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El debate que pide Aznar

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El presidente del gobierno español y del consejo europeo, José María Aznar, propuso el pasado miércoles ante el parlamento de Strasburgo que se abriera un debate en torno a la entrada de la lucha contra el terrorismo en la llamada “política europea de seguridad y defensa” (PESD). Como algunos pueden interpretar que lo que propone Aznar es que los ejércitos entren de lleno a combatir todas las modalidades terroristas, conviene meditar mucho el alcance y las implicaciones de lo propuesto, tanto para la política internacional como nacional.

Empecemos por casa. ¿ETA y Ben Laden son lo mismo?: “Desde luego”, respondió Aznar a dos periodistas que le entrevistaron para Le Monde en el mismo día de su intervención parlamentaria. Dado que el verbo “ser” es muy traicionero, tratemos de desactivar la treta que el exaltado portavoz de los nacionalistas vascos va a usar infaliblemente contra Aznar, acusándole de llamar a los tanques. ¿En qué pueden ser iguales ETA y Ben Laden? Y si son iguales en muchas cosas: ¿requieren el mismo tratamiento, esto es, meter el ejército en el País Vasco como se metieron el ejercito y la aviación norteamericanos en Afganistán? Vayamos de una en una.

¿En qué son iguales las distintas modalidades del terrorismo? Aznar cree que “el terrorismo busca el poder y, para obtenerlo, utiliza el terror, con una coartada como la nacionalista o con cualquier otra”. Esta interpretación de la acción terrorista rechaza que en el análisis de sus móviles puedan tomarse en serio las proclamas y fervorines ideológicos, religiosos y atávicos. De lo que se trataría, según esta interpretación, en los casos de un Lenin, un Ben Laden o un etarra, es del poder puro y duro, y el marxismo, el Islam o el aranismo no serían más que superestructuras mentales con las que mover a los seguidores a la acción. Vamos, que el meollo de la cuestión es la pulpa de la nuez, y la cáscara sólo superestructura ideologica.

Cuanto más se actualizan las biografías de un Lenin y de un Hitler, o se analizan los designios de un Ben Laden, queda más en evidencia la sed de poder que padecen, algo así como un “pathos” dedicado a crear estructuras férreas que derriben, transformen y dominen el mundo. La clase obrera, el pueblo alemán o los creyentes islámicos son sólo el vehículo y el instrumento intermediador, necesario a estas personalidades anormales para dominar, y los que no se pliegan a sus designios son eliminados.

Todo eso, ¿en qué se parece a los móviles del terrorismo de ETA? Tienen la misma sed de poder total que los del párrafo de arriba, pero ocurre que la intermediación de su superestructura ideológica de tipo atávico la realiza el PNV, con mucho éxito, en su beneficio. Los etarras sacuden el nogal pero la pulpa la reparten paternalistamente los aranistas “democráticos”. Cuando Euzkadi sea independiente, ellos, los etarras, expropiarán la pulpa y todo lo demás de los “demócratas”. Hasta aquí se puede acompañar al presidente del gobierno en su equiparación de Ben Laden y los etarras. Todos aspiran a un poder totalitario.

Pero las comparaciones son categorías del “ser”, que hemos dicho que es tramposo, y su debate pertenece a los ontólogos y a los filósofos morales, pero no a los políticos. Podemos estar seguros de que Aznar propone un debate orientado a la toma de decisiones por los gobiernos europeos. Como el terrorismo es un desafío a los gobiernos, habrá que adecuar el volumen y calidad de los medios al tamaño y peligrosidad del desafío. Fines y medios… el alfa y el omega de la política.

Veamos los efectos del terrorismo etarra y los del terrorismo islámico. El etarra no ha conseguido ni la erosión del aparato institucional de España ni paralizar o entorpecer su economía; en esos órdenes los daños que se producen se circunscriben casi por entero, aunque gravemente, al propio País Vasco, aparte de que el dolor de la sangre vertida nos toca a todos. Pero no hay un sólo recurso social o institucional de España que haya sufrido un daño que ETA pueda considerar de importancia estratégica.

Veamos el caso del terrorismo con excusa islámica. Los Estados Unidos se han movilizado para la guerra; su economía ha sufrido un duro golpe, y la crisis se contagia al mundo entero.Mientras esa amenaza exista los Estados Unidos, o Europa, se hallarán en recesión. La acción Al Qaida-Talibán ha hecho aflorar multitud de amenazas potenciales: continuación de las guerras intestinas en Afganistán, guerra nuclear entre India y Pakistán, corrimiento del terrorismo islámico al gran vacío de poder en Asia Central, a Malasia, Singapur, Filipinas, los Estados Unidos, etc. Así, pues, los desafíos del terrorismo islámico tienen alcance estratégico. El instrumento más indicado para operar en ese tipo de medio ambiente internacional es el poder militar. Este poder tiene la ventaja de que puede aplicarse a labores de policía y sostén de la justicia y la paz, y puede además hacer la guerra, lo que la justicia y la policía no pueden. Es necesario que éstas últimas sufran mejoras institucionales y orgánicas que las pongan en condiciones de operar en una situación prebélica o eventualmente de guerra. Parecería lógico que los ejércitos, hechos para la guerra, tuvieran un papel en la prevención contra los que quieren romper la paz por métodos terroristas. A la fusión de las fuerzas que deben controlar la tensión entre la guerra y la paz es a lo que se llama “política de seguridad y defensa”. Creemos por tanto que la lucha antierrorista debe ser parte de la PESD. Pero todo esto necesita un debate, como pide Aznar.

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