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La política también es cuestión de palabras

La gran paradoja y la razón del independismo actual es que la Cataluña de hoy ya no es la locomotora de la economía española.

Amando de Miguel
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En Cataluña se ha alumbrado un nuevo símbolo político, la cadena humana, aunque bien es verdad que cuenta con precedentes en algunos países del Este europeo. Lo malo (y lo bueno) de las palabras es la polisemia. En este caso es evidente que la voz cadena representa la fraternidad pero también la opresión. Hay quien quiere quitar las cadenas del escudo de Navarra por esa asociación con esclavitud. No caen en la cuenta de que los navarros de las Navas de Tolosa rompieron las cadenas que ataban a la guardia esclava de Miramamolín. Pero estamos en Cataluña. También ahí resuena la ambivalencia. Recuerdo un viejo texto escolar de Joan Comorera de los años 30. El autor ha pasado a la historia por ser un furibundo comunista y además independentista, pero también tuvo un papel como pedagogo. En el catón que digo hay una viñeta en la que se ve a un burgués gordo que ostentosamente muestra la cadena del reloj sobre su panza. El auca o aleluya dice: "El rellotge no vol cadena perquè es un simbol de pena". (No se fíen de mi catalán de oído). La cadena humana de hoy quiere pasar por una manifestación de hermanamiento. Adquiere un aire decididamente juvenil, como tantas otras cosas de Cataluña: las sardanas, los castellets, los aplecs, los minyons de muntanya (= los scouts).

La gran paradoja y la razón del independismo actual es que la Cataluña de hoy ya no es la locomotora de la economía española que fue en el último siglo y medio. Esa frustración colectiva produce agresión verbal: "España nos roba". Como se puede ver, todo es cuestión de utilizar las palabras en uno u otro sentido.

No es el único ejemplo ni el más notorio de uso sesgado del lenguaje con propósitos políticos. Hay algo que resulta sospechoso cuando se genera una opinión casi unánime sobre fines que no se definen muy bien. Es el caso del inmenso aprecio que tienen en España estas dos instituciones políticas: las elecciones primarias y las listas abiertas. En el primer supuesto se trata de una institución que prácticamente solo existe en los Estados Unidos, donde los partidos son organizaciones muy lábiles, en la práctica oficinas electorales. Por eso requieren elecciones primarias para elegir a los candidatos. Ese trámite exige un registro de votantes y simpatizantes, requisito para poder votar después. Esa es una de las razones por las que la participación electoral suele ser tan baja. Ni qué decir tiene que esa exigencia del registro previo no existe en España, ni podría importarse fácilmente. En cuyo caso las famosas primarias son solo un truco populista. En su lugar, los partidos de la Europa continental son organizaciones más hechas, más ideológicas, que tienen por misión seleccionar a su personal dirigente. Otra cosa es que lo consigan con acierto.

Las listas abiertas son otra cantinela que a todos satisface. Pero no se piensa que, en un país como España, ese método supondría un refuerzo del inveterado caciquismo. En síntesis, tanto las primarias como las listas abiertas tienen un lado positivo, el de la apariencia de mayor democratización, pero los costes son insuperables. Son el arancel que hay que pagar cuando se importa una institución sin mirar bien el medio cultural donde se va alojar.

No me canso de insistir en el peso tan profundo que tienen las palabras en la política. La razón es simple. La política vive de símbolos y nada mejor que las palabras para simbolizar sentimientos. Ya he comentado el ardid de los políticos (que acabamos aceptando todos) de sustituir los nombres comunes por abstracciones. Eso implica palabras más largas y misteriosas, que dan más prestigio, el de las cosas que se desconocen. Por ejemplo, la legalidad sustituye a la ley; la sensibilidad al sentimiento; la ciudadanía al pueblo. Claro que nada como la magia de la dichosa transversalidad, que viene a ser el sesgo pero de forma ponderativa.

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