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Atreverse a pensar lo impensable del terrorismo

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Paul R.Pillar, último subdirector del Centro de Contraterrorismo de la Central Intelligence Agency, tenia dificultades en llamar la atención de la opinión pública y el congreso de los Estados Unidos sobre la amenaza del terrorismo internacional. En su reciente libro Terrorism and US Foreign Policy atribuía esa falta de consciencia a que mueren menos norteamericanos por actos terroristas que los que se matan en una bañera o caen fulminados por un rayo. Ahora sus compatriotas son conscientes. Y nosotros, sus aliados, también.

Los recientes ataques del terrorismo contra el continente americano suscitan inquietudes tan graves como las producidas por lo que ha ocurrido. No podemos estar seguros de que lo que ha empezado a diseñarse en Nueva York y Washington no es la forma embrionaria de un intento de tercera guerra mundial. Veamos esto. Los asaltos sufridos por el territorio de los Estados Unidos se han realizado confiando en el poder destructivo de los graves y los explosivos. Imaginemos que el ataque hubiera ido en combinación con armas químicas o bacteriológicas. Esa inquietante pesadilla pesará sobre nosotros en los próximos años.

A la vista de la magnitud del desafío sería irresponsable no avanzar todavía un poco más en el peor de los escenarios posibles: un ataque terrorista nuclear.

El boceto de la estrategia puede estar ya sobre la mesa de un dictador o extendido en el suelo de la jaima de un alucinado. En realidad, ya se ha dado motivos a que un proyecto como ése pueda constituir un objetivo político que merezca ser intentado. En el Oriente Medio hay demasiados unfinished businesses. Sadam Hussein es el más notorio de ellos. Por no comprometer la vida de los soldados aliados que atacaron desde lejos su país, Iraq, se le dejó atrincherado en sus búnkeres y fábricas subterráneas de armas de destrucción masiva. Él mismo tiene su “negocio inacabado”, que no es precisamente el Kuwait que ocupó pasajeramente en 1991, sino uno de los fulcros que mueven el mundo, el territorio de Arabia Saudí y sus inmensas riquezas energéticas.

El reino saudí tiene también su propio “UB”: construir un sistema de seguridad que le permita reducir la dependencia que tiene respecto de las garantías militares de Estados Unidos, y adecentar así su imagen ante el resto de los países árabes y musulmanes, como país obsecuente con los Estados Unidos. Para ello necesita construir una fuerza disuasoria definitiva frente a Iraq e Irán, y por eso ha elegido el más inquietante de los caminos posibles, interesarse por la opción nuclear. Las revelaciones sobre los contactos de ciertas autoridades saudíes para ayudar a Pakistán a desarrollar su fuerza disuasoria nuclear son interpretados por algunos medios de la inteligencia internacional como el camino que podría conducir a que Arabia Saudí obtuviera un arma empaquetada y entregada a domicilio, y que pueda ser montada en sus misiles de fabricación china. Al que reflexione de esta manera no se le debe llamar mente calenturienta, sin acordarse antes de que lo de Nueva York y Washington nadie se hubiera atrevido a predecirlo el día 10 de septiembre, por descabellado.

Bajo la perspectiva de los ataques a Estados Unidos, el mapa geopolítico de aquella región del mundo adquiere una volatilidad aún mayor. El principal sospechoso del ataque es, como se sabe, Osama bin Laden, amo de Al Qa’ida, la organización terrorista que ya tiene en su cuenta centenares de muertes por sus ataques en África y Asia suroccidental. La vasta fortuna de este individuo fue hecha y posiblemente aún esté radicada en Arabia Saudí, mientras él actúa desde su cuartel general en Afganistán, aprovechándose cómodamente de la demencia talibán y del oportunismo pakistaní. Una de las preguntas más inquietantes que cualquier líder mundial puede hacerse en este momento es la de si el movimiento revolucionario que Osama lidera ama u odia a la no demasiado estable familia real saudí y la oligarquía feudal sobre la que ésta asienta su poder. No es difícil formular la hipótesis más probable. Desde el 11 de septiembre, la posibilidad de grandes conmociones en el golfo Pérsico y Oriente Medio ha dejado de ser una hipótesis y pasa a ser una probabilidad muy alta.

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