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Amando de Miguel

La experiencia del caos

Díjolo Sánchez: "Lo más duro está por llegar". Gran intuición, pues en cuanto pase la pandemia al Gobierno feminista le va a caer un inexorable voto de censura.

Amando de Miguel
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Díjolo el doctor Sánchez, punto redondo: "Lo más duro está por llegar". Gran intuición, pues en cuanto pase la pandemia al Gobierno feminista le va a caer un inexorable voto de censura. La razón es que la organización de la lucha contra la peste china ha sido un caos. Para los antiguos griegos, el jaos era una especie de sima por la que uno podía resbalar y caer en el seno de la Tierra. Para nosotros, el caos es la confusión general.

Lo típico de España es el triunfalismo: aplaudir al Gobierno por dirigir "el mejor sistema sanitario del mundo". Solo que, después de un mes de "medidas contundentes" para erradicar el maldito virus, cada día que pasa hay más fallecidos por esa causa con relación a la fecha anterior. Se ignora por qué Milán y Madrid son los grandes focos de irradiación en Europa. Se ignora casi todo.

Hay que ser conscientes del desbarajuste que ha supuesto la batalla contra el virus corona. Simplemente, los enfermos de cualquier otro mal han quedado sin atender. Es muy posible que, por esta razón, aumenten los fallecidos por otras causas que no son las de la epidemia. Dentro de unos años, cuando se disponga de las series de las estadísticas de mortalidad, se podrá comprobar que el año 2020 ha sido especialmente mortífero. No solo será así por las tasas de mortalidad por razón de la epidemia, sino por el resto de causas naturales. Será la confirmación de que la epidemia del virus chino no ha sido tan letal, con serlo, como por el efecto de la mala atención del sistema hospitalario a las otras enfermedades. Otra paradoja es que en 2020 va a descender la incidencia de las muertes violentas.

En un artículo anterior sugerí tímidamente que esto de la pandemia china era un caso equiparable al desbarajuste que supone una guerra. En consecuencia, la salida razonable sería que se estableciera un "mando único" dirigido por los militares. Es cierto que las fuerzas armadas españolas se han introducido en la batalla contra el virus coronado. Sin embargo, lo han hecho por la puerta de atrás, con una sola unidad y para tareas subordinadas. Desde luego, por el País Vasco no han aparecido.

Hay que cuidar la metáfora de la guerra. La situación que tenemos en España es como si nos hubiera invadido un ejército invisible sin que nosotros sepamos defendernos de los invasores. La economía no se pone a rendir al máximo, como sucede en los tiempos de guerra, aunque los hospitales sí se asemejan a los de los momentos bélicos. El descalabro económico va a ser inconmensurable, como si hubiéramos perdido la guerra y hubiera que pagar colosales compensaciones. Sirva el contraste de una reciente declaración de la ministra de Economía: "Es pronto para predecir si va a haber recesión". No es recesión, sino caos. La ministra en cuestión todavía no ha dimitido.

La utilización de científicos ignaros para transmitir mensajes de tranquilidad a la población confinada en sus domicilios, como farsa, puede pasar. Nos gustaría saber a los contribuyentes qué investigaciones científicas han llevado a cabo nuestros expertos sobre el virus dichoso.

Por si fuera poco, ahora se ha visto que el mal llamado ‘sistema autonómico’ no es el adecuado para resolver situaciones catastróficas, como la epidemia en cuestión. Menos aún para enfrentarse a la tremebunda crisis económica que no ha hecho más que empezar.

La decisión más chusca ha sido la de permitir que los presos calificados como de tercer grado no tengan que volver a la cárcel para pernoctar. Por cierto, en la actual condición de las cárceles me parece un oprobio que los internos carezcan de la comunicación por internet. ¿En qué código se recoge la privación de ese derecho a utilizar la internet? Ahora resulta más lacerante, cuando los presos no pueden recibir visitas. ¿Ni siquiera de los abogados? ¿No podrían utilizar la videoconferencia?

En síntesis, nunca ha dispuesto el Gobierno de tantos medios para luchar contra un monumental desbarajuste como en este caso de la peste china. Nunca ha sido mayor el fracaso. Ha faltado lo más difícil: imaginación.

Por cierto, algunos lectores me critican mi salvaje conjetura (wild guess) de que el dichoso virus haya sido el resultado accidental de las investigaciones chinas sobre los asuntos de la guerra biológica. La prueba de que mi arriesgada suposición no iba descaminada la tendrán ustedes dentro de unas pocas semanas. Lo más probables es que de China venga la vacuna, o mejor, la terapia para enfrentarse a este virus coronado. Los investigadores chinos conocen mejor que nadie el monstruoso virus, puesto que lo han fabricado.

El refinamiento es de finura oriental: este virus contagia mucho y mata poco. Es decir, se ha diseñado para desorganizar a la población afectada. Sigue siendo un misterio cómo se realiza el contagio. ¿Y si fuera también por el aire, no solo por la proximidad de los cuerpos humanos? En cuyo caso la obsesión de las mascarillas no estaría muy justificada. Este fracaso ya se vio en el antecedente de la gripe (mal llamada) española de hace un siglo. Entonces el contagio fue mucho más acelerado: en pocos meses alcanzó a todo el mundo y provocó decenas de millones de muertos.

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