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Amando de Miguel

Onomástica y otras derivaciones

Amando de Miguel
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Buenaventura Fernández sostiene que la verdadera versión catalana de Leonor es Leonor y no Elionor, como quieren algunos. Según mis noticias en catalán existe tanto el nombre propio Leonor como Elionor o Elionora. El origen próximo del nombre está en el occitano Alienor. En el siglo XII lo llevó la Reina Alienor o Leonor de Aquitania. A España llegó su hija Leonor Plantagenet, quien se casó con Alfonso VIII en 1170. Es, pues, un nombre regio.
 
Birgit Wolf (alemana residente en España) siente curiosidad por saber por qué tantos españoles llevan apellidos que son nombres propios: Andrés, Diego, Juan, Miguel, Tomás, etc. Ella misma sugiere varias interpretaciones: falta de imaginación, etnias minoritarias (árabes, judíos, vascos), inmigrantes extranjeros con apellidos impronunciables. Francamente, no sé a qué carta quedarme. Espero que algún libertario más instruido nos eche una mano. Yo mismo tengo un apellido que es un nombre propio. “Miguel” en hebreo es algo así como “nadie es como Dios”. Para mí que en muchos de esos casos de nombres de santos troceados en apellidos hay una recóndita historia de judíos o moriscos conversos. Pero vaya usted a saber.
 
Carlo Cuomo (Madrid, antiguo residente en ambas márgenes del Río de la Plata, Montevideo, Buenos Aires, Mar del Plata) asegura que “jamás he escuchado a nadie referirse a un rioplatense como a un che”. Así lo decía yo, quizá llevado por esa exclamación tan repetida de che que distingue a los valencianos y a los rioplatenses. Como me indica mi corresponsal, “rioplatense” es el habitante de Río de la Plata, y yo quise decir “porteño” (ciudad de Buenos Aires) o “bonaerense” (provincia de Buenos Aires). Bueno, se me perdonará la impresión derivada de la distancia. Supongo que para un argentino los zamoranos o los toledanos somos la misma cosa. En este lado del charco un “porteño” es un habitante del Puerto de Santa María (Cádiz). A los porteños de Buenos Aires los españoles quizá les reservemos lo de “bonaerenses”.
 
A propósito del gentilicio “salmantino”, Guillermo Pámpano (charro desterrado en el País Vasco) razona que Salamanca procede del nombre griego latinizado “Helmantike”. Sospecha que el actual río Tormes se llamó en su día “Salam”. Luego los griegos o romanos levantaron la “ciudad de Salam”. Para mí que los romanos se encontraron ya con un castro ibérico edificado en un sitio tan estratégico como la colina que dominaba el vado (después el puente) del río Salam. El estadio de fútbol de la Unión Deportiva Salamanca se llama el Helmántico. Es un simpático arcaísmo. Mi abuela fue maestra en un suburbio de Salamanca (Tejares) junto al Tormes. De ahí era el famoso Lazarillo.
 
José Luis García de Aguinaga (Granada) anda intrigado con la calificación de “bolos” que se da a los habitantes de Toledo. Son innúmeros los ejemplos en los que los habitantes de una localidad o comarca asignan un nombre despectivo a sus vecinos. Bolo es una ilustración más. Tradicionalmente significa torpe, necio. Quizá provenga el nombre de que así se designa coloquialmente el pene, entre varias docenas de palabras para lo mismo. En Cuba se llama bolos a los borrachos y, por extensión, a los rusos. En Argentina se utiliza mucho lo de boludo como equivalente de lo que en Madrid es “gilipollas” o “tonto del culo”, entre otras lindezas.
 
Más difícil es averiguar por qué los toledanos se quedaron con el apelativo de bolos. La versión más conocida es tan ingeniosa como improbable, pero ahí va. Como es sabido, el Rey Recaredo abjuró públicamente del arrianismo para reconocer a la Iglesia Católica en el III Concilio de Toledo. Corría el año 589, como diría César Vidal. San Leandro toma juramento al Rey. La pregunta era algo así como “Queréis abrazar la verdadera fe católica, etc.”. La respuesta del Rey fue: “Ego volo” (= sí, quiero). Ya digo que la historia es muy bonita, pero no es fácil que sea el origen de la etiqueta de “bolos” asignada a los toledanos. Hoy se toma más bien con ánimo festivo y, si alguno se pica, es que ajos come.
 
Santiago Navarro Castelló (Casablanca, Marruecos) rescata la discusión sobre el gentilicio de “baturro”. En su opinión procede de bato (= rústico, basto, zafio). Una vez más, se trataría del típico despectivo que dedican a alguien los de fuera, en este caso a los zaragozanos. Añado que Batto es el nombre que da Ovidio a un pastor bastante impertinente que no hace más que repetir las cosas. El nombre quizá proceda del griego battologeo (= farfullar, repetir las cosas tontamente). A su vez, el verbo quizá proceda de Batto, rey de Cirene, famoso por su tartamudez. Lo que no se me alcanza es por qué los de Zaragoza iban a tener una dicción entrecortada. Algo hay que buscar siempre a los vecinos para zaherirlos. Por otro lado, ya es miseria que se busquen rasgos físicos como motivo de desprecio. Por eso mismo, lo de los gentilicios afrentosos no hay que tomarlos literalmente sino con aire festivo.
 
Javier Martínez Soto me envía unas atinadas observaciones sobre el habla actual. Así, observa que el DRAE trae ucranio como alternativa de ucraniano, pero no admite londinés como equivalente de londinense. Señala que, con ocasión del atentado del pasado verano, algunos noticiarios repitieron mucho lo de londinés. Para mí que ese gentilicio no repugna mucho al oído (en latín Londres era Londinium), pero lo de “londinense” está ya cristalizado.
 
Se asombra don Javier de que el DRAE acepte implementar (= llevar algo a cabo). Es un anglicismo con un vago parentesco latino (implere = llenar) y muy necesario. Don Javier protesta con lo de entrenos en lugar de entrenamientos. Sin embargo, agradece el esfuerzo del lenguaje deportivo por buscar equivalencias castizas de los términos foráneos. Por ejemplo, montoneras por melé. Por último, recoge un comentario de CNN+ [que se pronuncia plus, no más] en el que se aportaban datos de una encuesta del CIS sobre liderazgo e intención de voto. La presentadora dijo algo así como “si se sumaban ambos datos, el resultado era más positivo que en la anterior ocasión”. Para don Javier se trata de un dislate, como “sumar peras con manzanas”. Sin embargo, comento que se puede decir que “tres peras más dos manzanas dan cinco piezas de fruta”. Desde luego, es un disparate sumar el porcentaje de liderazgo con el de intención de voto. Peores algoritmos he visto. Por ahí circula un “índice de bienestar” o algo parecido, que es el resultado de sumar algo así como la inversa de la tasa de inflación y la de interés, más el incremento de la renta per cápita. Un horror estadístico. Los disparates con apariencia numérica siguen siendo disparates.

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