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Crisis, demografía y jubilaciones

Si el envejecimiento de la población nos dejará en 2049 con la mitad de trabajadores respecto a los actuales, habríamos de ser realistas y comenzar a alargar la edad productiva en un proceso lento de treinta o cuarenta años.

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En 2049 la tasa de dependencia habrá crecido hasta el 89,6%. desde el 47,8% actual. Esta es una de las previsiones elaboradas por el Instituto Nacional de estadística de 2009 a 2049. Quizás quede muy lejos ese 2049, y las simulaciones sobre las dificultades venideras para financiar la dependencia no importen, pero ahora mismo el 40% de nuestros jóvenes menores de 25 años está en paro. Y esto sí que es un despilfarro.

La fiesta se ha acabado. Pero no la forma errónea de plantear los problemas políticos. Ante el anuncio del Gobierno de retrasar la edad de jubilación, toda la oposición ha buscado cómo rentabilizar electoralmente la impopular medida. A nadie parece preocuparle aprovechar la coyuntura para estudiar el problema y buscarle una solución científica y no ideológica.

La medida del Gobierno puede ser impopular, pero por primera vez toma conciencia de la dimensión de la crisis. Tarde, posiblemente mal y con recargo. Con mucho recargo. Los centros financieros internacionales comienzan a retirar la confianza a un Estado cuya deuda descomunal amenaza impagos. Si no perteneciéramos a la moneda común europea, si aún conservásemos la peseta, la devaluación sería inevitable y el empobrecimiento un hecho irreversible. Aún así, el euro no nos salvará. Los centros financieros internacionales encarecerán el coste de la refinanciación de la deuda. O lo que es lo mismo, perderemos la confianza en el valor de la deuda, pagaremos más por ella, no tendremos las ventajas de la devaluación para las exportaciones y como consecuencia, la reactivación económica, en el mejor de los casos, tardará mucho tiempo; y sólo servirá para pagar el despilfarro pasado, no para aumentar el nivel de vida. En una palabra, seremos más pobres durante mucho tiempo.

De ese empobrecimiento no saldremos con medidas improvisadas, sino con mayor ocupación, mayor productividad y mayor aportación a la seguridad social. Difícilmente se podrá conseguir eso con un sistema que tapona la entrada de los jóvenes al mercado de trabajo. Si con el retraso de la edad de jubilación se pretende alargar la productividad laboral en una España con cuatro millones de parados, no tiene sentido. La mayor aportación a la Seguridad Social vendría de incorporar a estos parados al mercado laboral, no de alargar a quienes están en edad de jubilación. Los dos sectores, parados y jubilables, no son incompatibles, pero con tanto paro, sí.

Ahora bien, el retraso de las jubilaciones no es un revés en sí mismo para los trabajadores, puede ser una oportunidad si es voluntaria. Muchos se sorprenderían del valor terapéutico de la longevidad laboral si ésta es el resultado de la libertad. Demasiadas veces un trabajador recién jubilado cae en la depresión vital y llega al declive antes de lo previsto por la biología, mientras otros, como los campesinos tradicionales, trabajan hasta el final de sus vidas con una longevidad y una salud mucho mayor. ¿Por qué plantear el retraso de la jubilación como una condena y no como una liberación? El Estado tiene que garantizar nuestras carencias, nunca salvarnos de nuestras decisiones tomadas en libertad. Hay sectores laborales donde sus profesionales están a los 65 años en su máxima eficacia; como investigadores, catedráticos, banqueros, cirujanos, arquitectos, ingenieros, economistas, abogados etc. Muchos de ellos no se jubilarían si el Gobierno no los obligase (caso de funcionarios) o se incentivase una mejora en su jubilación alargada (como la última propuesta del Gobierno de un aumento del 2%). Por la misma razón, no parece lógico que determinados trabajos lleguen siquiera a los 65 años, sobre todos los que aporten un desgaste físico o una insufrible monotonía en las cadenas de montaje. Lo que es inaceptable son las prejubilaciones a los cincuenta y pocos.

En todo caso, una sociedad adulta ha de asumir su capacidad para asegurar su bienestar con responsabilidad, ajustándose a las necesidades y a las carencias. Y si no hay más remedio, adecuar nuestra productividad y riqueza a la realidad. La esperanza de vida en 2049 en España aumentará un 5,8 % respecto a la actual (84,3 años de media para los hombres y 89,6 para las mujeres). Si el envejecimiento de la población nos dejará en 2049 con la mitad de trabajadores respecto a los actuales, y la longevidad aumenta un 5,8% (se supone que también su calidad de vida) habríamos de ser realistas y comenzar a alargar la edad productiva en un proceso lento de treinta o cuarenta años para adaptarnos a las necesidades. No demos nada por supuesto.

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