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Liga

Antonio Escohotado

De hecho y de derecho

Tiemblen los adversarios ante la fraternal sociedad creada por el míster, mientras no olviden nunca el peligro de la autocomplacencia.

Antonio Escohotado
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No sé cuántos años llevo esperando a ver que el Real Madrid aprovecha un pinchazo de su rival inmediato para destacarse; pero ciertamente no fue eso lo que ocurrió anoche ante un Valladolid dispuesto a esperar agazapado, evitando ante todo verse obligado a ganar. Tras quince o veinte minutos de presión muy alta, atestiguando su voluntad de marcar, una suma de desaciertos en el último y penúltimo pase, añadida al gol de Casemiro anulado por el VAR –en función de centímetros–, el resto de la primera parte fue plano y hasta cierto punto contemporizador.

Todo quedó librado al segundo, donde cabía temer la factura del esfuerzo infructuoso, así como esperar menos sobo de balón y más efectividad, pues la diferencia entre buenos y grandes equipos es también la de masas con menor y mayor energía, y el paso de los minutos despejó cualquier duda. Los blancos ganaron, y aun merecieron ganar por dos o tres tantos, gracias a un bloque homogéneo y cinco sobresalientes, el primero de ellos otra vez el míster, que al parecer topó con una gripe de Valverde a última hora y puso en su lugar a Isco, permitiéndole de paso hacer el partido quizá más sólido de su reaparición, donde entre otras cosas le puso a Karim un balón de gol. Notable alto para él, y notable para casi todo el resto, aunque la excelencia le tocase a cuatro máquinas.

Casemiro se está saliendo, al operar como llegador y no sólo como stopper, algo que logra en medida quizá inigualada hoy, interceptando, creando y rematando sin pausa; crece a ojos vista, como una planta abonada e iluminada de manera perfecta. También me impresionó el desempeño de Rodrygo, pobre en los últimos partidos y eminente en el de anoche, donde recibió hasta tras entradas intimidatorias, típicas de defensa jugando en su campo –con el mensaje común de "cuidado figurita con ponerme en vergüenza"–, y respondió tocando bien o muy bien cada pelota. Su don para el uno contra uno basta para atraer siempre a más de uno, por no decir mejor tres como marcadores, cosa suficiente en principio para explotar en otra zona del césped el desequilibrio así creado.

Añadiendo valentía a su rara elegancia, Rodrygo añadió otra noticia positiva al perfil de un muchacho privado aún de la masa muscular adulta, tan útil en juegos de contacto, que suple –como Odegaard (por cierto, los noruegos pronuncian Edegort)– con grados cibernéticos de exquisitez técnica. Y otro sobresaliente mereció a mi juicio Kroos, fuente inigualable de temple y pases, capaz de llegar también, que en su actual estado de forma y ánimo será titular siempre en cualquier equipo cuerdo. Se le pasaron los melindres, quizá porque cuatro orejonas invitaban a relajar en algún momento el grado de exigencia; y ha vuelto al banquete de los héroes reeditando un martillo de Thor adaptado al carácter lúdico de su profesión, que le limita a ametrallar al rival con desplazamientos milimétricos como los causantes del gol anulado y el válido.

Sin embargo, lo más sensacional bien pudo ser que a Nacho se le haya pasado una tristeza instalada en el rostro si no me equivoco tras lesionarse en Canarias, largo tiempo ha. Hasta entonces era un prodigio exaltado por su propia humildad, como si le correspondiera ser titular sólo en el Castilla, aunque defendiese y atacase con pericia y fuerza constante, marcando goles de volea reservados en teoría a Van Basten. Pensaba no subir a ese balón parado cuando Zidane le recomendó otra cosa, y marcó inapelablemente gracias al giro de cuello que la naturaleza le ha dado a él y pocos más. El caso es que dejó de estar triste, seguro, y los blancos añaden a sus valladares otro jugador con dotes de cañonero.

Tiemblen los adversarios ante la fraternal sociedad creada por el míster, mientras no olviden nunca el peligro de la autocomplacencia.

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