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Manuel II, Benedicto XVI y la Turquía "moderna"

El asesinato el sábado pasado de una monja italiana en Somalia, consagrada a la protección de la infancia, no desmiente lo que Manuel II sospechaba: que el mandato de Mahoma de propagar la fe por la espada era "malvado e inhumano".

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La opinión del papa sobre la propagación del Islam no es, al fin y al cabo, tan negativa como la expresada en su día Manuel II Paleólogo, emperador de Bizancio, una de cuyas reflexiones, citada por Benedicto XVI en su discurso en la universidad de Regensburg el 12 de septiembre, ha dado motivo o excusa para otra oleada de impostada indignación dirigida contra Occidente a lo largo del mundo musulmán. Textualmente, el papa dijo en la mañana del domingo 17, en la plaza de San Pedro, que su cita procedía de "un texto medieval, que de ningún modo expresa mi propio modo de pensar".

Es extraño que el papa no piense como aquel emperador, pues Manuel II era un hombre que sabía de lo que hablaba, tenía gran experiencia política, era culto y estaba rodado en las lides diplomáticas de Oriente y de la Europa occidental de su época, donde pasó dos años (Italia, Francia e Inglaterra) tratando de tener éxito en el enésimo intento bizantino de lanzar una cruzada para que la cristiandad latina ayudase a sus hermanos separados de Oriente contra la expansión entre imperialista y yihadista de los turcos. Si queremos entender el modo de pensar de uno de los últimos emperadores bizantinos que hizo esfuerzos serios para impedir la mayor catástrofe de la Cristiandad moderna (la caída de Constantinopla en manos del Islam) es urgente que se traduzca al español y otros idiomas la correspondencia de Manuel II, aunque sea del francés, pues en esta lengua fue publicada dentro de la obra Patrologia Graeca, en 1893.

La experiencia de Manuel II está fuera de toda duda: fue emperador treinta y cuatro años (1391-1425), estuvo cautivo del sultán Bayaceto hasta que logró escapar para subir al trono imperial a la muerte de su padre, Juan V. Su primera acción significativa fue resistir un sitio de sietes meses puesto por Bayaceto contra Constantinopla. Reformó muchas cosas en su maltrecho imperio, construyó una muralla sobre el istmo de Corinto que une la península de Morea al continente e intervino activamente en las luchas de facciones que debilitaban a los otomanos. También sabía de teología.

Ahora bien, no era sólo la espada el modo como el Islam se apoderó del imperio de Oriente ni cómo impuso su fe entre las poblaciones del tercio suroriental de Europa. Las divisiones, codicia, ambición y miseria moral de una infinitud de príncipes cristianos ayudaron lo suyo. Muchos en Bulgaria, Valaquia, Grecia, Transilvania, Serbia y aún Hungría se confederaban con los turcos para dirimir sus querellas sucesorias y sus planes de expansión territorial. A muchos les convenía meter guarniciones turcas en sus territorios para disuadir a príncipes enemigos. Podían conseguir una paz precaria haciéndose tributarios del sultán. En nuestros días, "príncipes de la prensa" como los editorialistas del New York Times, el Washington Post o El País no tardaron ni veinticuatro horas en acudir en socorro del Islam, atacando al "príncipe" de la Iglesia por sus reflexiones en torno a un texto de Manuel II.

El asesinato el sábado pasado de una monja italiana en Somalia, consagrada a la protección de la infancia, no desmiente lo que Manuel II sospechaba: que el mandato de Mahoma de propagar la fe por la espada era "malvado e inhumano".

Otro aspecto interesante de las palabras del Papa en Regensburg son las reflexiones en torno a Dios y la razón. Parece que, en cuestiones de Alá, muchos musulmanes suben tan alto el volumen de sus pasiones religiosas que no escuchan la voz de tan útil potencia humana. Así, el vicejefe del partido gobernante en Turquía, Sali Kapusuz, ha dado muestras de perderla al decir que el lugar del Papa en la historia estará "en la misma categoría que líderes como Hitler y Mussolini". Este señor no se acuerda de que en su país y en este año ha sido asesinado a tiros por un "creyente" un sacerdote católico y otro ha sido objeto de un atentado fallido. Tampoco tiene en cuenta la opresión a la que se somete a la iglesia ortodoxa turca, la autoridad de cuyo patriarca no es reconocida por el gobierno, y olvida la continua oposición de las autoridades a que se eleven o reconstruyan templos cristianos.

Todo lo que en gran parte del mundo musulmán se expresa de forma brutal e irracional contra la libertad de pensamiento y de fe se transforma en pura beatería en boca del gobierno islamista turco, entregado siempre al equívoco equilibrio entre los designios de entrar en Europa a toda costa y ser el faro de un Islam supuestamente "moderno".

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