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La atomización de Europa

El separatismo kosovar entra con paso marcial. Ya tienen el ejército preparado, sin más instrumento legal que le dé soporte que la tolerancia y la pasividad europeas.

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El apoyo de una mayoría de países de la Unión Europea a la "independencia supervisada" de Kosovo (España, de momento, no la apoya) es la demostración de que, hoy día, lo que se favorece en Europa es el esfuerzo hacia abajo, hacia la diferenciación, la separación, la discriminación entre pueblos, etnias y lenguas. Se impone la atomización de Europa. Ayer fueron Croacia, Eslovenia, Bosnia, Montenegro, Eslovaquia. Hoy son los nichos identitarios formados inadvertidamente en las sociedades europeas bajo los efectos del cloroformo multicultural. Pronto puede ser Bélgica. En España, tenemos las corrientes separatistas del País Vasco, Cataluña, Galicia y el incipiente caso de Canarias. Se suponía que el ideal europeo era de unión y encuentro, de renuncia a aspiraciones particularistas, y disposición a entrar en compromisos para alcanzar grandes objetivos e ideales. Así se hicieron el Mercado Común, la Comunidad Económica Europea y la Unión Europea.

El separatismo kosovar entra con paso marcial. Ya tienen el ejército preparado, sin más instrumento legal que le dé soporte que la tolerancia y la pasividad europeas. El primer ministro kosovar, Hashin Thaci, es un tipo imperativo: "No podemos aceptar un compromiso respecto de la independencia de Kosovo". Si el día 10 de diciembre, fecha tope para que la cuestión sea resuelta en las Naciones Unidas, Serbia no accede a la secesión, "dos días después declararemos la independencia", amenazó el pasado día 28 el antiguo guerrillero, sospechoso de violencias contra los serbios de Kosovo. Thaci ha perdido la paciencia: "Esta será la última vez que nos reunamos con los representantes de Serbia", dijo al final de una sesión negociadora en Baden, Austria, el pasado día 26.

Ya se sabe que la cláusula de estilo de la diplomacia europea es "negociar, negociar y negociar". Veremos qué hace ante una declaración unilateral de independencia. En el caso de Kosovo, la UE ha negociado, junto con Estados Unidos, con una buena dosis de hipocresía, porque sus bazas están desde hace tiempo predeterminadas: "independencia supervisada". Así que, Serbia, la tomas o la tomas. En realidad esta postura no es más que una enmienda unilateral a la resolución de las Naciones Unidas que dejaba claro que la hipotética independencia de Kosovo sólo sería posible con el consentimiento de Serbia. Y Serbia da todo el autogobierno concebible menos el título de independencia, por buenas razones. En Kosovo queda, aún después de las expulsiones masivas de que fuera objeto, una importante minoría de población serbia, que tiene motivos de temor. Aún en marzo de este año, y bajo la ocupación de la fuerza internacional, se han quemado iglesias ortodoxas en territorio kosovar. Por otro lado, no hay ningún derecho de la mayoría albano-kosovar que pudiera verse limitado si aceptase la autonomía que Belgrado ha prometido y que Europa podría garantizar con poco esfuerzo.

Naturalmente, Rusia tiene motivos para estar indignada por esta flagrante introducción de la enmienda euro-americana. Y espera, con la escopeta cargada, a que la propuesta llegue al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Así que se avecina una crisis político-diplomática con Rusia, que no hará sino dar argumentos a las tendencias nacionalistas y autoritarias de Putin. Un Putin que, por lo demás, no está escaso de medios de retorsión: ¿por qué no aplicar la doctrina euro-americana sobre Kosovo a las poblaciones de Abjasia y Osetia del Sur en Georgia, y Transnistria, en Moldavia, que quieren integrarse en Rusia?

Las guerras de desmembramiento de Yugoslavia abrieron la puerta a una nueva época europea de división, haciendo de las más nativistas pulsiones étnicas una fuente inagotable de derechos. Desde entonces Europa apunta hacia abajo, no hacia arriba. Como España.

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