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Los políticos pueden faltar al trabajo

Abandonen los privilegios. No falten nunca a las sesiones parlamentarias. Tengan algún sentido autocrítico.

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En todas las ocupaciones por cuenta ajena existe la obligación legal y consuetudinaria de acudir al trabajo todos los días laborables. En los profesores universitarios esa obligación se interpreta con cierta laxitud, pues se entiende que están trabajando siempre en sus respectivos domicilios o en centros donde se investiga. Pero hay un caso todavía más llamativo: el de los políticos, sean parlamentarios o similares. Resulta que el periodo de vacaciones en los Parlamentos es amplísimo; no se sabe por qué. Desde luego, las sesiones o el trabajo de las comisiones nunca empiezan a las ocho o las nueve de la mañana. Además, los políticos gozan de otras muchas ventajas en los sueldos, las dietas, las pensiones, los coches oficiales, etc. Todos esos privilegios se mantienen por la potísima razón de que son ellos mismos los que legislan sobre tales asuntos. Es lógico, por tanto, que esas normas se acomoden a sus deseos, sin distinguir si el partido político respectivo está en el Gobierno o en la oposición.

Encima, el paso por la política significa un cúmulo extraordinario de oportunidades para hacer dinero, sin llegar al extremo de la corrupción. Ahora se explica que haya tantas vocaciones para los puestos políticos, por mucho que luego se quejen de que su actividad no les deja estar con la familia. Se dirá en su defensa que para alcanzar un puesto político se exigen pruebas, exámenes y demás. Nada de eso. Ni siquiera se requiere el dominio del inglés. Para dedicarse a la política solo se precisa una cualidad: la sumisión al grupo de los dirigentes del partido respectivo. Así pues, se trata técnicamente de una oligarquía.

Por si fuera poco, ahora nos hemos enterado de que la alcaldesa de Barcelona puede decidir por sí misma si asiste o no a un acto protocolario presidido por el Rey. Simplemente, no asiste, y se fuma un puro. Algunos políticos entienden que ellos son solo responsables ante su partido, cuando en realidad tendrían que serlo respecto del pueblo contribuyente. Precisamente, los políticos que hacen más pellas en esto de los actos protocolarios (por lo general los presididos por el Rey; por ejemplo, los desfiles) son los que luego se llenan la boca con la apelación a la ciudadanía.

A ver si nos enteramos. La gran distinción política no es entre los partidos de derechas o de izquierdas, los que se consideran demócratas o populistas, partidarios de esto o de lo otro. El meollo del asunto está en que todos ellos forman una especie de casta privilegiada y, como tales, se sienten solidarios. La función principal de la casta política es la de distribuir el gasto público, cada político en su particular nivel. Serían así los distribuyentes, por oposición a todos los demás, que somos los contribuyentes. En otros tiempos la distinción se establecía entre los nobles y los pecheros. Venía a ser lo mismo.

Se dirá que la democracia primera, allá en la Edad Media, se inventó para que el pueblo, a través de los Parlamentos, decidiera cuáles iban a ser los impuestos en cada legislatura. La teoría puede ser muy buena, pero no se cumple por lo que respecta a la actual democracia. Sea cual fuere el partido que gobierne, su decisión es la de aumentar sistemáticamente el gasto público; especialmente la parte que significa atender a los sueldos y privilegios de los que mandan o van a mandar. Sobre el particular el consenso es total. No sé de ningún partido que proponga reducir los privilegios de la casta política. Ahora sabemos que, entre ellos, figura el derecho a no acudir al trabajo si consideran, por ejemplo, que es un acto presidido por el Rey. Extraña monarquía parlamentaria la que tenemos. No vale defenderse diciendo que en Italia o en Grecia todavía es peor.

Una sugerencia práctica para los partidos que quiera gobernar: renuncien a las subvenciones oficial que les otorgan las leyes (que ustedes mismos se han dado por unanimidad). Abandonen los privilegios. No falten nunca a las sesiones parlamentarias. Tengan algún sentido autocrítico. Ya sé, es mucho pedir.

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