentirse revolucionarios en el sentido marxista (o leninista o castrista) de la expresión. Prefieren aposentarse bonitamente en la privilegiada posición de la malla capitalista. Para engañar su mala conciencia, los socialistas y podemitas o podemosistas de la España actual se agarran al difuso progresismo. Se trata de una especie de moral individualista todo lo más alejada posible de la tradición cristiana y que promete una alegre satisfacción hedonista.

El progresismo no existe como tal, sino más bien como una suerte de floresta ideológica o de costumbres. Los especímenes más potentes que lo componen son: estatismo, feminismo, ecologismo, populismo, buenismo, animalismo, veganismo (vegetarianismo extremo), sexualismo libre. Es claro que no se trata de ideologías o sectas mutuamente excluyentes. Es más, se ayudan entre todas ellas, protegidas por el común paraguas del difuso progresismo que todo lo bendice.

Lo que califico como "sexualismo libre" agrupa conductas diversas, como el homosexualismo de los varones o el lesbianismo de las mujeres, entre otras variopintas manifestaciones. Extraña que aún no se haya introducido la legitimidad de la paidofilia (unión sexual de un adulto con un niño) o el incesto (unión sexual entre parientes cercanos), pero todo se andará. El progresismo es insaciable.

De momento, el éxito de los ismos progresistas se asegura porque no caen mal en la opinión general, incluso aunque los rechace en su fuero interno. Pero han asegurado su supremacía política y ética al conseguir que no esté bien visto criticarlos.

Lo cierto es que objetivamente el heteróclito conjunto progresista es mucho más peligroso y destructivo para el común que el marxismo o lo que quede de esa doctrina. Aplica la misma querencia sectaria y totalitaria al castigar de mil modos al disidente o simplemente a la persona que ose criticar sus pretensiones de imposición. Lo peor es que el progresismo dominante resulta destructivo, dañino, para las personas menos dotadas por su capacidad anímica o económica. De modo general, el movimiento progresista, en cualquier de sus manifestaciones, resulta hosco, resentido respecto a las personas que se consideran contrarias a su credo, que son tildadas de "fachas" por un quítame de allá esas pajas.

En síntesis, el progresismo es radicalmente injusto, inicuo, por mucho que se disfrace de altruista o solidario. Lo que ocurre es que el progresismo es todo un éxito. La prueba es que se encuentra instalado en casi todos los Gobiernos, los potentes medios de comunicación, las grandes empresas y fundaciones, los centros de influencia. Por encima de todo, la clave es que ha logrado dominar la conciencia de la mayor parte de los españoles, puede que adormecidos con el fútbol ubicuo y la querencia por el dinero, a poder ser sin trabajar.

Tal es el signo triunfante del progresismo en todas sus versiones que se aprecia, incluso, por parte de los movimiento o instituciones que podrían situarse nominalmente en la derecha del arco ideológico. Es lo que hace que muchos dirigentes de la derecha se sientan acomplejados y manejen sin rubor el lenguaje progresista. Se nota que no lo hacen con soltura.

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