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El trumpismo de Iglesias

Pedro y Pablo nos están acostumbrando a lo peor en nombre de lo mejor.

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En psicoanálisis se utiliza el término catarsis para designar la disolución de un trauma mediante su verbalización repetida hasta desactivarlo.

Traigo a la memoria este método inicialmente empleado por Brauer en pacientes de histeria porque nos puede servir para visualizar la perniciosa corrosión que Pablo Iglesias está ocasionando a los valores democráticos de nuestro Estado de Derecho sin apenas percibirlo. No por las consecuencias de la última coz dada a los exiliados de la II República comparándolos a Puigdemont, o a la separación de poderes. El exabrupto ha tenido sobradas réplicas. Incluso en parte de sus propias filas. Por la comparación, no por sus consecuencias.

No se ha hecho hincapié, sin embargo, en lo más corrosivo de sus constantes ataques. Me refiero a las consecuencias de su verbalización repetida contra las instituciones del Estado. Si la manera de disolver un trauma es verbalizarlo hasta convertirlo en consciente y cotidiano como paso previo para disolverlo; verbalizar el desacato, normalizar el insulto, blanquear el apoyo al mundo etarra y secesionista, normalizar la falta de respeto a las instituciones, verbalizar sin rubor alguno el desacato a la ley o justificar a quienes lo hacen; verbalizar, en suma, cualquier disparate contra los principios axiomáticos que fundamentan el sistema democrático, incluso los rituales formales que permiten soportar nuestras diferencias, acaba por relativizarlo todo, la manera homeopática de socavar los pilares mismos del sistema sin que apenas nos demos cuenta. Y hacerlo cada día con más ahínco y desvergüenza sin que tenga una sanción social, política o moral, acaba por parecer normal lo que no lo es.

La función positiva de la verbalización psicoanalítica como purificación del alma se convierte así, en mentes ponzoñosas como la de Iglesias, en una disolución de todo cuanto hay de seguro y estable en nuestras vidas desde la Transición del 78. El método catártico al servicio de la perversión política.

Esta atmósfera que alimenta a aventureros como Iglesias posiblemente hunda sus raíces en el valor excesivo dado al relativismo posmodernista. Su presencia ha desautorizado durante décadas la legitimidad de los valores sociales fuertes que han mantenido cohesionadas leyes, instituciones y respetos. Cuestión de dosis, el dogma es malo, el relativismo absoluto, puro vacío. La verdad es interpretable, contextualizable, pero necesitamos un asidero mínimo para sostenernos en nuestra perplejidad. No es un problema español, es la desorientación de nuestro tiempo. Cuando creíamos que navegábamos con viento a favor en nombre de la libertad hacia valores como la verdad aseada por mayor y mejor información, el respeto, la tolerancia, la responsabilidad, la coherencia, etc., nos topamos con su disolución. “Tiempos líquidos”, se dijo. Empiezan a ser gaseosos, y cuando la gente pierde pie, se echa en manos de los más pendencieros y peligrosos. Pasó en EEUU con Trump, pasa en Rusia con Putin, con Erdogan en Turquía, y en la mayoría de países europeos aflora el rostro de ideologías totalitarias con mayor apoyo electoral cada día. Pero en ningún país como en España se lleva el sabotaje a cabo con mayor connivencia del Gobierno y con menor resistencia de su población. Miento, en la Rusia de Vladimir Putin asistimos al despojo de los derechos de Alexéi Navalni, y ni siquiera la prensa internacional alza su voz con la debida contundencia.

Pedro y Pablo nos están acostumbrando a lo peor en nombre de lo mejor. De pronto, lo indecible se dice, lo decente se cuestiona y lo sucio se relativiza, la verdad es interpretable, manosean la memoria histórica y acaban por acostumbrarnos al mal menor en nombre del mal mayor. Hasta las mentiras y los enjuagues del presidente del Gobierno nos parecen digeribles ante los exabruptos de su vicepresidente. Importa poco que la comparación de Puigdemont con los exiliados del franquismo sea un disparate, ya ha logrado en la equiparación la calificación de exiliado por motivos políticos, y de paso combustible para los abogados que lo defienden en Europa.

Si lo metabolizamos sin crítica, nos pasará a nivel político lo que les sucede a las mujeres que consienten malos modos a sus parejas. Tragan con pequeños detalles primero y acaban soportando malos tratos después. Hasta ver como normal o inevitable lo que no es normal ni inevitable.

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