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Analogías de la crisis

Aquellos más interesados en que se solucione la crisis ya están haciendo algo ellos solitos: reduciendo consumo y apretándose el cinturón, cortando gastos superfluos, trabajando más horas, introduciendo pequeñas innovaciones para ser más eficientes...

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Entre los ríos de tinta que se han vertido acerca de la debacle financiera y económica, han surgido algunas analogías interesantes, aunque no todas igualmente válidas en mi opinión. Unas se usan para defender la intervención del Estado como solución o única alternativa viable y deseable ante la crisis. Las otras se utilizan para lo contrario, es decir, para explicar que el libre mercado no causó los problemas que sufrimos ahora, y que el intervencionismo no es la solución.

La primera que quería tratar viene de Peter Boettke, economista que se adhiere a la escuela austriaca del pensamiento económico. Obviamente, viniendo de un "austriaco", trata de mostrar lo absurdo de querer solucionar la crisis mediante medidas intervencionistas con el pretexto de que ésta ha sido un fallo del mercado. A criticar la idea de que la actual recesión es consecuencia del fracaso del mercado dedica su analogía:

Si ataras de brazos y piernas a un nadador de primera como Michael Phelps, le pusieras pesadas cadenas sobre los pies y le lanzaras a una piscina y se hundiera, no lo llamarías un ‘fracaso de la natación’ o un fracaso de Michael Phelps. Entonces, cuando los mercados han operado con el lastre de excesivas y perjudiciales regulaciones, ¿por qué llamarlo ‘fracaso del capitalismo’?

A pesar de que transmite una idea cierta mediante una analogía excelente, no está exenta de simplificaciones y falta de matices, ya que Boettke solo menciona las regulaciones, siendo éstas solo una parte del cuadro; cuestión que, sin duda, el autor reconocería, dada su brillantez académica. Para introducir la masiva y negativa influencia de los bancos centrales y entidades hipotecarias semi-públicas en las causas de la crisis, una forma alternativa de expresarlo sería: "un marco institucional (en muchos niveles: monetario, bancario, inmobiliario, etc. etc.) excesivamente intervenido donde las decisiones de los agentes económicos están notablemente influidas por las actuaciones tomadas desde administraciones públicas y otras autoridades como los bancos centrales".

Sin embargo, a esta analogía se le podría replicar con otra relacionada con la medicina, tal y como se me propuso en un comentario. Si el paciente está sufriendo ahora, ¿por qué desechar la intervención del médico? ¿Por qué confiar en la actividad auto-curativa de nuestro cuerpo para remediar el dolor y evitar un desenlace fatal? Y continuaba: "Ante la ocurrencia de multitud de imprevisibles factores exteriores que afectan al organismo, ¿cuál es la actitud que hay que tomar? ¿Confiar en el hado? ¿Actuar cuando el daño ya está hecho? ¿O quizás prevenir –dentro de nuestras limitaciones constitutivas– antes de curar?".

La contra-analogía es atractiva, y parece lógica y coherente. No obstante, considero que hay algunas trampas al trasplantar este razonamiento al caso de la crisis económica. Por un lado, y siguiendo con el caso de la medicina, habría que señalar que esa crisis de salud del paciente fue causada por la negligencia e incompetencia de la intervención del médico (intervencionismo estatal). Entonces, acudir al médico y usar la misma estrategia que ha causado los desperfectos para curar la enfermedad no parece el camino más sensato.

Por otro lado, en el caso que se plantea, sí parece que la mejor opción sea la intervención del médico, en lugar de confiar en que el cuerpo se regenere milagrosamente. Pero en el caso de la crisis económica, como fenómeno social, hay diferencias sustanciales. En primer lugar, habría que tener en cuenta los incentivos a los que se enfrenta el médico para solucionar la enfermedad: puede que (asumiendo que no se deja llevar por principios morales) si le pagan de una determinada manera, se vea incentivado a "hacer como que se ha solucionado" la enfermedad a corto plazo, creando la apariencia de que todo se ha arreglado, cuando en realidad el problema se pospone a un periodo más lejano. En el caso de los políticos tratando de solucionar la crisis es necesario analizar esos incentivos.

Asimismo, habría que examinar el grado de información y conocimiento que poseen los políticos para solucionar los problemas sociales. Como Friedrich Hayek argumentó en sus trabajos, la probabilidad de que los burócratas dispongan de mejores condiciones de información que los distintos agentes económicos –trabajadores o empresarios– es muy reducida. Esto es así porque el conocimiento necesario en este contexto parte de las cosas particulares que cada individuo conoce y en las que está interesado; y no de estadísticas nacionales o ecuaciones de comportamiento.

Y por último, que aquellos más interesados en que se solucione la crisis, es decir, quienes la sufren en sus propias carnes –cosa que no les sucede a quienes están en el Gobierno–, ya están haciendo algo ellos solitos: reduciendo consumo y apretándose el cinturón, cortando gastos superfluos, trabajando más horas, introduciendo pequeñas innovaciones para ser más eficientes... Y estas acciones, aunque muchos keynesianos piensen que son la ruina, son necesarias para la recuperación.

Como conclusión, en el caso de la crisis, quizás sí sea más sensato esperar en que la economía se recupere por sí sola, sin necesidad de masivas intervenciones. Y es que, la gente olvidada ya está haciendo algo para la recuperación.
Ángel Martín Oro escribe regularmente en su blog.

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