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A la paz mundial por la jaculatoria

Vaya, qué desconsideración, los israelíes no le han hecho caso y no han querido negociar el número de víctimas mortales o de secuestros que deben sufrir para conseguir que Hamas y Hezbolá les dejen en paz.

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Es posible que el presidente del gobierno español, señor Rodríguez Zapatero, no crea en la doctrina cristiana de la trascendencia (más allá de este mundo hay un Dios al que impetrar amor y misericordia), pero sin duda debe creer que hay algo "ahí arriba" dispuesto a escuchar nuestros ruegos, con tal de que nuestros labios den insistente testimonio de nuestra fe. El señor Zapatero ha colocado la jaculatoria en la panoplia de armas a disposición de su gobierno (con perdón por lo de las armas, presidente, que aludirlas sólo quiere ser una figura retórica).

Su última jaculatoria es la que acaba de elevar a la "Comunidad Internacional" para que actúe de inmediato y trate de "parar esta locura". La locura es la respuesta de Israel a los ataques de Hamás y de Hezbolá contra su territorio. El señor Zapatero ayuda a esa entidad trascendente diciéndole lo que tiene que hacer: "la comunidad internacional tiene que imponer su autoridad". El señor Zapatero dirigió estas plegarias al más allá delante de una congregación de fieles del PSOE ibicenco, reunidos con él en fervorosa oración y dando muestras de heroica resistencia a las tentaciones de una Ibiza siempre demasiado carnal y terrenal.

El señor Rodríguez Zapatero usa mucho el inocuo aunque laxo expediente de la jaculatoria. Recordemos su impetración "paz, paz, paz", su mística "ansia infinita de paz", su bondadoso "demos a la paz una oportunidad", etc. Y sobre todo, recordemos la jaculatoria madre de todas las jaculatorias, la jaculatoria de más megatonaje que todas las bombas termonucleares de la guerra fría juntas: el Diálogo de Civilizaciones, que ahora, bajo el patrocinio de la ONU, "es más necesario que nunca", según aseguró a los feligreses ibicencos.

Las jaculatorias suelen dejar tranquilas las buenas conciencias y ayudan a huir de ese desasosiego que nos incita a examinar a fondo la nuestra. Con ellas transferimos la carga de nuestra poquedad de ánimo a la divinidad. El señor Zapatero es una de esas buenas conciencias, directas, claras, sin sombra de duda, sin suspensión de ánimo: él sabe muy bien quién se halla en pecado por las culpas de lo que está pasando en Oriente Próximo: Israel, que "debe respetar los derechos humanos y la legalidad internacional".

Lo grave de esta toma de posición no es su parcialidad e hipocresía, ni que pase por alto que Israel se retiró de Gaza en septiembre del 2005 y desde entonces los protegidos de Zapatero, de la Unión Europea y de las buenas conciencias de la humanidad, es decir, los palestinos, hayan hecho todo lo posible, con sus misiles Qasam de todos los días y el secuestro de soldados y algún asesinato, para que Israel se arrepienta de haberse retirado de la franja. También pasa por alto el incumplimiento de la única resolución de la ONU relevante para esta situación, la 1559, que exige desde hace años el desarme de Hezbolá. Aunque, claro, cómo va a pedir que esa organización terrorista entregue los 12.000 misiles Katiuska que se le atribuyen, de los cuales todos los días arroja unas cuantas decenas sobre Israel, si el señor Zapatero no exige a ETA su desarme antes de sentarse con ella a la mesa.

No, nada de eso es lo malo. Lo malo, mejor dicho, lo que es peor que malo porque es ridículo, es que esas jaculatorias pasen por pronunciamientos de la política internacional de España. A esas jaculatorias entre cursis y bobas se reduce el discurso del señor Zapatero en materia internacional. Sus fugas repetidas en mitad de los foros de alto nivel multilateral hacen evidente la indigencia de ideas y propuestas creíbles con que el señor Zapatero se acerca a la torva y complicada realidad internacional. Las ideas sobre lo específico, lo contencioso, lo que es negociable o innegociable, lo que exige estar informado y tener propuestas, en resumen, un programa de política exterior dirigido desde el centro, no figura en su equipaje para viajar por las procelosas aguas internacionales.

Tampoco es que el mucho más experimentado ministro de Exteriores, señor Moratinos, ayude mucho. En estos días me he acordado de su intervención ante el público de una sociedad de Relaciones Internacionales de Jerusalén, el 17 de enero de este año, en que no se cansó de aconsejar a los israelíes: "Si quieren una solución final –infeliz selección de palabras, me dije a mí mismo, para emplear ante un público formado sobre todo por judíos. ¡Y las empleó tres veces!–, no se cansen de negociar. Negocien, negocien. Nunca, nunca se levanten de la mesa de negociaciones".

Vaya, qué desconsideración, los israelíes no le han hecho caso y no han querido negociar el número de víctimas mortales o de secuestros que deben sufrir para conseguir que Hamas y Hezbolá les dejen en paz. En fin, israelíes, si perdéis la fe en Jehová, al menos elevad vuestras jaculatorias a la Comunidad Internacional.

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