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Antonio Robles

Juego de apariencias

En la cima de la obscenidad brilla Pedro Sánchez. A estas alturas todo el mundo sabe que puede ser cualquier cosa, defender a Dios y al diablo al mismo tiempo.

Antonio Robles
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Los fogonazos políticos en período electoral son como los mugidos de los animales en tiempo de apareamiento. Puras apariencias de usar y tirar. Todos los machos alfa en tales circunstancias reducen sus objetivos a la cúpula. Dejarse influir por sus escandaleras para estudiar el comportamiento general de la especie es tan limitado como dejarse cegar por el plumaje de nuestros políticos en tiempo de celo electoral.

Por eso el ciudadano corriente está hasta el moño de timadores y mangantes que le han perdido todo respeto. Aunque con el permiso de sus respectivas parroquias, todavía hay grados.

En la cima de la obscenidad brilla Pedro Sánchez. A estas alturas todo el mundo sabe que puede ser cualquier cosa, defender a Dios y al diablo al mismo tiempo, encamarse con los nacionalistas por la noche y repudiarlos por la mañana… La única regla que respeta es la eficacia en el timo. Todo lo demás es mera circunstancia. Los que crean que es un peligroso enemigo de la Constitución, yerran. Es constitucionalista. A su manera. El esperpento de su campaña lo deja bien claro: "Ahora España, luego ya veremos". ¿Y antes no?

En segunda posición, no por maldad sino por falta de convicciones y excesiva mercadotecnia, está Albert Rivera. No pactó con el PSOE por considerar a Sánchez jefe de una banda de populistas. O eso sostuvo. Puro tacticismo electoral en medio de la opa hostil al PP. Quedó en evidencia cuando, aterrado por las encuestas, ofreció en el último momento el pacto que había despreciado de forma insultante durante cuatro meses. Antes se había negado en dos ocasiones a reunirse con Sánchez en la ronda obligada de contactos propiciada por el Rey. El único cambio entre la negación y el ofrecimiento era su hundimiento en las encuestas. Y en lugar de aceptar el error lo transfiere a Sánchez por negarse a pactar lo que con tanta contumacia se empeñó en rechazar él. Un poco de respeto al electorado, por favor.

No contento con la impostura, y ante el desmoronamiento en las encuestas, se saca de la chistera una moción de censura contra el presidente Torra quince días después de haber rechazado el ofrecimiento del PPC para presentarla juntos. Si mal estuvo este uso electoral, peor fue haberse negado a presentar a Inés Arrimadas a la investidura después de haber ganado las elecciones de Cataluña. Un error más de mercadotecnia. ¿Veletas o principios? Rectificar no es de veletas, sino de sabios que tienen principios y humildad para mejorarlos.

Estos no son sólo errores de bulto, sino las viejas maneras de hacer política, la agresión más grosera a la democracia. Si no respetas al electorado, ¿para qué la democracia? Hay por ahí quien lo enjuaga con sofisticada autosuficiencia: "Esperar de un político que no se comporte como un empedernido ambicioso es inútil". O sea, para estos mercenarios de parroquias la disculpa equivale al "¡yo soy así!". Y que les den a quienes perjudique su autosuficiencia.

Quim Torra, los independentistas, los filoetarras pueden ser enemigos de la democracia, de ellos se puede esperar cualquier cosa, y contra eso el Estado tiene el derecho y la obligación de plantarse, pero sus defensores no pueden ser tan cínicos y sinvergüenzas en su acción política. Si son mejores, lo han de demostrar. Empezando por las formas.

Hoy, en España, la política es un estercolero. Seguramente como siempre ha sido. La diferencia es que antes el control de la información y el despotismo de regímenes no democráticos podían engañar a la gente corriente sin que la mayoría se percatase a ciencia cierta del timo. Pero hoy nos mienten a la cara, se comportan como verdaderos troleros y les seguimos votando. No es una cuestión de ideologías, ni de soluciones más o menos atinadas, sino de formas de ejercer la acción política que la dignifiquen y la oficien con el esmero con que el médico cuida tu salud, o con la seguridad con que el ciudadano va a la panadería confiado en que el panadero no le engañe en el peso del pan.

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