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Amando de Miguel

Latinicos y grecas

Amando de Miguel
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María Almodóvar Picón considera que, con las reglas de la declinación latina, el plural de numerus clausus debe ser numeros clausos. Mi opinión es que esa regla se sigue en inglés (curriculum, curricula), pero en español se tiende a dejar invariable el latinajo, en singular y en plural. Así, se diría los numerus clausus. Pero, en fin, este corralillo no tiene autoridad ninguna. Aquí simplemente se comenta.
 
Alberto Beltejar Campos (Arganda del Rey, Madrid) corrige mi afirmación sobre el origen de magdalena. Su tesis es que “Magdalena viene de Magdala”, una población junto al lago Tiberiades. No lo dudo respecto a la Magdalena bíblica, hermana de Marta y Lázaro. Pero los bizcochos llamados “magdalenas” tienen otro origen. Corominas cuenta una historia fantasiosa: “Magdalena, especie de bizcocho. Probablemente llamado así porque se emplea para mojar, y entonces gotea, llorando como una Magdalena, alusión a la santa arrepentida”. En cambio, “el término farmacéutico magdaleón es voz independiente, tomado del griego magdalía, masa de pasta”. Esa segunda versión es la que más me convence por sencilla. Recordemos la famosa frase atribuida a Guillermo de Ockham: Entia non sunt multiplicanda… etc. Es decir, no hay por qué complicar las cosas cuando se puede aportar una explicación sencilla. Cierto es que magdalené en griego es el natural de Magdalá, una ciudad de Galilea. Pero magdaliá es una especie de bizcocho o pastel, lo que en mi tierra llaman rebojo. Es evidente que nuestras apetitosas magdalenas o madalenas (dulces con harina, huevo, azúcar y aceite, horneados en moldes de papel) son una supervivencia de una receta griega. El papel es lo único nuevo. Puede que la ciudad de Magdalá aludiera al origen de algún horno famoso. Aunque habrá que ir, mejor, al origen hebreo del topónimo. En hebreo, migdal es el equivalente a “torre” o “casa fortificada”.
 
Luis A. Rubio se extraña de que haga yo equivalente “maratón” a “hinojal”. Comenta: “Por más que lo pienso y busco relación entre ambas palabras, no encuentro relación alguna”. Es una relación forzada por mí y un poco en broma. Lo cierto es que Marathón es el nombre de un pueblo griego, célebre porque en ese lugar se dio la victoria de Milcíades sobre los persas de Darío en 490 antes de Jesucristo. Todo el mundo sabe la historia del guerrero Filípides que llevó la noticia después de una carrera, sin parar, de 42 kilómetros, los que separan a Atenas de Marathón. Desde entonces, en griego marathonomajos es el guerrero esforzado. El nombre del famoso pueblo recuerda a marathrón, un campo sembrado de hinojos, un hinojal. Es una planta aromática que los griegos utilizaban mucho para preparar sangría y condimentar los guisos.
 
C. Enrique Granados recomienda que me pase “a los que creemos que deberíamos decir obsólito por analogía con insólito”. Es muy ingenuo y parcial suponer que las palabras se forman por su analogía o parentesco fonético con otras. Es un criterio, pero junto a otros varios. Insólito (del latín insolitus = raro, extraño, desusado) es un cultismo. El antónimo sólito (= usual, consuetudinario) no ha tenido tanto éxito. A José Ortega y Gasset le gustaba mucho lo de sólito. La voz obsoleto (de obsoletus = poco usado) nunca daría obsólito por cuestión de acento. Es también un cultismo, popularizado a través del inglés pedante y que viene a ser más bien “pasado de moda, amortizado, tecnológicamente antiguo”. Como sucede con los cultismos, su reiteración puede resultar cargante.

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