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Nuevos desarrollos del politiqués

Doña Magdalena habla así porque quiere, porque al entretenerse con su lengua de trapo, no nos fijamos en su radical incompetencia. Es como el que se viste o se peina de forma extravagante para que no nos percatemos de que sus ideas son muy corticas.

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Gabriel Ter-Sakarian Arambarri me pide una definición de "politiqués" para incluirla en su diccionario. Ya ha incluido lo de "binomio copulativo". Esa última expresión se me ocurrió hace poco al hilo de estos comentarios en Libertad Digital. Lo del "politiqués" salió por primera vez en mi libro La perversión del lenguaje (Espasa, primera edición de 1994). Era una expresión irónica para comprender la jerga de los políticos y de otros hombres públicos. No se trata solo de ciertas palabras inventadas, sino más bien de un estilo de hablar en público, ampuloso y retórico, trufado de eufemismos y a veces de solecismos. El politiqués abunda en muletillas y lugares comunes. En algunos casos el politiqués es todo un arte de expresividad. La última aportación del politiqués es referirse a "las familias" para no tener que pronunciar el vitando "los españoles". El politiqués es algo más que el discurso del partido en el Gobierno; participan también de esa jerga los políticos de la oposición y, en general, el grueso de los hombres públicos.

Iñigo Benjumea de la Cova (Osuna, Sevilla) critica esa manía de los políticos y los expertos que dicen "en el corto plazo" o "en el largo plazo", o incluso "en el corto" o "en el largo". En efecto, lo correcto sería "a corto plazo" o "a largo plazo". Supongo que se trata de una corrupción del inglés "on the long run"; una más.

Un ejemplo de la ampulosidad que caracteriza al politiqués es el de las etiquetas que se asignan a algunas posiciones sociales o políticas. Borja Prieto (aunque no sé si es María Borja) me remite esta perla. Se trata de la humilde posición de "jardinero" que ahora es un egresado del Módulo Formativo de Grado Superior de Gestión y Organización de los Recursos Naturales y Paisajísticos.

José Mª Navia Osorio, con tan buen ojo clínico, describe a un tal Alberto Mortera, concejal pepero, tránsfuga del socialismo, "vestido de progre: traje oscuro, camisa casi negra, como si fuera un diputado de Esquerra Republicana [de Cataluña]. Pensé para mis adentros: 'este individuo cambió de camisa'". En efecto, estamos ante un buen ejemplo del lenguaje corporal. Para parecer progre es conveniente que la corbata sea de un color más claro que la camisa. Hubo un tiempo en que "las camisas negras (o pardas)" correspondían a los fascistas y similares; hoy se exhiben más bien por los progres.

Rafael Lebredo recoge para la Historia este párrafo de un parlamento de la egregia ministra de Fomento, Magdalena Álvarez: "Cuido tanto hablar, el hablar, que hablo peor, porque si hablara como siempre he hablado pues y no quisiera hablar despacio para no saltarme determinadas terminaciones que me las sigo saltando y demás, pues me costaría menos porque pienso más rápido que estoy hablando y entonces se me va el hilo de la intervención". La transcripción corrige, naturalmente, la prosodia, por ejemplo, las eses finales. No es una cuestión de acento, sino de simple ignorancia. Menos mal que doña Magdalena (que no está para tafetanes) cuida su forma de hablar. Al menos de esa forma se nos hace populachera.

José Mª Navia Osorio interpreta que lo de la ministra de Fomento no se resuelve con el expediente de ser andaluza. La prueba, sigue el de Oviedo, es que Javier Arenas habla con un acento sevillano (añado, al igual que Felipe González), pero sus frases son correctas.

Mi interpretación es que doña Magdalena habla así porque quiere, porque al entretenerse con su lengua de trapo, no nos fijamos en su radical incompetencia. Es como el que se viste o se peina de forma extravagante para que no nos percatemos de que sus ideas son muy corticas. El habla y el atuendo son una misma cosa: el disfraz con que nos presentamos ante los demás.

Escrito lo anterior, me llega un correo de José Antonio Martínez Pons con un juicio paralelo pero más estricto: "Parece que lo moderno es la vestimenta cutre y desaliñada y, del mismo modo, lo moderno es el habla incorrecta y mal estructurada". Entiendo que se trata de una creencia más general por la que se piensa que "está bien que cada uno haga o diga lo que le parezca". Es una especie de anomia que tampoco lleva a ninguna parte, pero que resulta muy apañada.

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