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El siguiente cuadro de la guerra

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Los talibanes han visto destruida una de las dos estrategias de que disponían para defenderse, concretamente la de mantener el control del territorio y las ciudades, atrincherándose contra cualquier fuerza de tierra que avanzase sobre sus líneas. Ello se ha debido a la desarticulación sistemática, por medio de bombardeos, de sus activos militares: comunicaciones, transportes, combustibles, artillería, tanques, etc. Sólo les quedaba retirarse, si querían seguir operando como una fuerza armada articulada. Para ello acuden a su estrategia alternativa: la guerra de guerrillas de larga duración, que teóricamente les ofrece alguna oportunidad de mantenerse cohesionados, aunque escondidos en un territorio reducido, e inaccesible para un ejército convencional. Las posibilidades de que tengan éxito en mantener a largo plazo esta estrategia es, sin embargo, una cuestión política antes que militar.

En el plano político no lo tienen nada fácil. Parece indudable que gran parte de la población sujeta hasta ahora a su dominio tiene la sensación de haberse liberado de una tiranía, y es de suponer que los talibanes no encontrarán dentro de las ciudades colaboradores significativos. Grupos armados de su misma extracción tribal se les oponen, y están luchando contra ellos. Teóricamente podrían quedarse arriscados en sus montes durante mucho tiempo, viviendo de unos suministros que les podrían llegar desde el exterior (probablemente de Pakistan, quizás también de Uzbekistán), a lo largo de azarosos senderos. Esta es una expectativa poco alentadora, que sólo podrían afrontar con resolución basada en dosis extremas de moral de combate y devoción religiosa. Esta última pueder ser la cuerda que intenten tocar, tanto de cara al mundo islámico como, sobre todo, con referencia a Pakistán.. Su designio estratégico fundamental es desestabilizar este país vecino, para sustraerlo a la coalición internacional que les ataca, y así asegurarse la ayuda y los suministros de las tribus pastunes y partidos afines.

Dos factores pueden contribuir a debilitar la firmeza de Pakistán dentro de la coalición anti-talibán: los abusos de la Alianza del Norte contra la población civil o un reparto poco equitatativo de las esferas de poder en el nuevo gobierno de Afganistán, que no tome en consideración los intereses pakistaníes.
La probabilidad de desestabilizar el gobierno de Pakistán, sin embargo, es muy pequeña. El ejército pakistaní nunca se ha dividido en facciones, y una presión interna de los militares sobre el presidente Musharraf para que dé un giro de 180 grados a su política abriría la botella del genio estratégico, al poner a los Estados Unidos y a Rusia en el plato de balanza de la India. Una pesadilla para gentes con algún sentido del interés nacional de Pakistán.

Si en las próximas semanas el gobierno del presidente Musharraf se mantiene firme en su ayuda a la coalición internacional, el siguiente marco de expectativas con que pueden contar los talibanes (si para entonces no se han derrumbado) es el de las habituales luchas entre facciones tribales y políticas afganas, de tipo autóctono o inducidas desde el exterior, por ejemplo, por Irán, Uzbekistán, India, y por supuesto Pakistán. Además de la coalición, claro está. Si esa lucha de intereses hiciera ingobernable el país, los talibanes podrían sentirse legitimados para llamar otra vez, como lo hicieron en 1996, a la unidad y a la independencia nacional.

Hacer gobernable el país es una tarea que, infortunadamente, va a tener que recaer con más peso en la coalición internacional (para entendernos, los Estados Unidos) que en cualquier otro agente internacional (para entendernos, la ONU). Es muy probable que los Estados Unidos no tengan las ganas de hacerlo, y tengamos por seguro que la ONU, aunque quiera, no lo podrá hacer. Precisamente es esto, la imposibilidad de gobernar Afganistán pacíficamente, en lo que consiste la gran expectativa que aún puede infundir algún aliento a los talibanes y a sus enfebrecidos aliados político-religiosos.

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