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¿Quién está ganando con esta crisis?

El aumento del gasto público, las nuevas regulaciones del sistema financiero o el incremento en la supervisión de ciertas entidades requerirán de nuevos funcionarios, especialmente consultores, abogados y economistas que aconsejen a las agencias públicas.

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Suele ser frecuente que ante cambios sociales bruscos, existan ganadores y perdedores, independientemente de cuál sea el efecto neto y de lo justo o injusto de ello. A veces incluso aparecen fuertes tensiones entre un grupo y el otro.

Los cambios económicos no son una excepción. Piense por ejemplo en una innovación tecnológica, o una reestructuración productiva necesaria a gran escala: pese a que hay pocas dudas de los efectos beneficiosos de éstas, aún así existirán personas que deberán cambiar de actividad y empleo, saliendo perjudicadas, ya que cuanto hacían antes ha dejado de ser rentable.

Esto también sucede con las crisis económicas, donde las circunstancias cambian radicalmente y en poco tiempo. En un primer momento, la mayoría bienpensante podría llevarse las manos a la cabeza al ver cómo mientras numerosas familias se veían abocadas al desempleo de todos sus miembros, algunos inversores ingeniosos y pertrechos de dinero en líquido, veían dispararse sus plusvalías –optando, por ejemplo, por invertir al descubierto, es decir, obteniendo ganancias por la caída del valor de las acciones.

Pero, ¿qué sucedería si, en ese ambiente recesivo y de caída del empleo, el grupo beneficiado de la crisis fuera el funcionariado y la burocracia, privilegiados del Gobierno? Lo cierto es que los datos apuntan claramente a esta situación, y la "élite comprometida socialmente" no parece estar poniendo el grito en el cielo.

A pesar de que a primera vista estos datos parecen sorprendentes, en realidad no lo son. Y es que, en la medida en que el Gobierno aumente el gasto público a través de planes de estímulo, investigue nuevas vías de regulación del sistema financiero o se incremente la supervisión de ciertas entidades se necesitarán nuevos empleos, especialmente consultores, abogados y economistas que aconsejen a las autoridades y agencias públicas. Y es en Washington donde se concentran estos tipos de actividad.

Por ello, en lugar de perder empleos, la capital administrativa norteamericana está atrayendo a nuevos profesionales y talentos que de otra manera podrían haberse dirigido hacia actividades productivas en el sector privado. Quizá sea ésta una manifestación más del efecto expulsión (crowding-out) al que da lugar el aumento del peso del sector público –tanto en escala como en alcance– sobre la economía.

Estos acontecimientos tampoco deberían sorprender a nadie que esté familiarizado con una de las tesis más importantes de Robert Higgs, economista investigador del Independent Institute y gran especialista de la historia de la evolución del Gobierno norteamericano. En su libro Crisis and Leviathan, elabora su tesis del ‘Efecto Trinquete’ (Ratchet Effect). A través del estudio de varios acontecimientos históricos en EEUU en el siglo XX, Higgs descubre que la principal fuente del crecimiento del Gobierno estadounidense se debe al aprovechamiento que ha realizado de los periodos de crisis nacionales –ya sean éstas reales, imaginarias, de carácter económico o bélico. Esto, según Higgs, habría sucedido en la Primera y Segunda Guerras Mundiales, en la Gran Depresión, en la Guerra Fría, tras los atentados del 11-S, o en la actual debacle económica.

Esta es una de las razones por las que Higgs, como liberal, no es demasiado optimista acerca de la futura evolución del peso del Gobierno, que tiene todos los visos de continuar incrementándose. Una vez que finalice la presente crisis, quizá la intervención estatal retroceda en algunas parcelas, pero seguramente persistirán algunas de esas nuevas dosis de intervención que habían sido inyectadas, con el pretexto de que eran medidas totalmente necesarias y temporales para solucionar problemas puntuales. No en vano, tanto la gigante hipotecaria Fannie Mae como la Federal Housing Administration fueron creadas en el periodo de la Gran Depresión, manteniéndose 70 años después.

En el futuro, cuando la severa recesión sea sólo materia de estudio por economistas e historiadores, aparecerán nuevas crisis, probablemente más graves que la actual. Siguiendo la tesis del Efecto Trinquete, y suponiendo que el contexto cultural de estatolatría no cambia –algo que por desgracia considero bastante probable, los gobiernos tratarán de sacar el máximo partido de ellas, ahondando todavía más en su crecimiento hipertrófico.

¿Es éste un escenario demasiado pesimista para los liberales? Por ese excesivo pesimismo le criticaron a Robert Higgs sus tesis. Sin embargo, el tiempo, al menos de momento, parece estarle dando la razón.

No obstante lo anterior, existen importantes acciones y labores que se están realizando desde los think tanks y medios de comunicación liberales para tratar de combatir esta estatolatría y revertir la expansión del poder de Estado. Un esfuerzo que no se lleva a cabo por un empecinamiento ideológico sectario –ni por oscuros intereses–, sino por la convicción de las perversas consecuencias económicas, sociológicas y morales que conlleva el intervencionismo masivo.

Por el momento, la balanza se inclina claramente hacia las fuerzas intervencionistas. Los liberales y su influencia sobre la sociedad se mantienen en minoría, pero afortunadamente los avances no son en absoluto inexistentes. Quizás esto sirva para matizar el pesimismo de la tesis de Higgs.

Ángel Martín Oro escribe regularmente en su blog.

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