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Amando de Miguel

Tiempos de penumbra

Uno añora el tiempo pretérito, 'when movies were movies', aunque las películas fueran en blanco y negro.

Tiempos de penumbra - Amando de Miguel
Pedro Sánchez, compareciendo desde la Moncloa. | EFE

Una de las constantes estéticas de las películas y series televisivas de los últimos lustros es el gusto por rodar las escenas a media luz. Supongo que la nueva moda se debe a un factor logístico. La realización de las escenas en un ambiente de penumbra permite menos gasto en decorados. Puede que se deba, asimismo, a una razón técnica: las cámaras actuales permiten rodar con escasa iluminación. Lo cual permite unas imágenes difusas, más dramáticas o misteriosas, puede que más íntimas. Sea como fuere, el hecho resulta indiscutible, aunque quepan varias interpretaciones. Únicamente daré mi opinión sobre el nuevo estilo de rodar escenas oscuras: me resulta fatigante y desagradable. Uno añora el tiempo pretérito, when movies were movies, aunque las películas fueran en blanco y negro. Al menos se iluminaban bien las escenas interiores y no se superponía la música con los diálogos.

Hace más de un siglo que se generalizó la luz eléctrica. Desde entonces, nos hemos acostumbrado a que el hecho de vivir de noche no signifique la calígine, en la que ha estado sumida la Humanidad durante toda su historia.

Lo malo es que el gusto de los recientes realizadores de cine y de las series de televisión se convierte en una conveniente metáfora de la actual vida política. Un día se dijo, solemnemente, "luz y taquígrafos", para expresar las cualidades de publicidad y transparencia de los debates parlamentarios. Por el lado de las analogías no hemos progresado mucho.

En efecto, da la impresión de que se ha ampliado, exageradamente, el espacio público de los secretos de Estado, como si estuviéramos en una situación de guerra. No hay forma de averiguar el monto de los viajes que ha hecho el avión presidencial. El actual presidente del Gobierno nunca se pasea por las calles o se toma una cerveza a la vista de todos. Lo ha intentado alguna vez, pero recibe abucheos. Se comprende su querencia a no salir mucho del chaletito de la Moncloa.

Las llamadas conferencias de prensa de los mandamases dan la impresión de amañadas, tal es la candidez de las preguntas de los periodistas y la inanidad de las respuestas. Los debates parlamentarios sobre "el estado de la nación" no eran gran cosa, pero en los últimos años esa tradición se ha perdido. La información pública sobre la pandemia del virus chino ha sido una vergüenza; conforme pasa el tiempo, va a peor. ¿Realmente hubo un comité de expertos asesorando al Gobierno en materia de lucha contra la pandemia? Nada más misterioso, opaco y confuso que la organización del mercado de las mascarillas y las pruebas de antígenos. Nadie en España se explica por qué se han dejado de construir centrales nucleares y, no digamos, embalses. La distribución de los cuantiosos fondos europeos para ayudar a las empresas a superar la crisis económica constituye un misterio insondable. ¿Alguien se puede creer que los coches eléctricos son más baratos y contaminan menos, a la larga, que los de gasolina o gasóleo? ¿Dónde está el progreso, entonces? Por encima de muchas de esas ilustraciones sobrevuela la sospecha de la corrupción política, el texto no escrito de nuestra verdadera Constitución. Alguna vez se explicará en las cátedras de Derecho Político.

El lenguaje de las declaraciones o las intervenciones oficiales se hace cada vez más nebuloso. Los textos legales (más decretos que leyes) se hacen tan herméticos que necesitan ser interpretados por una legión de rábulas. Muchas estadísticas, en su aparente neutralidad, resultan sesgadas o inverosímiles, al formar parte de los discursos de propaganda. No se sabe qué misión puede tener la turbamulta de asesores de la Presidencia del Gobierno, naturalmente nombrados a dedo.

En definitiva, la acción del Gobierno y de todos sus tentáculos del poder se reviste de opacidad. Es la característica esencial de los regímenes autoritarios. Lo que pasa es que nos habíamos creído que estábamos en una democracia. ¡Ay, míseros de nosotros!

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