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Mal que bien, las monarquías árabes

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La función estabilizadora de las monarquías en el agitado mundo árabe no debería ser subestimada, a pesar de todas sus limitaciones y la lluvia de críticas de que son objeto, principalmente Arabia Saudí, en la prensa occidental, y Marruecos, en la española. El abismo a que el extremismo islamista quiere conducir al mundo árabe nos hace percibir la desagradable alternativa. De los cinco países árabes que se manifiestan políticamente dispuestos a colaborar con Occidente, o que lo hacen sin proclamarlo, cuatro son monarquías: Jordania, Qatar, Marruecos y Arabia Saudí, siendo el quinto la república de Egipto. Cada una de ellas debe confrontar el íncubo de su extremismo particular.

El orden dado arriba a la lista de cuatro no es casual: representa de mayor a menor grado la voluntad de los líderes de esos países de mantener sus lazos con Occidente, en combinación con un proceso de apertura política que haga posible la legitimación interna de esas relaciones.

El 27 de octubre el rey Abdulá de Jordania cambió el equipo económico del gobierno del primer ministro Ali Abul-Ragueb, y designó uno nuevo, decidido a estrechar lazos con Occidente, mejorar su posición negociadora sobre la deuda de 7.000 millones de dólares, asegurar inversiones de Estados Unidos y europeas, y liberalizar empresas estatales. El cambio ha sido un golpe para la línea económica anterior, favorable a mantener a Jordania en la órbita económica de Irak. Las expectativas de grandes inversiones se refieren al ambicioso proyecto de Zona Especial Económica de Aqaba. La decisión ayuda a definir el perfil de un rey que hasta ahora era considerado demasiado bisoño, y atado por los temibles problemas de su país. Uno de ellos es la contestación interna y externa a la paz que Jordania firmó con Israel en 1994, y que el padre de Abdulá, Hussein, pudo imponer gracias a su prestigio y habilidad. La reciente entrada del ejército israelí en territorios de Cisjordania pareció poner contra las cuerdas a Abdulá, que reina sobre una población de cinco millones, con el 60 por ciento de palestinos. El calendario político jordano impone elecciones al parlamento en un plazo de pocos meses. Es una medida valiente, porque el resultado puede no ser tan moderado como el rey desearía.

Qatar, todavía un family business del linaje Thani, ha emprendido un camino de reformas. En 1999 se eligió una asamblea, y aunque no hay mujeres en ella, por lo menos hubo algunas candidatas, cosa que es anatema en la vecina Arabia Saudí. En 1999 se formó la comisión que debía proponer al cabo de tres años una constitución popular. La liberalización de la información en 1996 dio lugar al surgimiento de Al Yazira, la controvertida TV que inquieta a los déspotas de la zona, aparte de vehicular algunos disgustos para Occidente. Estados Unidos mantiene una pequeña base de preposicionamiento de material en Qatar. Hasta el jeque del minúsculo y vecino Bahrain ha prometido reformas constitucionales, y ha permitido asambleas populares.

El rey de Marruecos no se ha dejado intimidar por la oposición islámica interna, que ha protestado ruidosamente por la presencia de miembros del gobierno en un acto ecuménico en la catedral de Rabat, después del 11-S. La colaboración en materia de inteligencia con los Estados Unidos, en la campaña antiterrorista, es intensa. Aunque Mohamed VI busca, a través de sus viajes por el país, renovar la confianza del pueblo en la monarquía, las reformas que prometió están poco menos que paradas.

Arabia Saudí, la más arcaica de las monarquías árabes, es, sin embargo, la que asegura la colaboración más contundente a la coalición internacional, prestando su base de Príncipe Sultán desde la que se controlan los bombardeos sobre Afganistán. Sobre la monarquía saudí, sin embargo, recae un gran resentimiento en los Estados Unidos por su ambiguo papel, al no defender públicamente la rectitud de su apoyo a la coalición y dar muestras de impaciencia por la campaña militar.

El resultado de este examen no es, ciertamente, brillante. Aunque dadas las circunstancias, Occidente no podía esperar nada mejor.

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