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La vileza unida al cretinismo

Como Javier Echebarrieta, que perpetró la primera muerte de ETA, y de quien Atxaga nos asegura que era considerado un Che Guevara vasco y "el primer mártir de la revolución".

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La vileza: ETA es un movimiento político que se ha mantenido activo en España, hasta su reciente alto el fuego "permanente", para seguir su lucha contra la España de Franco, "hijo de Hitler y Mussolini", que inició hace cuarenta años.

El cretinismo: quizás las dos sensibilidades opuestas del nacionalismo vasco y el nacionalismo español podrían reconciliarse mediante la erección de un monumento con todos los nombres de las víctimas de ETA y los nombres de los de ETA muertos por la policía.

Los dos actos, en un artículo en The New York Times del 29 de marzo, titulado "La primavera vasca". El periódico norteamericano tiene una edición abreviada y semanal en el conocido diario español que se menciona a continuación. Cada cosa en su contexto.

El autor del artículo y de las dos "hazañas" mencionadas: un novelista llamado Bernardo Atxaga, premio Nacional (de España) de literatura, y escritor de la cuadra del diario El País. Se recordará que este señor goza de una sorprendente inmunidad contra la crítica literaria adversa, como puede atestiguar el crítico Ignacio Echevarría, echado a cajas destempladas de ese diario por haberse permitido hacer objeciones a los valores literarios de la novela "Obabakoak", de la que es autor el señor Atxaga.

Este individuo, conocido en algunos medios como ex-etarra, emplea toda la economía de las palabras necesaria para mostrar a ETA como un movimiento de resistencia surgido entre estudiantes universitarios que ocupó el lugar de lucha contra la dictadura que el Partido Nacionalista Vasco no quiso llenar, y que estuvieron dispuestos a sacrificarse personalmente. Como Javier Echebarrieta, que perpetró la primera muerte de ETA, y de quien Atxaga nos asegura que era considerado un Che Guevara vasco y "el primer mártir de la revolución".

En el País Vasco ha habido, argumenta el Sr. Atxaga, "cuarenta años de violencia política" (ya está insinuado de quién, no vaya usted a pensar que era la violencia etarra), que ahora quedan a nuestras espaldas gracias a ellos.

¿Pero en qué ha consistido esa violencia? El autor no emplea la palabra que nosotros, literariamente rudimentarios, llamamos terrorismo. No. Sólo se trató de esos actos que todos, idealistamente, identificamos con la intrépida rebeldía contra la opresión y la ocupación: "sabotajes", "guerrilla", "huelgas", "ataques contra plantas eléctricas", etc.

¿Asesinatos de ETA? No, por Dios. ¿Extorsiones de ETA? Qué va. ¿Matonismo de ETA? No diga mentiras. ¿Secuestros de ETA? De qué me habla usted. ¿Y los más de ochocientos asesinados por ETA? Bueno, bueno, se ve que usted no sabe contar. Para Atxaga sólo existieron los 21 muertos de Hipercor en Barcelona y los 11 de la casa cuartel de Zaragoza. Estos fueron, lamentablemente, "ataques salvajes", nos asegura el novelista. Porque, ya se sabe, ¿a quién se le ocurre atentar contra la libertad de comercio y contra cinco niñas pequeñas? Si no fuera por esos desagradables detalles, ¿por qué habría el señor Atxaga de desaprobar la "violencia" de ETA?

Si no le he aburrido, vuelva a leer este artículo y repase las conexiones ideológicas, mercantiles y políticas que he tratado de mostrar. Y haga su propia evaluación de las implicaciones. Para mí, al menos, son inquietantes.

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