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Más etimologías curiosas

Los antiguos suponían que la ictericia era una enfermedad que, por la piel amarilla, indicaba el exceso de bilis o humor amargo. "Amarillo" deriva de "amaro" o "amargo". El color amarillo ha sido siempre de mal agüero, mal fario.

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Las palabras que empleamos en la vida corriente no están ahí por azar o capricho; suelen tener un origen, aunque a veces se pierda en la noche de los tiempos. Pero aquí estamos para desvelar algunos de esos misteriosos orígenes. El misterio está en que muchas veces no son lo que parecen.

Normalmente, los colores reciben palabras que los identifican con cosas. Por ejemplo, "rosa, naranja, violeta, marrón (= castaña en francés), etc.". Pero "amarillo" ¿de dónde viene? Los antiguos suponían que la ictericia era una enfermedad que, por la piel amarilla, indicaba el exceso de bilis o humor amargo. "Amarillo" deriva de "amaro" o "amargo". El color amarillo ha sido siempre de mal agüero, mal fario. La razón es que muchas sustancias venenosas o en descomposición tienen color amarillo. En muchos cuadros y esculturas se representa a Judas con una túnica amarilla. Todavía hoy en el mundo del espectáculo el color amarillo trae mala suerte.

En los colores de la bandera española decimos "rojo y gualda". Por lo visto, hay una planta gualda, que proporciona un tinte amarillo. Se eligió ese término para la bandera porque algún poeta lo necesitó para su rima.

Una institución muy española es la "siesta", tanto que esa palabra se dice en inglés, sin traducirla. El origen es muy sencillo. Los romanos dividían el día con luz en cuatro periodos horarios: "prima, tercia, sexta y nona". La hora "sexta" coincide con las horas entre mediodía y media tarde. Son justo las que invitan a dormir la siesta, un gran privilegio.

Un tipo humano muy madrileño es el "hortera". En el pasado la "hortera" era un cuenco o platillo de madera que utilizaban los mendigos para recibir la comida que les daban. Ese platillo se utilizaba también en las farmacias para colocar los ingredientes de las fórmulas magistrales. Se pasó a llamar "hortera" al mancebo de la botica. En el siglo XIX, el "hortera" es el dependiente de las tiendas, sobre todo los de las tiendas de tejidos de Madrid. Hacia los años 20 del siglo XX se describe al "hortera" como un tipo aparentemente refinado pero en el fondo cursi y de mal gusto. Después de la guerra civil, ese sentido derivado desplaza a los anteriores: el "hortera" es hoy un insulto, una calificación despectiva.

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