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La xenofobia encubierta

No somos ajenos los españoles a la veta xenófoba. La disimulamos, porque ese es el arte nacional.

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Los españoles presumimos de no ser xenófobos, es decir, no miramos mal a los extranjeros. Reconocemos así que la auténtica industria nacional es el turismo de los extranjeros que nos visitan en masa. Ternura me dan esas recuas de japoneses o de otras razas que tratan de seguir penosamente a un guía, dispuestos a explicarles el monumento correspondiente. Ahora se incluye también el estadio Santiago Bernabéu.

Sin embargo, como tantas veces ocurre, el lenguaje nos traiciona. Son muchas las expresiones populares, aceptadas sin discusión, en las que se ridiculiza a los foráneos. De antiguo viene la fórmula (ahora se dice "algoritmo") de "despedirse a la francesa". Quiere indicar con brusquedad, sin decir oxte ni moxte, con manifiesta descortesía. Francamente, la expresión me parece injusta, ya que los franceses suelen muy refinados. Para despreciarlos, los llamamos "franchutes" o "gabachos".

Parece igualmente injusto que digamos "hacerse el sueco" para el acto de fingir que no se entiende lo que se nos dice. Más bien sucede que los suecos se desviven por entendernos, aunque no sepan bien nuestro idioma.

A los norteamericanos se les puede llamar "yanquis", que no siempre indica rechazo o desprecio. Más denigratorio resulta "gringos", que en su origen indicaba el habla rara, parecida al griego desde la perspectiva de un hispanoparlante.

No creo que los cosacos sean grandes aficionados a las bebidas alcohólicas, al menos no más que los españoles o los franceses. Pero en la parla usual se dice" beber como un cosaco" para indicar que se liba en demasía.

Cuando una tarea resulta demasiado onerosa, precisamos los españoles que se trata de un "trabajo de chinos". Suponemos que "engañar como a un chino" equivale a que la víctima sea un tanto lela. También se dice "trabajar como un negro" para indicar el siempre desacreditado exceso de trabajo. Un negro es el que, por un modesto pago, realiza la humillante tarea de escribir lo que luego firma el que pasa por autor. Una "merienda de negros" alude a un estado de confusión y desorden. Dado que negro puede resultar despectivo, cuando se quiere aludir a los inmigrantes negros, se acude al ñoñismo oficial de "subsaharianos". Un insulto taimado es "cafre", presunto miembro de una tribu inexistente de África, tenida por sanguinaria.

Un indio es tanto el habitante de la India como el nativo de toda América. Pero "hacer el indio" equivale a hacer el ridículo o el tonto. Un "punto filipino" es un individuo del que no se debe uno fiar.

Moro es un gentilicio tradicional para el habitante del Norte de África, en un sentido lato Mauritania. En la práctica puede contener un cierto sentido despreciativo, asociado a ciertas costumbres musulmanas que no son de recibo, como despreciar a las mujeres.

Un judío es tanto como decir hebreo o israelí (antes israelita), esto es, perteneciente a una cultura admirable por la creatividad y el espíritu de trabajo. Pero en el lenguaje coloquial se convierte en un dicterio para los que se representan como tacaños, usureros, o que se enriquecen fácilmente.

Dentro de España aparecen varios epítetos que revelan animadversión hacia los españoles que provienen de otras regiones. Así, "maquetos" o "coreanos" en el País Vasco, "churros" en Valencia, "charnegos" en Cataluña. "Paletos" o "catetos", para los habitantes de algunas ciudades españolas, son los que proceden del campo y no se adaptan bien a la cultura urbana.

Está claro. No somos ajenos los españoles a la veta xenófoba. La disimulamos, porque ese es el arte nacional.

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