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La teoría de la gracia de estado

Es sabido que, en cuanto un político se instala en el hotelito de la Moncloa, altera radicalmente su forma de ver el mundo.

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En las tradiciones cristianas se alude a la "gracia de estado" (con minúscula). Con ello se quiere significar el apoyo extraordinario que confiere el Espíritu Santo a quien recibe un sacramento o acepta una nueva responsabilidad. Es el caso, por ejemplo, de las personas que se casan, las que se ordenan como sacerdotes, las que profesan en un convento o las que ascienden por la jerarquía eclesiástica. Es una cuestión de fe y no admite mayor demostración. Pero el fenómeno se puede extender a otros muchos aspectos de la vida, desprendidos del sello religioso. Se trata de un mecanismo psicológico experimentado infinitas veces. Solo así se puede interpretar el súbito cambio de conducta cuando una persona asciende a un cargo, recibe un título profesional anhelado o asume una nueva responsabilidad. La teoría secular de la gracia de estado se puede aplicar a la experiencia de cada uno o, de modo más espectacular, a los sucesos de la vida pública.

Es claro, por ejemplo, que el presidente Sánchez piensa y actúa de distinta manera una vez que toma posesión de su privilegiado cargo. Antes veía a los separatistas catalanes como incursos en el delito de rebelión; ahora matiza mucho ese juicio. Se comprende que ahora se resista, como gato panza arriba, a hablar de la chapuza de su tesis doctoral. Su antigua agresividad como líder de la oposición se ha trocado en una digna calma. Ahora se considera "hombre de Estado", nada menos. Ni siquiera se siente ya el otrora aguerrido secretario general de un partido político. Es sabido que, en cuanto un político se instala en el hotelito de la Moncloa, altera radicalmente su forma de ver el mundo. Su nueva ocupación consiste en confraternizar con sus homólogos de otros países. Necesita aparentar que se siente inseguro para tener que utilizar coches, helicópteros y aviones especiales. Qué inmenso sacrificio para un socialista, aunque sea de buena familia.

La teoría psicológica de la gracia de estado se aplica igualmente a todos los altos cargos, hasta llegar al anónimo concejal de un pueblo. Un caso eminente es el de Pablo Iglesias, el gerifalte de Podemos. Antaño pensaba y se comportaba como un líder estudiantil, un revolucionario o un guerrillero de salón. Por ejemplo, tenía que identificarse con los okupas y vivía en un humilde pisito de protección oficial en el Puente de Vallecas. Aunque ahora siga descamisado, es un famoso propietario de una mansión de Galapagar con vigilancia exclusiva al modo de los ricos. Curiosamente, su actual vivienda sigue siendo de protección oficial, pero en otro sentido. Lo más lógico es que sus hijos estudien en una public school inglesa, que realmente es privadísima. El hombre se sabe en el papel histórico de fundador de la hipotética República española plurinacional. Su objetivo inmediato es ser el muñidor de la mayoría de progreso en el Congreso y el Senado de acuerdo con los socialistas y los separatistas. Luego ya se verá quién se lleva el gato al agua. De sobra sabe él que en todas partes los bolcheviques acaban orillando a los mencheviques. Debe cuidar su imagen: nunca se le verá subir o bajar de su coche oficial, gama alta, cristales tintados. Si en el tren viaja en preferente y en avión en business es por razones de seguridad. Ahora es responsable ante la historia. A saber, cuál será su estación Finlandia.

El lector podrá ampliar las ilustraciones en las que opera la teoría psicológica de la gracia de estado. Solo así podrá comprender por qué las personas cambian tanto cada vez que ascienden de posición social o política. Se entenderán ahora esos fraternales abrazos en el rito de la toma de posesión de los altos cargos. Se dice pronto: toma de posesión.

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