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Antonio Robles

Discriminación positiva

En Cataluña se ha utilizado el concepto de "discriminación positiva" para legitimar la inmersión escolar únicamente en catalán y excluir al español de todos aquellos lugares en que se decidió que el catalán estaba en inferioridad de condiciones.

Antonio Robles
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El baremo de Educación para la concesión de ayudas a proyectos de investigación científica primará con 5 puntos más a aquellos equipos que tengan más mujeres entre sus miembros. Consecuencia: en nombre de la discriminación positiva, los equipos de investigación no tendrán a los/las mejores (aquí meto los dos plurales, por si acaso alguien quiere entender lo que le interesa manipular) sino a las más desamparadas.

¡Qué manera de insultar a la mujer! Así lo ha visto la investigadora y profesora de genética en la universidad de Sevilla, M. Tortolero: "como mujer, no creo que debamos sentirnos contentas porque se nos discrimine, ni negativa ni positivamente. Como científica no admito ninguna valoración que no sea la calidad de mi trabajo en condiciones de igualdad con el resto de los científicos cualquiera que sea su sexo y condición".

La ministra de Educación y Ciencia, Mercedes Cabrera, aún no se ha enterado que la Constitución nos hace iguales a todos, sin distinción de sexo; tampoco del mayor número de universitarias que universitarios y muy posiblemente ignore que las mejores notas de secundaria son las de las chicas. ¿Ignorará también que el principio de igualdad es el presupuesto político y moral sobre el que funciona la sociedad española desde 1978?

La mujer no necesita paternalismos como el de la ministra, ni cowboys que la cojan de la mano cuando huyen de los malos, sólo que desaparezcan esos techos de cristal machistas de hombres y de mujeres que, a pesar de la ley, aún existen. Pero no es ese el camino, ni para la mujer ni para la ciencia. Para la mujer, porque discrimina a otros ciudadanos que no merecen a su vez ser discriminados ni penalizados sus esfuerzos por alcanzar niveles de excelencia; para la ciencia porque su naturaleza versa sobre la búsqueda de las leyes de la naturaleza y estas no están basadas en principios democráticos. Puede ser fuerte decirlo, pero el conocimiento nada tiene que ver con la democracia. Al menos en su búsqueda de la verdad científica. La ministra y su presidente con el Gobierno en pleno podrían subirse a la catedral de León y decidir democráticamente que pueden volar. Allá ellos, la ley de gravedad no se va a dejar manejar tan bien como los principios políticos. Pero es que la discriminación positiva tampoco es democrática. Es uno de los muchos juegos de manos de que se ha valido esta hornada de políticos posmodernos que nos gobiernan para hacer contrabando político.

Es evidente que la historia es el lienzo donde se manifiesta el abuso de unos hombres sobre otros. La igualdad ha sido una aspiración para acabar con ella. Pero la igualdad no es un hecho, sólo un valor. No está en las cosas, las ponemos en las cosas y en las relaciones entre las cosas. Ya que los hechos de la naturaleza no nos sirven para contrastar la naturaleza de los valores, hemos de ser muy cuidadosos a la hora de nombrarlos, porque de la concordancia entre su significante y significado dependerá su correspondencia con las cosas o los hechos. Y de su permanencia en el tiempo, la confianza en su eficacia y justicia.

Por todo eso, es preciso que recaiga sobre el significante "discriminación", la naturaleza malévola de su significado: "seleccionar excluyendo" o "dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etcétera". Y se busque a la voluntad humana por ayudar a los excluidos o discriminados términos adecuados a la bondad o justicia de esa voluntad. Porque si no, se pervierten las palabras y de su corrupción nace la manipulación de sus contenidos. En Cataluña, por ejemplo, se ha utilizado el concepto de "discriminación positiva" para imponer y legitimar la inmersión escolar únicamente en catalán y excluir al español de todos aquellos lugares que el político nacionalista de turno decidió que el catalán estaba en inferioridad de condiciones. Una herramienta perfecta para eliminar los derechos de los castellanohablantes. Y sin mala conciencia.

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