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Unas discutidas vacaciones

La función esencial de las vacaciones fuera de casa consiste en poder contar a los otros lo bien que se lo pasa uno por esos mundos de Dios.

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Pedro Sánchez, Angela Merkel y sus cónyuges, en Doñana | EFE

La institución de las vacaciones pagadas para todos los escolantes y laborantes representa una de las conquistas imperecederas de nuestra civilización. O, si se quiere, del Estado de Bienestar. Lo que no entiendo bien es que ese mes de asueto se utilice para salir de estampía del domicilio de uno. Reconozco que soy parcial. No me imagino ningún lugar del mundo para pasar unas vacaciones mejor que la casa y el municipio en que vivo. Media vida de trabajo me ha costado levantar mi castillo, que se llama Cámelot. Pero entiendo que también tiene su atractivo el espíritu de trotamundos, el que he practicado cuando estaba en activo. La especie humana siempre ha sido proclive al nomadismo y la trashumancia. Ahora llaman "turismo" a todo eso; parece más noble, cuando a veces se muestra bastante arrastrado. No hay más que ver la imagen de esos paquebotes con miles de cruceristas.

La función esencial de las vacaciones fuera de casa consiste en poder contar a los otros lo bien que se lo pasa uno por esos mundos de Dios. Es sabido que dar envidia es uno de los placeres más apetecibles. Para realizar esa necesidad, antes estaba la tarjeta postal. Ahora se ejerce mucho mejor con el teléfono móvil, que se ha convertido en la tercera mano y el tercer ojo de los humanos hodiernos.

Comprendo que todos los estudiantes y trabajadores tengan derecho a unas generosas vacaciones. Añádanse los parados, amas de casa y jubilados, puesto que la familia es la unidad básica de convivencia; también de peleas. Pero ¿qué es eso de que los políticos y autoridades (incluido el Rey) se acojan también a ese derecho? Lo ejercen, además, de manera bien ostentosa. No me parece equitativo. Su estatuto no es discente ni laboral. Por tanto, no deberían tener derecho a las vacaciones. La injusticia se hace escandalosa cuando los que mandan se aposentan en una institución pública con cargo al contribuyente. Parece un excesivo privilegio en estos tiempos democráticos. Pongo por ejemplo el Parque de Doñana. Debe ser disfrutado por cualquier español de acuerdo con algún criterio de orden y concierto. Más bien tendría que reservarse para los investigadores del ambiente. (No hace falta decir "medio ambiente"). Pero me irrita que en él se refocile el presidente del Gobierno, a mesa y mantel. No digamos si esa apropiación tiene lugar cuando el jefe del Ejecutivo acaba de acceder al cargo y no precisamente por elección del cuerpo electoral. Es el caso actual para vergüenza de la Historia.

No se considere mi crítica como envidiosa. Ya digo que no cambio mi casa por ninguna otra para solazarme en el estío. Aunque comprendo también que residir en el inhóspito palacio (es un decir) de la Moncloa representa un estímulo necesario para marcharse a cualquier otro sitio. Se sitúa al lado de una depuradora de aguas, de un arroyuelo que es más bien charca en verano y junto a unas cuadras de ganados enfermos. Encima se rodea de torretas de vigilancia, que más parece un decorado para una película de campos de concentración. Claro que algo tendrá el poder cuando tanto interés se despliega para llegar a habitar ese infecto lugar. ¿No sería más propio que el presidente del Gobierno residiera en el Palacio de Buenavista, junto a la Cibeles? Fue el domicilio de Godoy, que ese sí que vivía bien. Así lo entendió Goya al incluirlo en el cuadro La familia de Carlos IV. De esa forma, el presidente del Gobierno ya no se vería obligado a trasladarse a otro lugar para un mes de vacaciones con su nutrido séquito de edecanes y guardaespaldas.

Me parece que me he ido por las ramas. Es lo que sucede con los artículos que se escriben en vacaciones. Así que disimulen ustedes, mis fieles lectores.

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