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Factor de estabilidad

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El encuentro comenzado en Shanghai el 18 de octubre y terminado el pasado domingo reunió a Bush, Putin y Jiang Zhemin, los líderes de las tres mayores potencias. Las tres parecen ahora más comprometidas que nunca en ofrecer estabilidad al sistema internacional, validando el paradigma de la nación-estado como fundamento clave del orden mundial. El foro en que se reunieron (la conferencia de Asia y del Pacífico) se halla comprometido en probar la validez del otro gran paradigma del sistema internacional: la estabilidad y la prosperidad de las naciones a través de la libertad de comercio.

No debería haber contradicción entre los dos paradigmas. La expansión de la prosperidad en un área tan vasta como aquélla no puede realizarse si no existe un clima de confianza y paz entre las naciones del área. Jiang Zhemin, en su discurso de clausura, afirmó que “el terrorismo es la plaga que mina la estabilidad. Por tanto, es deber de los pueblos del mundo luchar contra el terrorismo”. Enfrentados hasta recientemente por numerosos diferendos bilaterales, los lideres de las tres grandes potencias parecen haber comprobado, tras el 11 S, que sus países no tienen deber más urgente que asegurar la estabilidad necesaria para que el mundo pueda ser transformado pacíficamente. Es ridículo pensar que cualquier organismo internacional de tipo supranacional, por ejemplo, la ONU, podría cumplir ese papel mejor que los estados nacionales.

Las tres grandes potencias se han visto, además, estimuladas a ensayar nuevos conciertos en favor de la estabilidad por causa de la emergencia de la amenaza revolucionaria islamista; esta amenaza ha estado hasta ahora basada territorialmente en agentes estatales menores del sistema internacional. Era de prever que ninguno de los tres grandes lo fuesen a tolerar. La participación de China en ese “concierto por la estabilidad” es tanto más significativa cuanto que incorpora a ese juego a un quinto de la población mundial, y a una civilización que prueba como falsa la pretensión de los extremistas musulmanes de que lo que se está sustanciando mediante la agresión por métodos terroristas es la lucha entre el Islam y la Cristiandad: también la civilización confuciana está contra ellos.

Ante el potencial de lo que puede resultar de ese concierto, los problemas que plagan todavía el ascenso de China a potencia del status quo nos parecen hoy menores que hasta hace poco, y de no tan difícil resolución, aunque sean muchos. China tiene fronteras con catorce países y es vecina de algunos más, con casi todos tiene problemas pero es improbable que vaya a la guerra por ellos. Su estabilidad interna se está viendo comprometida por la rápida industrialización y modernización económica, que pone fuera de los circuitos productivos a industrias estatales obsoletas. La apertura al comercio internacional de bienes agrícolas creará problemas graves a una agricultura pobre y no competitiva. Todo esto presenta un desafío interno inmenso, que necesita comprensión de los que se beneficiarán de invertir en la pujanza china.

El ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio, que deberá hacerse oficial en su reunión de Qatar el próximo año, es clave para mantener a China en un curso cooperativo. Naturalmente, las fuerzas reaccionarias del mundo (proteccionistas unas y oscurantistas otras, pero ambas vestidas con la piel de lobo revolucionario) se confabularán, como es de rigor, para boicotear la ronda liberalizadora y globalizadora de Qatar.

Otro anclaje de China como potencia estabilizadora lo puede constituir la aprobación de la candidatura de Pekín a los juegos olímpicos del 2008. China no ignora, naturalmente, que su candidatura entraña un compromiso de no romper la paz con reivindicaciones irresolubles. Seis o siete años de diplomacia conciliadora, antes de los juegos, ayudarían mucho a la cooperación, y reducirían las ocasiones de tensión.

Dicho todo esto, queda por dar cuenta del pésimo historial de derechos humanos de China y de las restricciones a las libertades sociales y políticas, propias de un sistema de partido único que se proclama comunista. Nada de esto debería ser olvidado en los tratos diplomáticos con China. Ahora bien, como la experiencia española mostró a los finales del régimen autoritario de Franco, la mejora se deberá sobre todo, si se produce, al cambio en la mentalidad y en la conciencia civil de la sociedad china, estimulada, pero sólo estimulada, por la infatigable presión y ayuda exterior.

Más allá de la agitación y la congoja de los espíritus que produce la necesidad de alzarse contra la barbarie de algunos, debemos apreciar el valor de la estabilidad del sistema internacional como factor de paz y cooperación, y la contribución que los estados-nación, grandes o chicos, puede hacer para asegurarla.

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