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Antonio Robles

El estigma

Por lo que se ve, el antifascismo del Sr. Iglesias es una forma retórica del fascismo

Antonio Robles
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El miércoles brotaron en el Congreso signos de vida inteligente. En una frase rotunda, sencilla, expuesta para no ser explicada. Una oportunidad para rescatar la lucidez en política.

Harta de que el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, se refiriera a la portavoz del PP en el Congreso Cayetana Álvarez de Toledo como "señora marquesa", ésta le recordó el valor intrínseco de la individualidad, por encima de progenitores, origen nacional, grupo sexual o cualquier otra condición no personal:

Ha hecho usted referencia a mi título de marquesa, a la clase social, a la aristocracia, una y otra vez, en definitiva. Como usted muy bien sabe, los hijos no somos responsables de nuestros padres, ni siquiera los padres somos del todo responsables de lo que vayan a hacer nuestros hijos. Por eso, se lo voy a decir por primera y última vez. Usted es el hijo de un terrorista, a esa aristocracia pertenece usted, a la del crimen político.

Podría quedarme con el sopapo al "hijo de un terrorista", pero no, la fuerza del argumento no está en devolverle el desprecio, sino en remarcar su poca estatura intelectual y moral al pretender reducir sus posiciones políticas a un título nobiliario, como si fuera un estigma que le invalidara para ejercer su derecho ciudadano a la participación política. Una mirada antidemocrática sobre la realidad, pura casta del revés, tufo insoportable a dictadura del proletariado que determina quién sí y quién no es digno de pertenecer al pueblo. Por lo que se ve, el antifascismo del Sr. Iglesias es una forma retórica del fascismo, aquella que busca eliminar a través de la descalificación al contrario, como el fascismo a secas lo hace físicamente. Una misma pulsión para imponer a los demás su forma única de ver el mundo. Aún no se ha dado cuenta que con la caída del Antiguo Régimen todos somos iguales en derechos y obligaciones por el mero hecho de ser ciudadanos, y todos constituimos la voluntad general de la nación (Rousseau). Y desde esa responsabilidad, cada uno de nosotros somos, con nuestra propia individualidad, los responsables de nuestros actos, no de los que nos precedieron. A esos actos personales de Pablo se dirigió la crítica de Cayetana con resultados clarificadores. Él se limitó a recitar las letanías acostumbradas del miedo a la ultraderecha y demás. Cuánta casquería maniquea para evitar el bochorno de no estar a la altura de una aristócrata, ahora sí, del pensamiento.

En su insoportable populismo, volvió a justificar su desprecio a España recurriendo a definir la patria con reivindicaciones sociales obvias de cualquier Estado de Derecho, que hoy por hoy garantizan Gobiernos de izquierdas y derechas con diferencias mínimas, pero que son inexistentes en países populistas dados al subsidio y al totalitarismo de Estado. Como su admirada Venezuela.

"Defender España", dijo el patriota de pega, "es defender la sanidad y la educación públicas, mejorar el sistema de becas y garantizar el derecho a la vivienda y los artículos de la Constitución". Como si los demás se opusieran.

Con esa fatuidad propia de un pavo real que parece decir grandes cosas sin entender un rábano de las paradojas de la naturaleza humana y su relación con la creación de la riqueza de los pueblos, se erige en referente moral desde un cementerio de miseria que sus ensoñaciones comunistas nos garantizaron desde su nacimiento.

No tengo espacio para rebatir lo obvio. Se lo diré con el pensamiento de David Hume, un empirista inglés que puso en cuestión la "evidencia paradójica" del principio de causalidad:

Dividamos las posesiones de un modo igualitario, y veremos inmediatamente cómo los distintos grados de arte, esmero y aplicación de cada hombre rompen la igualdad. Y si se pone coto a esas virtudes, reduciremos la sociedad a la más extrema indigencia; en vez de impedir la carestía y la mendicidad de unos pocos, estas afectarán inevitablemente a toda la sociedad. También se precisa la Inquisición más rigurosa para evitar toda desigualdad en cuanto ésta aparezca por primera vez, así como la más severa jurisdicción para castigarla y enmendarla; pero tanta autoridad tendría, que degeneraría pronto en una tiranía que sería ejercida con graves favoritismos.

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